Opinión
La puerta giratoria de la pancarta
La huelga de la educación pública es la balsa de Caronte de una oposición que, desde su travesía del desierto, pretende desmantelar el Gobierno de Pérez Llorca.

Profesores protestan en el hemiciclo de Les Corts
La mañana prometía. En plena explosión dialéctica en las Cortes Valencianas, varios miembros del segundo escalón del Gobierno valenciano suspendieron de golpe su agenda institucional por convocatoria urgente del president. Había "lío", ese eufemismo tan valenciano para describir lo que en otros idiomas se llama crisis.
La agitación pública —sin violencia, por supuesto, que conste— está en el origen de todos los movimientos sociales que han cambiado algo. Lo que empieza en la calle se sustancia en los parlamentos. "La democracia se defiende desde las instituciones, pero nace en la calle". La frase es de un político que no figura precisamente en el santoral de la izquierda radical que hoy se manifiesta al calor de las reivindicaciones sindicales en la educación pública. Adolfo Suárez no es santo de la devoción de Ione Belarra y sus mariachis, que han calumniado asquerosamente su memoria y que se sumaron a la manifestación en la calle Muro de Santa Ana como una más, cuando su formación roza ya el extraparlamentarismo con la misma naturalidad con que antes rozaba el poder.
La huelga de la educación pública es la balsa de Caronte de una oposición que, desde su travesía del desierto, pretende desmantelar el Gobierno de Pérez Llorca —causa legítima, nadie lo discute— a través de la agitación callejera. Nada nuevo bajo el sol valenciano: la pancarta ha sido un instrumento cíclico y eficaz para la izquierda, como acreditan el accidente del metro en 2006, la dana en 2024 y, ahora, la huelga del profesorado en 2026. El manual no ha cambiado de edición.
Se reproduce, con puntualidad casi académica, un paradójico patrón en este tipo de movimientos —todos legales y, se insiste, legítimos— que consiste en la transferencia del protagonismo de la pancarta al despacho y del despacho a la pancarta, en una suerte de sistema de puertas giratorias que, aborrecidas cuando las practica el empresario o el político liberal, resultan perfectamente admisibles cuando las gira la izquierda en las instituciones públicas. Los ejemplos son elocuentes sin necesidad de forzarlos. Quienes en el hemiciclo de las Cortes Valencianas han exhibido guillotinas y lanzado billetes a los parlamentarios de la derecha, con una eficaz consonancia cromática en sus camisetas verdes, proceden de los despachos del Botànic o volverán a ellos en la próxima alternancia política. La puerta giratoria, aquí, está homologada.
El otro síntoma de que la huelga educativa —entre salarial y política, en proporciones que conviene no mezclar— está ganando fuerza, pero también elementos espurios, es el desborde nacional del movimiento. Porque nada es considerado importante en el Reino de Valencia si no trasciende la M-30, si no se refleja en el espejo de Madrid. Curioso eslogan para una izquierda que hace de la identidad territorial su bandera. Así, a la presencia de las Belarra de turno hay que sumar el show de David Broncano y la aparición de Mercedes Milá en apoyo a los huelguistas. La causa ya tiene su glamur mediático en el horizonte zurdo.
Así las cosas, resulta difícil identificar quién tiene más interés en que el conflicto se prolongue. El Gobierno, desde luego, no. Los padres y los alumnos, tampoco. Los sindicatos, presumiblemente, también empiezan a sentir la presión de unos afiliados que han perdido más de mil euros en la nómina de mayo. Queda la oposición, que es, con diferencia, la más beneficiada por cada jornada adicional de huelga. La izquierda ha visto flaquear al Consell y al PP, que como de costumbre tarda en reaccionar y, cuando lo hace, la calle ya le pertenece a otro. En un momento en que la derecha debería estar sacando rédito táctico de la caída en desgracia del padre del socialismo español y parte del valenciano en el siglo XXI, José Luis Rodríguez Zapatero, lo que está haciendo en realidad es responder, una vez más, a rebufo, a la ofensiva de siempre: la utilización del drama con fines políticos.
Y ojo, porque este asunto de la huelga ya se ha convertido en uno de esos que cambian legislaturas. Lo saben unos. Lo saben otros. Y los que fingen no saberlo, también.