La ciudad no es para mí. La suerte está echada

Quienes exhiben malas formas, intolerancia, exclusión del otro, animadversión incluso, malamente pueden dirigir el destino de todos.

Se la he deseado personalmente a los candidatos populares María José Catalá y Esteban González Pons. Lo hago desde aquí también al resto de cabezas de lista, con independencia de mis convicciones y preferencias. Fair play que dicen los ingleses en deporte. Hemos ganado la Copa del Rey, buen augurio para la primera, que tanto lo deseó. Amunt Valencia.

Esperaba encontrar a Isabel Bonig en la fiesta de final de campaña en La Marina. Habrá un lenitivo que me explique su ausencia … O no, que diría Rajoy.

Es cierto que han cambiado los tiempos y los modos, que tal vez una plaza -de toros- abarrotada ya no es probable, ni seguramente políticamente correcta. La concentración virtual de miles de mensajes en las redes sociales, partan de las personas, de los aparatos de partido (a favor del propio o en contra del adversario), de las cocinas de Moncloa o del Kremlin, ciertos, ambiguos, confusos o descaradamente falsos, llegan diligentes y muy cansinos a diario.

También que se ha impuesto la calle, la plaza, el espacio abierto y público en detrimento del más institucional y rancio de aforo medible y generosa cesión, o de molesta factura de arrendamiento, impagada en ocasiones.

Que prima la distancia corta, cierta valentía -más necesaria para la derecha- y mucho cuidado en no meter la pata -también más necesario para la derecha- molestando al votante indeciso, por exceso o por defecto. Escraches, lejía y violencia verbal, gestual o física, incluida entre los intransigentes que crecen con la impunidad de la mala hierba cuanto más son los nutrientes.

Quienes exhiben malas formas, intolerancia, exclusión del otro, animadversión incluso, malamente pueden dirigir el destino de todos, ni administrar con justeza los intereses de los españoles. Por mucho que la aritmética o la estadística –ese abuso de la matemática- se erija en criterio legitimador.

Abunda en su insólito protagonismo el “gatillo fácil” de la juez empeñada con Camps, adelantándose al silencio táctico de la Generalitat en tiempos de renovación del Botanic, mientras regaña al fiscal y a cualquiera que disienta de su soberbia togada.

Desánimo de algunos y euforia sobreactuada de otros marcan sus propios territorios electorales, acompañando el llamamiento a la compensación, o la consolidación, del inevitable poder central preinstalado ya en el imaginario popular.

No soy capaz de imaginar qué resultará mas conveniente para España, ni tampoco de apostar por lo que esta noche ya sabremos. Un aparente equilibrio de poder entre Estado y autonomías, entre éstas y municipalidades o diputaciones, en ausencia de una madre salomónica, puede acabar con el niño desmembrado.

Su acumulación en la bodega del falcon y en las ávidas despensas locales, con un niño malcriado y grosero, con sobrepeso en caprichos e ignorancia, ajeno a todo lo que no sea su propio disfrute. Hasta que reviente, como vienen demostrando los ciclos históricos.

La suerte está echada, sonreirá más a unos candidatos que a otros. Los electores aspiramos a poco. Con no gafarla nos conformamos.

Y con Venezuela libre de Maduro.

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