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Baldoví huele a gasolina

"Lo más irónico es que Baldoví, abanderado de la decencia política, ha terminado reproduciendo el vicio que tanto denuncia: usar la información pública como munición de combate, aunque sea de fogueo".

El portavoz de Compromís, Joan Baldoví

El portavoz de Compromís, Joan BaldovíJosé Cuéllar/Corts Valencianes

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Joan Baldoví ha vuelto a llenar el depósito de indignación con combustible de dudosa procedencia. En su último número de la tragicomedia parlamentaria valenciana, el veterano líder de Compromís denunció un supuesto exceso de gasto en gasolina del expresidente Camps. Según su relato, los coches oficiales del “expresident” debían haberse recorrido medio planeta. Vaya, ¡ni que hubiera recorrido el Paris-Dakar… pero saliendo desde la Albufera¡ Todo un Baldoví en modo surtidor.

El problema, claro, es que la historia tenía toda la solidez de un chiringuito en temporada baja. Los datos que Baldoví blandió en rueda de prensa provenían directamente de Presidencia de la Generalitat, y —detalle puramente técnico, casi insignificante— nadie los había comprobado. Ni ellos antes de entregarlos, ni él antes de amplificarlos. A la verdad ni se la saludó. Parece que en esta nueva era política ya no hace falta verificar, basta con las emociones.

La escena, digna de un sainete, transcurrió en las Cortes Valencianas con todo el dramatismo de las grandes performances morales: la ceja fruncida, el dedo al viento, la palabra “derroche” repitiéndose en bucle como si de un mantra de pureza se tratara. Baldoví, siempre ducho en el arte de disfrazar de ética su retórica, se lanzó a acusar sin freno ni comprobante, convencido de que la indignación es mejor espectáculo que la información.

En realidad, todo respondía al viejo reflejo político del “Camps como tótem”. Cada vez que falta agenda, programa o foco, el fantasma del expresidente vuelve a ser el enemigo ideal: eterno, incombustible y sin necesidad de contrastar nada. Presidencia, con su habitual torpeza administrativa, le puso la mecha perfecta: unos datos que nadie quiso oír toser. El resultado fue un incendio político de corta duración, pero de alto rendimiento mediático.

Porque Baldoví no habla para convencer, sino para que se le oiga. Lo suyo no es el parlamentarismo, sino la tertulia con eco institucional. Y, mientras tanto, la estructura de gobierno sigue demostrando que la transparencia sin rigor es solo un envoltorio vacío. Enviar cifras sin verificar equivale a repartir gasolina a ciegas: tarde o temprano, alguien acaba chamuscado.

Lo más irónico es que el propio Baldoví, abanderado de la decencia política, ha terminado reproduciendo el vicio clásico que tanto denuncia: usar la información pública como munición de combate, aunque sea de fogueo. De tanto señalar corruptelas, se le ha olvidado la tarea previa: comprobar que haya algo que señalar.

Así funciona la política valenciana contemporánea: una corte donde cada cual compite por ver quién se indigna más fuerte y rápido. La verdad, mientras tanto, ha decidido quedarse en casa, agotada. Los micrófonos de las Cortes ya no registran hechos, solo emociones. Y el ciudadano asiste al espectáculo con la misma mezcla de aburrimiento y resignación con la que se ve una reposición mal doblada.

Baldoví seguirá, sin duda, predicando austeridad moral desde su púlpito parlamentario, con ese aire de profesor paciente que siempre tiene razón… al menos hasta que alguien se moleste en mirar los papeles. Presidencia, por su parte, continuará repartiendo datos como si fuesen servilletas en una falla. Y Camps, fiel a su estilo, agradecido de seguir dando tanto juego sin mover un dedo. Al final, la gasolina no la gastó el coche oficial. La gastó Baldoví, recorriendo en bucle el circuito del populismo moral: mucho ruido, cero verificaciones y una puesta en escena que huele, precisamente, a humo.

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