27 de Julio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Pedro Sánchez, presidente del Gobierno
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno

Mascarillas y cuentos chinos

Entiendo que a una pensionista de Alicante le tocará un pie, posiblemente, que indulten a los condenados en sentencia firme del procès, pero no así poder ir a la playa a llevar a sus nietos

| Mónica Nombela Edición Alicante

Saludos a todos desde esta nueva ubicación que estreno hoy, en mi primer lunes en ESdiario. Espero que no se me despisten los seguidores dominicales.

Empiezo por decirles que ya hemos conseguido por fin encontrar la solución a todos nuestros problemas, porque, gracias a la magnanimidad de nuestro señor presidente, esta semana, esta, vamos a poder prescindir de la dichosa mascarilla en espacios abiertos. Qué gran noticia, qué alborozo, no quepo en mí de gozo. Vaya, me ha salido una rima, a estas alturas, pero dicen que nunca es tarde si la dicha es buena. Conste, para los nuevos lectores, porque los antiguos ya lo saben porque los llevo fritos diciéndolo exactamente desde que empezó la pandemia, que yo nunca he entendido ni jota de las veleidades en la toma de las decisiones por parte del Gobierno de nuestro país, en esta materia. Bueno, ni en esta materia ni en muchas otras, a decir verdad, solo que en este caso nos hallamos ante el botón de muestra de sus erráticas políticas. Recordarán que aquí no iba a haber más que dos o tres casos de coronavirus, a lo sumo, según el inefable Fernando Simón, y llevamos tantas decenas de miles de fallecidos que da miedo hasta escribirlo. Las mascarillas empezaron no siendo obligatorias, claro que era porque no había, de lo que nos enteramos más tarde. “Al echar la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”, como decía Machado, y en este caso ojalá que así sea, porque no quiero ni pensar en que pudiéramos volver a las andadas de los tiempos más duros de la pandemia, aquellos de la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. En resumidas cuentas, no quiero aguarles la fiestuqui organizada desde Moncloa en cuanto al prometido striptease facial colectivo, y no se hagan tampoco ilusiones, porque la mayor parte de la gente sigue siendo igual de fea que antes de la pandemia, pero tengamos presente que en Israel están volviendo a imponer el uso del dichoso elemento. Así que ténganlas a mano, por lo que pudiera ocurrir, porque de lo que diga el Gobierno en este aspecto yo no digo que nada de nada, pero ha demostrado con creces que no podemos confiarnos excesivamente en sus buenos augurios.

En todo caso, me confieso odiadora del dichoso elemento, del estoy más harta, y ya es decir, que de los consentimientos de privacidad que pide Google cada cinco minutos cuando quiero navegar con el móvil –que, por cierto, ¿qué demonios les pasa? - y más con lo del sistema del café para todos. A ver, que alguien con cabeza, a ser posible, nos dé una explicación convincente a estas preguntas, ¿cómo va a ser lo mismo tener que llevarla en la Puerta del Sol que en el camino de San Marcos de El Barraco?  ¿Cómo es posible que haya gente que la lleve puesta dentro de su propio coche, yendo sola? Y los moteros, ¿a quién pueden contagiar desde su moto, por despacio que circulen? En fin, de ahí hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear, que las escenas del absurdo se suceden sin que apenas nos paremos a partirnos de la risa, al menos.

Somos responsables de nuestro destino y, por eso, cada vez que desplazamos hacia otros esa responsabilidad, nos equivocamos

Lo cierto es que no podemos quedarnos en la superficie de la noticia en sí. Como dijo El Roto en su viñeta del pasado sábado, “no hay manipulación informativa, son noticias de autor”. El Gobierno nos está endulzando los indultos con lo que nos va a alegrar la vida, como hacía Mary Poppins con las medicinas. Entiendo que a una señora pensionista de Alicante le tocará un pie, posiblemente, que indulten a los condenados en sentencia firme del procès, pero no así poder ir a la playa a llevar a sus nietos, sin tener que litigar con ellos para que se pongan las dichosas mascarillas. Y eso el Gobierno lo sabe y por ese motivo nos dice que ya estamos volviendo a la normalidad normal, no la nueva, sino la antigua, y como tenemos tantas ganas de creérnoslo nos sumimos en el optimismo como unos auténticos posesos. Y, como también somos débiles de memoria, el Gobierno también sabe que dentro de unos meses no le importará ni un pimiento lo de los indultos a nadie, ni siquiera a los que ahora se rasgan las vestiduras porque nuestro monarca tenga que firmarlos, ignorando que no puede hacer otra cosa. Y digo yo, ¿no tenemos ya bastante lío para meternos en esas harinas antimonárquicas también?

 

Somos responsables de nuestro destino y, por eso, cada vez que desplazamos hacia otros esa responsabilidad, nos equivocamos. Lo peor que podemos hacer es pasar de este asunto de los indultos, como si fuera un tema más y no un verdadero escándalo, una humillante victoria del independentismo, un premio inmerecido para quienes representan un peligro verdadero para la estabilidad democrática de nuestro país. A cada cual le molesta la piedra de su zapato, y nos hacemos los desentendidos porque en realidad estamos sobre todo pendientes de la paga extra y de adónde nos vamos de vacaciones.  Si pasamos del tema, si al menos no nos duele un poco y nos olvidamos al cabo de un par de semanas, significará que somos merecedores de los cuentos chinos que nos quiera contar cualquier truchimán con aparente seguridad en sí mismo. Aunque sea a un precio inasumible.

Mónica Nombela Olmo

​Abogada y escritora