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La Infanta Cristina, desalojada de La Zarzuela por orden directa del Rey Felipe

Palacio vive momentos convulsos por el delicado estado de salud de Irene de Grecia. La Reina Emérita está muy afectada y sus hijos están a su lado, aunque a veces ello implique dificultades inesperadas

Las infantas Cristina y Elena, en el homenaje a la Bandera este domingo en Torrejón.

Las infantas Cristina y Elena, en el homenaje a la Bandera este domingo en Torrejón.Europa Press

David Lozano
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La Reina Sofía atraviesa uno de los momentos más frágiles de su vida. La tristeza la acompaña como una sombra persistente desde hace meses, una melancolía que se ha agudizado con el deterioro de la salud de su hermana pequeña, Irene de Grecia, y con el vacío que dejó la muerte de su hermano Constantino de Grecia, el último Rey heleno, fallecido en enero de 2023 en Atenas.

Dicen en Palacio que la Reina Emérita pasa largas horas recluida en su habitación de La Zarzuela, en un silencio apenas roto por los pasos discretos de su personal de confianza. No quiere hablar, ni ser vista. “Está muy afectada, más de lo que muchos imaginan”, aseguran fuentes cercanas a su entorno. Su tristeza, más que un abatimiento pasajero, parece una herida abierta por la pérdida y la distancia.

La Infanta Cristina, consciente de la situación, ha intensificado sus visitas a Madrid. En las últimas semanas, sus viajes a Zarzuela se han vuelto frecuentes, acompañada en ocasiones por algunos de sus hijos, que intentan arrancar sonrisas a su abuela. El objetivo es claro: devolver a la Emérita un poco de esa vida cotidiana que el dolor le ha arrebatado.

Irene de Grecia, a sus 82 años, atraviesa un momento muy delicado. Su salud se ha visto seriamente comprometida, y por deseo expreso de la reina Sofía, parte de las dependencias privadas del palacio se han transformado en una especie de clínica doméstica, donde un equipo sanitario la atiende de manera constante. Fue el propio Rey Felipe VI quien dio luz verde a esta petición, entendiendo que su madre necesitaba tener cerca a su hermana.

El fallecimiento de Constantino, hace ya más de un año, marcó un antes y un después. Sofía estuvo junto a él en sus últimos días, acompañándolo en el hospital Hygeia de Atenas, donde murió rodeado de su familia. Desde entonces, la reina madre no ha vuelto a ser la misma. Aquella despedida en suelo griego, cargada de recuerdos de juventud y de un pasado ya irrecuperable, dejó una huella visible en su ánimo.

Por eso, en La Zarzuela se respira un aire de discreción y recogimiento. Los días transcurren entre visitas cortas y conversaciones en voz baja. Cristina, sin embargo, no puede alojarse allí. Las habitaciones del ala norte del palacio —las más cercanas a las dependencias privadas de Doña Sofía— están ocupadas por el personal médico que atiende a la princesa Irene. Por ello, la infanta se ha tenido que hospedar últimamente en un hotel cercano, manteniendo la rutina de acudir a palacio cada día para acompañar a su madre.

Mientras tanto, en Barcelona, la ciudad donde vivió sus años más plenos junto a Iñaki Urdangarin, la Infanta sigue adelante con las reformas de la vivienda que adquirió el pasado año. Aunque su regreso definitivo a Cataluña parece inevitable, será —según quienes la conocen— un paso que no dará mientras su padre, el Rey Emérito Juan Carlos I, siga con vida. No solo por motivos emocionales, sino también fiscales: su residencia actual en el extranjero le evita tener que tributar por la herencia millonaria que algún día recibirá.

En este tiempo suspendido entre la nostalgia y el deber, Sofía encuentra consuelo en los suyos, en los gestos silenciosos de sus hijas y nietos. Pero la reina madre, siempre discreta, guarda su pena con la elegancia de quien ha aprendido a sufrir en silencio, sin perder la compostura ni el sentido del deber.

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