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Peligrosa filtración con las noches locas de las Infantas Elena y Cristina: desmadre en la piscina

Las hijas de los Reyes Eméritos aprovechaban sus largas estancias en Palma para dar el salto hasta Ibiza y mezclarse, y de qué manera, en la conocida y alocada noche ibicenca.

Las infantas Cristina y Elena en el gran Homenaje a la Bandera en Torrejón.

Las infantas Cristina y Elena en el gran Homenaje a la Bandera en Torrejón.Europa Press

David Lozano
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Hubo un tiempo en el que las Infantas Elena y Cristina podían recorrer Ibiza prácticamente como dos jóvenes más de su generación. Salían por la noche, disfrutaban del ambiente de la isla y se mezclaban con el resto de los asistentes sin que cada uno de sus movimientos provocara un despliegue mediático ni una tormenta en las redes sociales. Cuesta imaginarlo desde la perspectiva actual, pero aquella España de finales de los años ochenta y principios de los noventa permitía una normalidad que hoy sería sencillamente imposible.

La imagen de la Familia Real ha cambiado por completo desde entonces. La exposición permanente, la vigilancia constante de los teléfonos móviles y las redes sociales han convertido cualquier salida privada de un miembro de la Corona en un acontecimiento susceptible de dar la vuelta al mundo en cuestión de minutos. Sin embargo, hubo una etapa en la que la espontaneidad todavía era compatible con la condición de hija del Rey.

Es precisamente esa etapa la que recupera Pilar Eyre en una revelación publicada en la revista Lecturas, donde recuerda cómo las infantas disfrutaban de la noche ibicenca junto al fenómeno musical de Locomía y terminaban, como tantos otros jóvenes de la época, en la mítica piscina de la discoteca Ku, uno de los símbolos de la Ibiza más internacional y desenfadada.

La escena resulta casi difícil de imaginar si se compara con los estrictos protocolos que hoy rodean cualquier desplazamiento de la Familia Real. Pero refleja también una época en la que Juan Carlos I y la Reina Sofía intentaban que sus hijos crecieran con espacios de libertad relativamente amplios, especialmente durante los veranos en Mallorca e Ibiza, cuando la agenda institucional daba paso a unos días de descanso mucho más relajados.

Aquella generación vivió una Ibiza completamente distinta a la actual. La isla era el gran punto de encuentro del ocio europeo, por donde desfilaban artistas, modelos, empresarios y personajes de medio mundo atraídos por una oferta nocturna que convirtió locales como Ku en auténticos iconos internacionales. En ese ambiente también encontraron su espacio las infantas, siempre protegidas por los discretos dispositivos de seguridad de la época, pero sin el férreo control mediático que caracteriza hoy cualquier aparición de la Familia Real.

Lo verdaderamente llamativo del relato de Eyre no es tanto la anécdota como el contraste que pone de manifiesto. Porque cuesta encontrar dos momentos históricos tan diferentes para la Monarquía española. La institución que hoy encabeza Felipe VI ha hecho de la prudencia, la contención y el control de la imagen pública una de sus principales señas de identidad, consciente de que cualquier fotografía o cualquier gesto puede convertirse en un problema institucional.

Resulta impensable imaginar hoy una escena semejante protagonizada por la Princesa Leonor o la Infanta Sofía. No por una cuestión de carácter, sino porque el contexto ha cambiado radicalmente. Las medidas de seguridad, la presión mediática y la capacidad de difusión inmediata de cualquier imagen hacen inviable la naturalidad con la que Elena y Cristina pudieron disfrutar de aquellos veranos.

En cierto modo, el recuerdo de aquellas noches también explica la evolución que ha experimentado la propia Corona. La España de Juan Carlos I convivía con una Monarquía mucho más cercana, más espontánea y, probablemente, más despreocupada respecto a su exposición pública. La de Felipe VI, en cambio, ha optado por blindar casi por completo la vida privada de la Familia Real, consciente de que los tiempos ya no permiten licencias que hace treinta años parecían absolutamente normales.

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