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Marivent, la historia del palacio de verano de los Borbones, testigo de los escándalos familiares
El palacio mallorquín que hoy acoge los veranos de la Familia Real nació como proyecto museístico abierto a todos. La historia de su controvertida cesión y el incumplimiento de la voluntad de su fundador siguen alimentando la polémica política y patrimonial.

La Familia Real en Marivent.
El palacio de Marivent, situado en Cala Major en Palma de Mallorca, es hoy la residencia estival habitual de la Familia Real española. Sin embargo, tras sus muros frente al Mediterráneo se esconde una historia marcada por raíces griegas, una donación con condiciones muy precisas y un conflicto judicial que aún resuena en el debate público.
El palacio fue construido entre 1923 y 1925 por encargo del ingeniero y artista de origen griego Joan de Saridakis. Llegó a la isla junto a su primera esposa, la escultora francesa Laura Mounier, y quedó cautivado por el paisaje balear, como antes lo hicieron artistas de la talla de Joaquín Sorolla, Robert Graves o Santiago Rusiñol.

Felipe VI y Letizia en Marivent.
Con una fortuna amasada como ingeniero de minas en Chile, Saridakis eligió un acantilado con vistas privilegiadas a la bahía de Palma para levantar su hogar soñado. Encargó el diseño al arquitecto Guillem Forteza i Pinya y bautizó la finca como Marivent, (mar y viento en mallorquín), aunque durante décadas fue conocida popularmente como Can Saridakis.
Más artista que ingeniero, había recibido lecciones de pintura en Chile con Pedro Lira y reunió una colección de cerca de 1.300 obras: cerámicas de Manises y Ribesalbes, pinturas de Joaquim Mir, piezas propias y de su esposa, además de atribuciones a Pablo Picasso, Eugène Delacroix y el propio Sorolla. A ello sumó más de 2.000 volúmenes y valioso mobiliario.
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Tras enviudar en 1941 y volver a casarse, Saridakis falleció en 1963. Su viuda donó en 1965 el palacio, los terrenos y todo su contenido a la Diputación Provincial de Baleares, hoy Comunidad Autónoma de las Islas Baleares, con una condición inequívoca: el conjunto debía destinarse a perpetuidad a un museo de arte provincial abierto gratuitamente al público, con fines culturales y formativos.
El contrato incluía una cláusula revocatoria: si el uso museístico se incumplía durante más de seis meses, los bienes debían revertir a los donantes o sus herederos. El rumbo cambió en 1972-1973. En pleno franquismo, la Diputación cedió Marivent a los entonces príncipes Juan Carlos I y Sofía de Grecia como residencia veraniega fija. Hasta entonces alternaban estancias en Estoril y Meirás junto a los Franco. La operación fue impulsada por el mallorquín Nicolás Cotoner, jefe de la Casa del Príncipe.

Palacio de Marivent.
El 4 de agosto de 1973 la familia se instaló en el palacio. Sofía supervisó reformas para adaptarlo a la vida familiar: habitaciones para sus hijos (Elena, Cristina y Felipe VI) piscina y terraza como comedor estival. Para la Reina emérita, evocaba su infancia en Tatoi y su identidad mediterránea.
El incumplimiento de la voluntad museística llevó en 1978 a Carlos Hermann Marconi, heredero condicional, a demandar a la Comunidad Autónoma. Renunció al edificio, pero reclamó las obras de arte, libros y muebles.
En 1988, los tribunales, con fallo confirmado por el Supremo, le dieron la razón. Las piezas abandonaron Mallorca rumbo a Barcelona, incluida una valiosa lámpara de Murano. Posteriormente, Patrimonio Nacional repuso parte del mobiliario para mantener la decoración.
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Desde entonces, Marivent ha sido escenario de visitas como las de Carlos III y Diana Spencer, los emperadores Akihito y Michiko de Japón, así como Bill Clinton y Hillary Clinton o Mijaíl Gorbachov. También ha atravesado etapas complejas, como la abdicación de Juan Carlos I o el impacto del Caso Nóos.
Hoy, la Reina Sofía mantiene la tradición mallorquina, mientras Felipe VI y Letizia Ortiz suelen limitar sus estancias a periodos breves. La titularidad del inmueble sigue en manos del Govern de les Illes Balears, no de Patrimonio Nacional.
En el plano político, Unidas Podemos ha impulsado iniciativas para aclarar los derechos de uso y reclamar que el palacio recupere el espíritu original de la donación, transformándolo en museo y centro de creación artística público.
Como gesto parcial, desde 2017 los jardines, con más de 9.000 metros cuadrados, abren gratuitamente en periodos sin estancia real.