Lugares comunes del corazón
La historia de Villa Meona: cómo 13 baños convirtieron a Preysler y Boyer en la pareja más odiada
Iniciamos en ESdiario una serie sobre los lugares más míticos de la prensa del corazón. Esos asociados a personajes de forma indisoluble. Casas, fincas y edificios que ya arrastran su propia leyenda convertidos casi en famosos en sí mismos. Arrancamos con la icónica casa de Isabel Presyler.

Villa Meona portada de ¡Hola!
En 1988, Isabel Preysler contrajeron matrimonio con Miguel Boyer, exministro de Economía del primer Gobierno de Felipe González. El vínculo duró hasta la muerte de Boyer en 2014, quien dejó un testamento que beneficiaba principalmente a su viuda, aunque también contemplaba a los dos hijos de su primer matrimonio con la ginecóloga Elena Arnedo (ya fallecida). Oficialmente, el patrimonio hereditario no era abundante, pero la joya de la corona nunca entró en reparto: la célebre mansión de Puerta de Hierro conocida como “Villa Meona” figuraba desde el principio a nombre exclusivo de Isabel Preysler.
El origen del apodo fue una broma cruel y genial. A finales de los ochenta, la revista Tribuna, dirigida por Julián Lago, publicó los planos de la casa. Según el proyecto filtrado, la vivienda tendría 44 habitaciones, 13 cuartos de baño, 15 lavabos, siete bidés, siete bañeras, seis duchas… y hasta las casetas de los perros contaban con calefacción solar. El filtrador, que cobró por ello, no fue, contrariamente a la leyenda, José María Ruiz-Mateos (aunque el exdueño de Rumasa sí montó la famosa pirámide de inodoros frente a la puerta en venganza por la expropiación de su imperio). La filtración real provino del propio estudio de arquitectura al presentar la documentación en el registro público.
Alfonso Ussía, en una columna memorable en ABC, la bautizó para siempre como “Villa Meona”. Decía Ussía que, si un matrimonio necesitaba exactamente dieciséis cuartos de baño (la cifra que circulaba), solo había un nombre posible: “Villa Meona”. Miguel Boyer, hombre poco dado a justificar sus actos, cometió el error de salir a desmentir: no eran dieciséis, sino “solo trece”. El ridículo fue monumental y el apodo, eterno.
La parcela de 5.045 metros cuadrados, en la exclusiva Puerta de Hierro, había pertenecido al naviero Fernando Fernández Tapias (“Fefé”). Isabel Preysler se la arrebató a Carmen Cervera, baronesa Thyssen, entregando al contado un anticipo de veinte millones de pesetas. Tita, con su elegancia habitual, declaró que el solar le parecía “minúsculo” y que ella necesitaba “como mínimo 10.000 metros cuadrados” para que Heini Thyssen se sintiera a gusto. La rivalidad entre ambas reinas de la alta sociedad arrancó allí y nunca terminó.
Isabel derribó la casa preexistente (1.440 m², con piscina climatizada y sauna) y levantó su propio palacio. La finca se escrituró a su nombre en julio de 1988 por un precio declarado de 95 millones de pesetas, aunque el valor real superaba los 200 y el Banco Central la tasó en 253. Hacienda reclamó después 5,1 millones complementarios por el impuesto de transmisiones. Miguel Boyer, curiosamente, nunca figuró como titular de ninguna propiedad en el Registro de Madrid.

El hall de la casa.
El proyecto lo firmó Carlos Boyer Monsalve (primo del ministro) y ejecutó la constructora Fersa. Casi 2.000 metros cuadrados edificados (aunque ¡Hola! habló de 1.370), estilo neoclásico, fachadas salmón, tejado azul, techos de 3,8 metros, piscina cubierta, piscina exterior, pistas de pádel y frontón, gimnasio, bodega, biblioteca de 65 m² llena de tratados de física y biografías presidenciales… El coste de construcción superó los 200 millones de pesetas; la decoración, otros cien. El mantenimiento mensual corría por encima de los veinte mil euros de la época, con cuatro empleadas internas, cocinera, tres doncellas, chófer, jardinero y cuatro vigilantes de seguridad, todos con cláusula de confidencialidad.
Hubo denuncias vecinales (Gracia Berghese, excuñada de Boyer, pleiteó años por incumplimientos urbanísticos en la pista de pádel), pero el Ayuntamiento de Álvarez del Manzano acabó dando la licencia definitiva.

La piscina.
El golpe de gracia llegó en otoño de 1992, en el peor momento imaginable: justo después del éxtasis del 92 (Expo, Olimpiadas) y en vísperas de la crisis del 93 y los grandes escándalos de corrupción. La revista ¡Hola! publicó un reportaje de portada titulado “La casa de Isabel Preysler y Miguel Boyer, habitación por habitación”: 31 páginas donde no se salvaba ni un bidé ni una alfombra persa. “Es una casa grande, pero a la vez recogida”, escribió la revista. Isabel remató: “Un poco grande, sí, pero por comentado que sea, por encima de todo, es muy acogedora”.
España, que aún no había digerido la resaca del champagne nacional, estalló. Villa Meona se convirtió en el símbolo del supuesto derrumbe moral del socialismo felipista, el emblema de los nouveaux riches que se habían pasado tres pueblos. Como resume el periodista Juan Luis Galiacho: “La mansión de Isabel Preysler se convirtió en el símbolo de la decadencia socialista felipista. El inicio de la caída surgió a raíz de la publicación en la revista ¡Hola! de un reportaje a todo color y extensión sobre la inauguración oficial de la mansión de Puerta de Hierro. La ampulosidad y ostentación sorprendió a ciudadanos y políticos, que comenzaron entonces una caza de la diva y un manifiesto desprecio al antiguo dirigente socialista”.

Biblioteca de la casa con retrato de Isabel Preysler incluído.
Boyer, desesperado, telefoneó a sus amigos de El País para que frenaran los ataques; el periódico obedeció e incluso encargó a Juan Cruz una entrevista lavado de imagen. Pero el daño ya estaba hecho. Veinticinco años después, el filósofo Fernando Castro Flórez la definía como “casoplón de toda la vida” con interior de oso de peluche, horror vacui textil y una atmósfera de clínica suiza de cirugía estética donde “no vive nadie”: camas recién salidas de El Corte Inglés, peluches en soledad insonorizada y un perro en la caseta que parecía ya disecado en vida.
Y así, entre risas crueles y envidias reprimidas, nació y murió el mito de Villa Meona: la casa que tenía trece cuartos de baño “solamente” y que, sin quererlo, acabó meando fuera del tiesto toda una época.