El duro encargo de Zarzuela a la Infanta Sofía: suplir a la Reina Emérita
Todo apunta a que el futuro más inmediato de la hija mejor de los Reyes Felipe y Letizia pasa, tras el fallecimiento de Irene de Grecia, por cubrir la agenda de su abuela Doña Sofía.

La infanta Sofía en el Centro de Cría y Adiestramiento de la Fundación ONCE del Perro Guía.
En los días que han seguido al funeral de la Princesa Irene de Grecia, marcado por el duelo familiar, las ausencias y los silencios institucionales, la Casa Real española se enfrenta ahora a otro gesto que no es menor: el regreso de la Infanta Sofía a Madrid. Una vuelta aparentemente discreta, casi rutinaria, pero que en realidad contiene lecturas que van mucho más allá de su agenda y que ponen sobre la mesa el delicado equilibrio entre el deber institucional y una vida personal que empieza a tomar forma propia.
Sofía, la hija menor de los Reyes, ha decidido abandonar por unos días Lisboa, donde estudia, para volver a la capital española y protagonizar su segundo acto oficial en solitario. El escenario elegido no es casual: el Centro de Cría y Adiestramiento de la Fundación ONCE del Perro Guía, una institución con un compromiso social profundo, dedicada a facilitar autonomía y calidad de vida a personas con discapacidad visual. En un gesto que recuerda la presencia institucional de su abuela, la reina emérita, y que conecta con la tradición de implicación de la Corona en causas sociales, Sofía ha asumido un papel que combina sensibilidad con responsabilidad.
Pero más allá del acto en sí, lo que llama la atención es el momento elegido, y lo que ese momento revela sobre la transición silenciosa que está viviendo la Familia Real. La joven, con apenas 18 años, deja Lisboa —donde cursa un grado universitario— para retomar su lugar en el escenario institucional. No es la primera vez que Sofía actúa en solitario, pero sí es la más significativa: visita una fundación de primera línea justo cuando su presencia pública puede interpretarse como un gesto de relevancia institucional en un tramo delicado para la Corona.
Esta presencia no es un simple trámite educativo o un compromiso más. Se trata de una declaración de intenciones: la Infanta no solo vive fuera de España por sus estudios, también sabe cuándo debe volver para cumplir con lo que define parte de su destino como miembro de la Familia Real. Y lo hace ahora para suplir el papel de su abuela, la Reina Emérita.
La visita a la Fundación ONCE tiene, además, un detalle simbólico añadido: coincide con el cumpleaños de su padre, el Rey Felipe VI. No es un dato menor. Que la Infanta elija este día para regresar a Madrid —y que, según diversas fuentes, pudiera celebrarlo junto al monarca— no es casualidad, sino una pieza más en un puzle que habla de una monarquía que se reconstruye sobre la base de gestos familiares y de presencia social.
Gane o pierda espacio de portada, este regreso no puede leerse como un movimiento aislado. Ocurre en un momento en el que la Corona intenta consolidar una narrativa de normalidad y continuidad tras días marcados por la muerte de Irene de Grecia —que reunió a buena parte de las casas reales europeas, pero en los que también se evidenciaron ausencias, tensiones y silencios protocolarios difíciles de soslayar—. La figura de Sofía, con su juventud, su formación internacional y su compromiso social, aparece cada vez más como un activo que la Casa Real necesita proyectar.
No hay que olvidar que desde septiembre Sofía está inmersa en una etapa que la distancia del corazón político de Madrid: estudios universitarios en la capital portuguesa, un ambiente de crecimiento personal que, en algún momento, podría distanciarla de la vida pública española. Su regreso no solo marca un acto en la agenda oficial: es el reconocimiento de que su papel importa.
La Infanta representa esa generación que debe tejer una identidad propia entre lo que significa ser miembro de la Corona y lo que supone ser una ciudadana que estudia fuera y construye su personalidad lejos de la escena diaria española.
Chismógrafo
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Daniel I. Carande