Un Pedro Sánchez acorralado vuelve a atacar a Rey Felipe enturbiando su imagen internacional
Moncloa ha puesto de nuevo a funcionar la máquina del fango contra la Corona. Una ausencia imperdonable que no tiene precedentes en la diplomacia española.

Una imagen de la recepción del Rey Felipe con el 'embajador' de la Santa Sede.
La escena diplomática del Palacio Real debería ser siempre un ejercicio de equilibrio: gestos, símbolos y presencia de Estado construidos con precisión. Que el Rey Felipe VI reciba al nuevo Nuncio Apostólico de la Santa Sede, Monseñor Piero Pioppo, en una de las ceremonias más antiguas y solemnes del protocolo español, está inscrito en esa tradición centenaria. Sin embargo, lo que debería haber sido un acto impecable ha terminado siendo interpretado por muchos como una señal preocupante de desgaste institucional.
El acto, celebrado en el Palacio Real, transcurrió con todo el ceremonial esperado: carrozas de la Corona, salones históricos y la entrega formal de cartas credenciales. Piero Pioppo, diplomático con una larga trayectoria en numerosos países, asumió su papel como representante de la Santa Sede en España con solemnidad. Felipe VI, como siempre, desplegó su papel institucional con dignidad. Todo normal en apariencia; todo coordinado desde la tradición.
Pero en los detalles —como suele ocurrir en política exterior y en la monarquía— está la verdadera historia. Porque hubo una ausencia que no pasó desapercibida: la del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. Tal y como informa el portal Monarquía Confidencial, el jefe de la diplomacia española brilló por su ausencia en un acto en el que su presencia debería haber sido natural e incluso simbólica, dada la importancia de España en el concierto católico y diplomático internacional.
Este no es un olvido menor ni un accidente de agenda. Como ha podido saber ESdiario, la ausencia de Albares se suma a una cadena de episodios que muchos en los pasillos diplomáticos interpretan como una nueva ofensa de Pedro Sánchez. Moncloa diseña la agenda del ministro de Exteriores, contra el Rey Felipe VI. Una señal más de una política exterior en la que la Casa Real y el Gobierno parecen caminar en direcciones diferentes, y en la que la proyección internacional del monarca se ve, cada vez más, condicionada por las tensiones políticas internas del país.
La relación entre la jefatura del Estado y el Ministerio de Exteriores había sido hasta ahora un pacto tácito de complementariedad: el Rey encarna la unidad y proyección simbólica, mientras que el ministro gestiona la política activa. Sin embargo, el ciclo de ausencias de Albares —que solo ha acompañado al monarca en contadas ocasiones desde febrero de 2024— ha abierto interrogantes sobre cómo se construye esa imagen de Estado conjunta en el exterior.
Pero hay más. El contexto no puede desligarse de la tormenta política que golpea a Sánchez y a su partido. La figura del presidente, atrapado no solo por los escándalos de corrupción que afectan a su familia, a su Gobierno y al propio PSOE, sino también ahora por los casos de abusos sexuales y laborales dentro de su formación, proyecta una sombra sobre cada gesto oficial. Es en este escenario en el que la ausencia de Albares cobra un valor añadido: no es solo una falla de protocolo, sino un síntoma de la fragilidad internacional de una monarquía que tradicionalmente ha encontrado en la diplomacia un terreno seguro.
La diplomacia española siempre ha tenido su compás propio, pero la figura del Rey como representante moral e institucional frente a grandes potencias, organizaciones internacionales y Estados con arraigadas tradiciones diplomáticas como la Santa Sede ha sido un activo indisputable. Felipe VI ha trabajado esa proyección durante años, incluso en zonas de conflicto o en crisis humanitarias, profundizando en una imagen de liderazgo prudente y respetado.
Ahora, esta obra diplomática se enfrenta a una tensión que no viene tanto del exterior como del propio centro del poder político español. Cuando un acto ceremonial tan arraigado se ve deslucido por la ausencia del principal responsable de la política exterior, el impacto va más allá de una simple anécdota: se interpreta en clave política, en clave interna, en clave de credibilidad internacional.