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El caso Lequio destapa el escándalo de las cláusulas secretas por despidos exprés en Mediaset

El conde lleva casi un mes fuera de la televisión. Sabemos su relación contractual con Telecinco, con poco compromiso por parte de la empresa y muchas obligaciones para él.

Alessandro Lequio, en diciembre del año pasado.

Alessandro Lequio, en diciembre del año pasado.Europa Press

David Lozano
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Las acusaciones de maltrato que Antonia Dell’Atte lanzó públicamente contra Alessandro Lequio no solo activaron una tormenta televisiva: provocaron que la italiana exigiera directamente su expulsión, su despido fulminante, de Telecinco. Durante meses sonó con fuerza la teoría de que Unicorn TV –la productora de Ana Rosa Quintana– estaba protegiendo al colaborador por proximidad personal, algo que la propia Dell’Atte denunció repetidamente. Pero finalmente, y tras una presión creciente, Lequio desapareció de la pantalla, cancelado de Mediaset España.

Ese desenlace final inesperado, sin embargo, ha dejado al descubierto algo aún más llamativo: la letra pequeña de los contratos de los colaboradores, un territorio casi desconocido para el público que revela hasta dónde llega el control de las cadenas sobre sus voces más mediáticas. Según publicó el diario El País, detrás de cada comentario incendiario, opinión política o gesto polémico hay un documento que define no solo lo que pueden decir, sino lo que es motivo de despido inmediato.

Lo que se denomina en la actualidad como un “contrato mercantil” —algo habitual en las televisiones privadas y por supuesto Telecinco no es ni mucho menos una excepción— permite que un colaborador sea tratado como un freelance sin horario pero con obligaciones estrictas. Y sobre todo, con una serie de cláusulas que blindan a la cadena ante cualquier riesgo reputacional, incluso si la polémica se origina fuera de plató.

Varios expertos jurídicos consultados explican que estos contratos suelen incluir disposiciones de “moralidad”, pensadas para cortar la relación si la conducta del tertuliano daña la imagen del programa. Justo el argumento que habría permitido a Mediaset prescindir de Lequio después de las acusaciones por maltrato.

No es una excepción. La televisión reciente está llena de ejemplos: desde el despido fulminante en su día de la famosa y veterana colaboradora Marta López (Gran Hermano 1) por su comportamiento en plena pandemia, hasta el adiós de Paz Padilla tras unas declaraciones negacionistas sobre las vacunas. En los dos casos volvieron, sí, pero la puerta de salida siempre estuvo preparada.

Incluso existen indemnizaciones inversas: si lo que dice el colaborador causa un perjuicio económico o reputacional, es él quien debe responder. Y cuando la situación incluye acusaciones graves —como en el caso de Alessandro Lequio— los contratos recogen cláusulas que dejan muy claro que la responsabilidad es personal.

En resumen: detrás del espectáculo y las tertulias encendidas hay una arquitectura legal que convierte a cada tertuliano en una figura sustituible, controlada y regulada. Diríamos incluso en ESdiario que hasta vulnerables. Se venden como voces libres, pero viven bajo el contrato más vigilado de la televisión española.

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