| 20 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Ximo Puig en una reunión con el secretario autonómico de Turismo y el director general
Ximo Puig en una reunión con el secretario autonómico de Turismo y el director general

¿Tasa u ocurrente estupidez mimética?

Barrunto que Ximo Puig no ha sacado la cuenta de futuribles votos que por consentidor y pusilánime con sus socios gubernamentales le puede sustraer esta medida

Me contaba estas Navidades el alcalde de uno de los municipios más importantes, turísticamente hablando, no ya de la Comunidad Valenciana, sino de España entera, que Ximo Puig: "se meta la tasa turística de los c... por donde le quepa. Ya está bien de plagiar a catalanes y baleares con un complejo de segundones imitadores, cuando eso que ahora llaman 'turismo de masas', lo inventó Pedro Zaragoza, alcalde de Benidorm y presidente de la Diputación de Alicante hace ya más de 60 años. Son esas 'masas' vengan de Europa o desde nuestras mesetas las que nos han hecho prosperar (y – eso no te lo he dicho–) nos siguen dando de comer..."

No quiere colegir este articulista por cuál de los agujeros anatómicos de nuestro Molt Honorable podría caber el nuevo canon impositivo, pero me imagino por cualquiera de ellos, pues no deja de ser tragantera introducida e impuesta a Ximo Puig por quienes paradójicamente tienen su mayor banco de votos en las orteguianas "masas", es decir Unidas Podemos (o lo que vaya quedando, políticos/as aparte); y Compromís, que también anda rebuscando nuevos maridajes electorales tras el fracaso aquí de los 'aplecs' target Països Catalans fronterizos con el resto de la Península Ibérica.

Por encargo de la entonces concejala benidormí, Gema Amor, tuve la suerte de retomar la biografía (autorizada) de Pedro Zaragoza Orts, que, si antes se había cargado censurándola el camaleónico político Barceló, el suegro del entonces alcalde, Eduardo Zaplana, en este segundo intento, la familia de Don Pedro, podó inicuamente hasta convertirla en hagiografía a su gusto, sin respetar dualidades y aristas que todo personaje histórico tiene cuando se contrasta.

Hago este pequeño preámbulo porque una de las cosas que más fama le dieron a Pedro Zaragoza, incluso se ha hecho película de ello, "El hombre que embotelló el sol", fue no la autorización del bikini en sus playas (hubiera sido imposible en dictadura tan pacata) sino el hacer la vista gorda al "dos piezas", hasta que Cardenales tridentinos, meapilas gubernativos y demás jauría facha protestaron ante el jodido Generalísimo, y Señora que también veraneaba en Benidorm.

Don Pedro se cogió la Vespa y arrancó para El Pardo a convencer al dictador de que él personalmente, alcalde y falangista de correaje, nunca se lo dejaría llevar a su mujer e hijas, pero que, si lo prohibía en sus playas, adiós al turismo extranjero que tantas divisas europeas aportaba, cuando nuestro Banco de España andaba huero de otra moneda que no fuese la devaluada peseta. Franco, que pudo ser todo lo genocida, y fachendoso que se quiera, pero no tonto (lo hubieran echado antes y murió viejísimo en su camita junto al momio brazo de Santa Teresa), le dijo a aquel impertinente e inoportuno alcalde que no se preocupara. O sea, que adelante con el bikini, ya calmaría él, para eso se autonombró Generalísimo, las furias eclesiales y civiles contra prendas tan provocativas ("sujetador y bragas de playa", lo llamó el Gobernador Provincial).

La codicia impositiva no atraerá más divisas, libras y euros, sino que espantará turistas y puede convertirse en hartera arma propagandista para la competencia

 

Y es que son los alcaldes quienes mejor conocen a sus municipios. Por aquel entonces don Pedro Zaragoza, incluso se congratulaba de su fama de progresista europeísta, cuando en el fondo era todo lo contrario, pero sabía muy bien lo que quería (y consiguió) para su pueblo, incluso en contra de sus convicciones morales. Además, a la hora de recaudar para lo imprescindible, pasaba el cepillo y todos acoquinaban, según las posibilidades de cada cual, sin necesidad de decretos.

Haría bien el presidente de nuestra Generalitat Valenciana, en dejar a cada Diputación y Ayuntamiento aplicar, o no, la tasa turística. Hace un par de semanas titulaba este periódico: "Mazón (Diputación-Alicante) advierte a Puig que la tasa turística "es un ataque al modelo productivo". Y los alcaldes de municipios tan decididamente consagrados a esa industria, amén de sus responsables empresariales, y nos referimos a muchísimo pequeño y mediano negocio, desde Benidorm a Torrevieja, como también hemos venido informando, ponen el grito en las alturas monclovitas, tachando al Gobierno valenciano de ¡odio inhumano! (suena fuerte y claro) al Turismo.

 

Un Turismo que en esta Comunitat Valenciana, eminentemente multitransversal con industria de la que dependen cientos de miles de familias, ni siquiera tiene conseller/a, sino que han puesto a un segundo en el escalafón como secretario autonómico de Turisme , Francesc Colomer; por cierto socialista él, y además decidido adversario de aplicar la dichosa tasa, a la que ha acusado de puñalada trapera por parte de los socios Compromís y UP en el Gobierno Puig, dejando al PSPV a los pies de los caballos frente a un sector con mayor nivel de ocupación que cualquier otro en nuestra Autonomía. Incluso el buen Colomer, de cabellos e inteligencia helénicos, amenaza en privado con darle una patada al sidecar y al cargo, y que se apañen ellos: "avida euros".

Barrunto que Ximo Puig no ha sacado la cuenta de futuribles votos que por consentidor y pusilánime con sus socios gubernamentales le puede sustraer esta medida; ni hace caso al aplicar el corsé de más impuestos cuando algunos Ayuntamientos costeros ya permiten el aligerado monobikini, llamando incluso a la desobediencia (Alicante). Colomer, haciendo más kilómetros que una furgoneta de reparto, ha pulsado los cabreros municipales y se lo ha advertido a su jefe de partido y de gobierno. Pero en Valencia parecen Césares y patricios de izquierdas vagas deleitándose en despachos y restaurantes para legislar lo accesorio (sociolingüística, emigración, género, etc.) cuando se olvidan de lo vital que verdaderamente y como decía el alcalde: "nos da de comer".

 

La codicia impositiva no atraerá más divisas, libras y euros, sino que espantará turistas, pues si bien resulta nimia en la factura individual hostelera, puede convertirse en hartera arma propagandista para la competencia de quienes también venden en otras comunidades autonómicas el "sol y playas" con que Pedro Zaragoza convirtió un pueblo marinero de 3000 habitantes, en la populosa Babilonia que hoy llega a albergar en las puntas del verano a 400.000, incluida su pequeña playa nudista. ¿No iba a poner en Benidorm la siempre inconclusa Cosellería de Turismo?

Eso de reconvertir los rascacielos y extensas urbanizaciones actuales en idílicos pueblecitos de pescadores ("beatus ille"), solo se le ocurre a quien vive de la especulación  política aduladora, no del turismo currado. ¿O es que "las masas" no pagan ya bastante?