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Sorprendente feo del Príncipe Guillermo de Luxemburgo negando invitación a Felipe VI y a Letizia

Algunos se lo han tomado como un desaire diplomático que los Reyes no estuviesen entre los invitados en la proclamación del nuevo Gran Duque, pero los motivos no tienen nada que ver con una ofensa…

Felipe VI y Letizia en su visita al Ayuntamiento de Tudela y el Palacio del Marqués de San Adrián,

Felipe VI y Letizia en su visita al Ayuntamiento de Tudela y el Palacio del Marqués de San Adrián,Europa Press

David Lozano
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Luxemburgo vivió el pasado 3 de octubre, tal y como les avanzamos en ESdiario, una jornada que quedará grabada en sus libros de historia. En una ceremonia cargada de simbolismo y sobriedad, el Gran Duque Enrique abdicó en favor de su hijo, el Príncipe heredero Guillermo, que fue proclamado oficialmente nuevo Gran Duque de Luxemburgo. Con este gesto, el país más pequeño del corazón de Europa abría un nuevo capítulo en su monarquía, fiel a una tradición que combina la discreción con el sentido del deber dinástico.

La imagen del padre entregando el testigo al hijo, bajo los frescos del Palacio Gran Ducal y ante el Parlamento reunido, marcó el fin de un reinado de casi 25 años. Enrique de Nassau había accedido al trono en el año 2000, tras la abdicación de su madre, la recordada Gran Duquesa Josefina Carlota, y durante su mandato fue testigo directo de la transformación del país en uno de los motores financieros y diplomáticos de Europa.

Sin embargo, lo que más llamó la atención fuera de Luxemburgo no fue la pompa del acto, sino las ausencias. En la lista oficial de invitados —hecha pública por la Casa Gran Ducal— no figuraban los Reyes de España, Don Felipe y Doña Letizia, un detalle que sorprendió a algunos observadores pero que, en realidad, responde a una cuestión de protocolo.

Lejos de tratarse de un desaire diplomático, la no asistencia de los monarcas españoles se debe a una costumbre arraigada desde generaciones anteriores: las abdicaciones y entronizaciones luxemburguesas son celebraciones de carácter familiar y regional, a las que asisten únicamente representantes de los países fronterizos —Bélgica, Países Bajos, Francia y Alemania— además de los principales cargos de las instituciones europeas, muy presentes en la vida política y económica del Gran Ducado.

Esa mezcla de proximidad geográfica y simbolismo histórico explica la sobriedad del acto: Luxemburgo no organiza coronaciones al estilo británico, sino traspasos tranquilos de poder, pensados más para reforzar la continuidad que para exhibir esplendor.

Mientras Guillermo pronunciaba su primer discurso como jefe del Estado ante el Parlamento, Felipe VI seguía cumpliendo con sus compromisos institucionales en España. Ese mismo día, el monarca recibió en el Palacio de la Zarzuela a los medallistas del Mundial de Deportes Acuáticos de Singapur 2025, un encuentro marcado por el tono deportivo y la cercanía. Por su parte, la Reina Letizia viajó a Navarra, donde inauguró el curso de Formación Profesional en Lumbier, apenas una semana después de la visita oficial de la Princesa Leonor a la comunidad foral.

Pese a su ausencia física, tal y como explica el portal Monarquía Confidencial, la Casa Real española siguió con atención el relevo dinástico en Luxemburgo, un país con el que mantiene lazos históricos y personales. No en vano, Felipe VI y Guillermo de Luxemburgo son primos lejanos a través de la descendencia común de la reina Victoria del Reino Unido, vínculo que subraya las raíces entrelazadas de las monarquías europeas.

Un nuevo tiempo para la monarquía luxemburguesa

El nuevo gran duque, Guillermo (de 43 años), asume el trono acompañado de su esposa, la gran duquesa Estefanía de Lannoy, con quien comparte una imagen moderna y cercana. Ambos representan una generación que busca mantener viva la monarquía en tiempos de cambio, apoyándose en causas sociales, medioambientales y culturales.

Desde el balcón del Palacio Gran Ducal, Guillermo saludó a los ciudadanos entre vítores y banderas ondeando, prometiendo servir “con lealtad y unidad” a su pueblo. A su lado, Enrique, ya gran duque emérito, observaba con una mezcla de orgullo y serenidad el comienzo de una nueva era.

Una escena que, más allá de fronteras, recuerda que las monarquías europeas siguen encontrando su lugar entre la tradición y la modernidad.

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