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Shakira baila hasta dejarnos "sordomudos": mucho músculo y alguna grieta en su Macondo

La colombiana despliega una condición física descomunal y un gigantesco espectáculo visual ante 55.000 personas, aunque la voz muestra alguna costura y la peculiar configuración del estadio obliga a mirar demasiado la pantalla

Shakira, en un momento de su show LMYNL en Madrid

Shakira, en un momento de su show LMYNL en MadridEuropa Press

Miguel Queipo
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Miguel Queipo de Llano

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Hay que estar en forma para ver a Shakira. Ella, obviamente, mucho más. Apenas ha comenzado el concierto y el público ya está cansado sólo de verla bailar. Salta, se retuerce, mueve unas caderas que llevan tres décadas desobedeciendo las leyes de la anatomía y todavía encuentra fuerzas para cantar. O casi siempre.

Porque la segunda noche de la residencia madrileña de Shakira deja una certeza: a sus 49 años, la colombiana conserva una capacidad física descomunal. Y también alguna costura vocal. La voz aparece por momentos excesivamente nasal y menos poderosa de lo que recuerdan sus discos. Nada dramático, pero sí perceptible cuando desaparece el músculo de la producción y toca cantar.

Quizá por eso están tan bien colocados los pequeños oasis. Guitarra en mano, canciones como "Inevitable" permiten bajar pulsaciones antes de regresar al baile. Ella recupera oxígeno. Nosotros también.

El espectáculo está concebido para que apenas dé tiempo a pensar. Canción, coreografía, efecto, fundido a negro y Shakira reaparece con otro modelito. "Con la cara que te fuiste y la cara que volviste", vuelve a bromear. Lo de Shaki no es un concierto al uso: tiene mucho del gigantesco talent show que disfrutaría un espectador de "Operación Triunfo". Hits reconocibles, vídeos, escenografía, coreografías y estímulos constantes.

Y una pantalla monstruosa. A ojo, unos 40 metros de largo por siete de alto. Hace de decorado, entretiene durante las transiciones e incluso sirve antes del concierto para proyectar vídeos de la artista en lugar de recurrir al telonero tradicional.

Pero es que además esa pantalla es necesaria. El Estadio Shakira es tremendamente tendido. Quien está sentado cerca puede encontrarse ya a unos 80 metros del escenario; quien compró localidades al fondo contempla a la colombiana prácticamente desde Atapuerca. Incluso La Terraza, la zona VIP, queda lejísimos. Entre una fila y la siguiente apenas existe desnivel, así que desde buena parte del recinto uno termina viendo a Shakira principalmente en la pantalla mientras intuye que, efectivamente, aquella pequeña figura que se mueve allí abajo también es Shakira.

La noche tiene además un discurso inequívocamente femenino. Ella habla a las mujeres, de levantarse, reconstruirse y salir adelante. Los hombres también habíamos pagado entrada, pero aquello no iba con nosotros. Tampoco pasa nada: habíamos venido a escuchar "Hips Don't Lie".

Y el público responde. Muchísimo. Tanto que a la cuarta canción una espectadora cercana, víctima de la emoción y probablemente de una confusión lingüístico-musical, ofrece involuntariamente la mejor crítica de la noche: "Me estoy quedando sordomuda". Quería decir afónica. Pero después de dos horas de Shakira, casi daba igual.

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