El adiós a Irene de Grecia deja una desgarradora cara b: la relación entre Leonor y la Emérita
El funeral ha reunido a toda la Familia Real, la española y la griega, y como suele pasar en estas ocasiones nos ha dejado imágenes más que significativas

Doña Sofía junto a Leonor y Sofía, en la catedral Ortodoxa Griega de San Andrés y San Demetrio.
Atenas recibió a la Familia Real española con un cielo pesado, como si el mundo se hubiese puesto de luto junto a ellos. Era un frío lunes de enero y la Catedral Metropolitana esperaba en silencio el último adiós a la Princesa Irene de Grecia, aquella joven nacida en Sudáfrica en plena guerra, que con los años se hizo pianista, humanitaria y finalmente un pilar silencioso en la vida de su hermana, la Reina Sofía.
Irene no era sólo una prima lejana, un título o una estadística en los libros genealógicos. Para Sofía, fue compañera de vida: años compartidos en el Palacio de la Zarzuela, cuidados mutuos, risas que sólo las hermanas entienden, y un lazo que sobrevivió exilios, coronas abolidas y fronteras.
Y allí, entre las sombras del templo, estaba la Princesa Leonor, la heredera, tomándole la mano con firmeza a su abuela, como si quisiera transmitirle con un gesto todo lo que las palabras no alcanzan. Leonor no había estado en el funeral de Constantino II hace dos años —tenía entonces la edad en que lo desconocido se vive como un concepto difuso—, pero ahora, en Atenas, era diferente: la ceremonia tenía el peso de una historia familiar compartida, la tía Pecu, una memoria donde Irene había sido casi una segunda abuela para ella y para su hermana Sofía.
Mientras los Reyes Felipe VI y Doña Letizia avanzaban con paso certero, y la Infanta Sofía seguía a la zaga con esa mezcla de solemnidad y curiosidad juvenil, Leonor caminaba con la tranquilidad de quien sabe que ese momento —tan íntimo y tan público a la vez— será recuerdo y enseñanza. En sus ojos no había el brillo tímido de quien se deja llevar por el protocolo, sino la calma de quien sabe que su presencia junto a la Reina Sofía era algo más que una obligación institucional. Era una elección del corazón.
Doña Sofía, arropada por su familia, no pudo ocultar la emoción. En los responsos de Madrid, antes de viajar a Grecia, fue Leonor quien se mantuvo junto a ella, hombro con hombro, compartiendo silencios que sólo entienden quienes han crecido escuchando historias de árboles genealógicos y de afectos que no conocen de distancias.
Y es que esta despedida ha levantado una cara B inesperada del relato real: la humanidad detrás de las coronas, el peso de la memoria familiar, y el paso de testigo entre generaciones. No se trataba sólo de banderas y rituales, sino de una nieta que consolaba a su abuela, y de una reina emérita que fue sostén de una hermana hasta el último aliento.
Atenas, con sus columnas y su historia, fue testigo de un funeral que no fue mero acto de Estado, sino un momento de amor y transición. Cuando el féretro de Irene fue enterrado en el cementerio de Tatoi, junto a sus padres y su hermano, quedó también la sensación de que algo había cambiado en cómo vemos a Leonor y a Sofía, no sólo como figuras públicas, sino como hijas y nietas que han aprendido, de primera mano, que la corona pesa más cuando hay dolor que consolar.
Porque en la escena final —Leonor tomadas de la mano con su abuela, Letizia observando con una mezcla de respeto y emoción— se escribió una historia más profunda que cualquier titular: la de una familia real que, en la tristeza, demuestra que la sangre y el cariño no entienden de jerarquías.
Chismógrafo
Irene de Grecia riega de millones a los hermanos Urdangarin y relega a Leonor y Sofía
David Lozano