Rafaela Aparicio, 30 años de su muerte: la gran actriz secundaria del cine español que nadie despidió en su entierro
Convertida en uno de los rostros más reconocibles y queridos del cine español, su vida estuvo marcada por una incansable carrera de fondo en la que supo robar escenas, construir personajes inolvidables y permanecer en la memoria del público mucho más allá de los focos. Esta es la historia de una figura imprescindible cuya popularidad no siempre se tradujo en reconocimiento visible, ni siquiera en su último adiós.

Rafaela Aparicio.
Hace tres décadas, el 10 de junio de 1996, las cámaras de la prensa acudieron al Cementerio de San Justo de Madrid para asistir al entierro de una de las actrices más populares de nuestro país, Rafaela Aparicio. Para sorpresa de los medios, no había ni un solo actor en la inhumación de la artista. Erasmo, el hijo de la actriz, mostró su malestar con un “prefiero no decir nada” ante la ausencia de nombres populares. Paradójicamente, no tanto, había sido durante medio siglo una de las intérpretes más populares del país y con una carrera especialmente longeva (casi siete décadas).
Pertenecía Rafaela Aparicio a la nutrida casta de actores secundarios del cine español especializados en robar escenas. Basta que apareciera unos minutos en una cinta para que el espectador se quedara con ella.
Nació en Marbella el 9 de abril de 1906 por casualidad, debido a la profesión de su padre, José Díaz Aparicio, piloto de la marina mercante. Aunque desde pequeña quiso ser actriz, su padre le animó a estudiar para maestra y tras cumplir con el deseo paterno se enroló con 23 años en la compañía de teatro de Manuel Benito Arroyo con la que se instalaría en Madrid en 1931.
Fue durante la guerra cuando logró su primer éxito. En el Madrid republicano sitiado por la guerra estrenó con gran éxito Cuidado con la Paca en el Teatro de la Comedia, un sainete donde interpretaría por primera vez el estereotipo de la criada. En esos años, por supervivencia, se afilió al sindicato anarquista CNT junto a Paco Martínez Soria, que la fichó para su compañía.
La obra se representaba en un Madrid que sufría los bombardeos. “Se callaba todo el mundo, se apagaban las luces y allí escuchábamos todo el bombardeo. Cuando se acababa, se encendían las luces y se terminaba la comedia, como si no hubiera pasado nada”, rememoraría la artista en 1992. El triunfo le llegó por la vía del humor. Esto, contra la profecía de su padre: “siendo tan bajita y fea, ¿cómo te vas a dedicar al teatro?”.
La 'chacha' del cine español
Aunque nunca dejó el teatro, estuvo subiéndose a las tablas hasta dos años antes de fallecer, fue el cine el medio que la convirtió en popular. Aunque había empezado en los años de la República con un pequeño papel en Nobleza baturra (1935) al servicio de Imperio Argentina, verdaderamente dio su pistoletazo de salida a partir de finales de los años cincuenta.
Desde ese momento interpretó durante cuatro décadas a suegras metomentodo, funcionarias malencaradas, porteras chismosas, madres coraje, monjas graciosas y, sobre todo, se sumó al club del delantal. Interpretando a sirvientas del hogar (en esa época “chachas”), todo un biotipo al que estaban también vinculadas Laly Soldevila, Gracita Morales y Florinda Chico.

Junto a Florinda Chico y el resto del equipo de 'La casa Martínez'.
Con esta última formaría una pareja que se fijaría en el imaginario durante años. La tía y la sobrina que ejercían de criadas en la popularísima serie La casa de los Martínez, que TVE emitió entre 1966 y 1970 y que un año más tarde tendría versión en pantalla grande. Tanto éxito tuvo la pareja que la repitieron en varias películas de la época: Venta por pisos (1972), Dos chicas de revista (1972), Las secretarias (1968) o El gran mogollón (1982). Trasladaron con éxito también el binomio al teatro y hasta al mundo de la publicidad.
Trabajadora incansable, su filmografía pasa de los 150 títulos, ya que nunca rechazó un papel por pequeño que fuera, y su nombre aparece secundando a las distintas estrellas de varias décadas: Rocío Dúrcal, Marisol, Joselito, Sara Montiel, Lina Morgan, Manolo Escobar, Paco Martínez Soria, Alfredo Landa, Ana Belén, Martes y 13, Lola Flores... y así hasta cualquier nombre que uno pueda imaginar en la pléyade de estrellas patrias.
Y todo ello sin dejar de hacer teatro y, puntualmente, televisión. “Por la mañana me hacía ‘mi cine’, por la tarde si tenía que hacer algo en televisión lo hacía y a veces era otra película distinta y luego ya por la noche al teatro y así he estado cincuenta años”, le explicaba a Diego Galán en 1992. “No he suspendido nunca. El día que se murió mi padre tampoco. Estaba haciendo una comedia con Antonio Ferrandis y se me caían de vez en cuando las lágrimas, pero me hice mis dos funciones”, añadía.
El no a Almodóvar y Felipe González como Franco
Fue en la ancianidad cuando se le dieron las mejores oportunidades. Cineastas como Carlos Saura, Fernando Colomo, Fernando Trueba o Fernando Fernán Gómez le dieron sus mejores papeles. Rodó con todos salvo con Almodóvar, al que le dijo que no a formar parte del disparatado convento de Entre tinieblas (1983). Tal vez por sus fuertes convicciones religiosas. En lo político la actriz se definía como conservadora, pero convivía con sus contradicciones. Rodando El año de las luces (1986) con Fernando Trueba, tocaban elecciones y le soltó al cineasta: “No me gusta la democracia. Con Franco había más seguridad, pero voy a votar a Felipe González, que es el que más se le parece”.
Su película favorita era Mamá cumple cien años (1979), que rodó a las órdenes de Carlos Saura y que fue nominada al premio Óscar. Era una continuidad de su papel en Ana y los lobos (1972) con el mismo director, aunque muchos cinéfilos la recuerdan por su papel tragicómico en El viaje a ninguna parte (1986) de Fernando Fernán Gómez y su escena con la niña Íciar Bollaín en El sur (1983), la brillante película de Víctor Erice.
En 1988, pasando de los 80 años, recibió el Goya de Honor, pero eso no significó una retirada. Seguía más activa que nunca. Ese año rodó cuatro películas y representaba en el teatro La venganza de Don Mendo. Un año más tarde, incluso ganó un Goya a la mejor actriz por El mar y el tiempo (1989), de y junto a Fernando Fernán Gómez.
Activa hasta el final
Todavía en los 90 llenó los teatros con Mala Yerba, que incluso se llevó al cine y tuvo una continuación en La abuela hecha humo. Era 1994 y ella tenía 88 años. Seguía haciendo cine y, además, con la llegada de las televisiones privadas, Telecinco la incluyó en su nómina de celebridades.
Sin embargo, representando la citada obra empezaron a notarse fallos en su hasta entonces prodigiosa memoria. La demencia había hecho acto de presencia y tras rodar ¡Oh cielos! (1994) se retiró por incapacidad para seguir trabajando. Un año y medio después, recién cumplidos los 90, fallecía y las televisiones volvieron a programar durante días sus películas. Pocas artistas habían dejado una huella tan larga y estaban tan asentadas en la memoria colectiva. A pesar de que ningún compañero la despidiera en su entierro. O tal vez por eso. El éxito de perdurar en la memoria del espectador no se perdona fácilmente.