El patinazo de Zarzuela con el Rey Felipe y Leonor en los actos de El Pardo
Críticas internas a los actos de celebración de tan señalada fecha por no aprovechar el momento para hacer brillar más la figura e importancia del Rey y de la Princesa, la heredera de la Corona

La Familia Real llegan al Palacio El Pardo, el 22 de noviembre de 2025.
Hay un problema que vuelve una y otra vez cuando se habla de la Casa Real española, como si fuera una grieta en la base del edificio: la dificultad de despertar un sentimiento auténtico en quienes la observan desde fuera. La institución sigue comunicándose desde un lugar solemne, ceremonioso, impecable en lo formal, pero incapaz de tocar eso que late detrás de cualquier relato: la emoción. En un país cada vez más acostumbrado a la cercanía, a los mensajes directos y a la construcción de símbolos que expliquen quién somos, ese tono distante comienza a sonar a otra época.
Cuando España celebra jornadas cargadas de historia, días que recuerdan quién coronó, quién juró, quién marcó el camino, la Corona tiene la ocasión de recordar a la ciudadanía por qué está ahí y qué significado sigue teniendo. Sin embargo, el pasado 6 de diciembre —fecha que invitaba de una manera casi natural a mirar hacia atrás— esa oportunidad se desvaneció. Era el momento de recuperar imágenes que forman parte del imaginario colectivo: la proclamación de Juan Carlos I, el ascenso al trono del Rey Felipe VI, la jura de la Constitución de la Princesa Leonor. Fotografías que hablan sin necesidad de palabras y que recuerdan que la historia reciente aún respira.
Pero, tal y como recoge el portal Monarquía Confidencial, nada de eso ocurrió. Algunos expertos consultados, igual que muchos seguidores habituales de la institución, comentaban que habría bastado mostrar unos pocos momentos clave para que los españoles volviesen a sentir la continuidad, la línea genealógica que le da sentido a la monarquía. “Faltó ponerle rostro a la institución”, comentaban. Y quizá esa frase encierra todo el problema: una monarquía sin rostros visibles es un símbolo sin carne.
En un escenario digital dominado por la velocidad y la distracción —ese movimiento incesante del dedo que pasa de una imagen a la siguiente— lo simbólico solo funciona cuando se humaniza. Las instituciones que logran hacerse visibles son aquellas capaces de unir memoria y cercanía, solemnidad y gesto, pasado y presente. Mostrar una fotografía histórica no es un ejercicio de nostalgia, sino un recordatorio: ustedes vinieron antes, ustedes siguen aquí.
Para la Casa Real, compartir esos instantes hubiera significado volver a instalarse en la memoria colectiva, subrayar la continuidad generacional y, de paso, aproximar a sus protagonistas a la vida de quienes los observan desde la pantalla. La Casa Real posee un archivo visual extraordinario, un patrimonio narrativo que pocas instituciones del mundo tienen a su alcance. Sin embargo, continúa guardado bajo llave como si no fuera consciente de su potencia comunicativa.
Así, el 50 aniversario de la monarquía pasó casi en silencio, como una fecha marcada en un calendario que nadie abrió. Una ocasión —singular, histórica— que no fue aprovechada para construir un relato más cercano, más humano, más entendible. Y mientras la conversación pública avanza, la Corona sigue ahí, detrás del protocolo, esperando encontrar ese lenguaje que todavía no sabe pronunciar.
Chismógrafo
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David Lozano