Opinión
Efectivamente, las ratas nadan
Lo peor que puede hacer la derecha es comprar los marcos ideológicos de la izquierda, algo que, a la inversa, hace tiempo que entendió Pedro Sánchez.

El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres; la ministra de Sanidad, Mónica García, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, informan de la situación del crucero 'MV Hondius
A la entrada a Valencia por la avenida de Cataluña, una enorme pintada jalona de norte a sur la fachada baja del Instituto Valenciano de Salud Pública o, en otras palabras, de quienes forman a los “Fernando Simón” valencianos y de la institución que tendría mucho protagonismo para defendernos en un hipotético caso vírico en nuestra tierra. El grafiti, si se puede llamar así, es un obsequio cortés de los jóvenes cachorros del procés que desembarcaron de decenas de autobuses para conmemorar el 25 d’Abril y bendice la alianza espiritual entre los Països Catalans y Palestina, lo que, bien mirado, es una ucronía política.
Ni siquiera ese caso de vandalismo bajo los pliegos de las esteladas —se perpetraron otras gamberradas en aquella fecha— fue instrumentalizado convenientemente por las autoridades locales, quienes hubieran encontrado la tierra abonada para sacar partido del rechazo que provocan estas iniciativas en la mayoría de nuestros ciudadanos. Unos lo llaman moderación; otros, inexplicable buenismo. Sobre cómo se usan las emociones en la construcción del poder, estos días va de emisora en emisora, contando su verdad, Iván Redondo, el presidente en la sombra en los albores del sanchismo y quien inauguró esta etapa en la que andamos, en la que el relato y el estado de ánimo están por encima de los hechos.
La comunicación política adolece de la madurez mesetaria aquí, en la Comunitat Valenciana, y por eso nuestros conflictos siguen sustentados en las pretendidas prudencias más que en la narrativa. Ignoro si el Consell tiene una estrategia planificada para gestionar la huelga educativa que desde el lunes ha paralizado el sector. Intuyo que, por una parte, se estará armando una propuesta negociadora que se aproxime algo a las pretensiones del profesorado y, paralelamente, se obrará una táctica de defensa para agotar la paciencia de los docentes en paro, deshabilitar sus fortalezas, hacer que el tiempo desfonde a quienes se dejan una parte de su salario en estos días sin trabajar, etcétera. Pero, de momento, parece insuficiente.
Al president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, le va a hacer falta algo más que un manual de resistencia ante su primera crisis como tal, y lo primero debería ser el entrenamiento de sus equipos para evitar hacerle el juego a la oposición: lo peor que puede hacer la derecha es comprar los marcos ideológicos de la izquierda, algo que, a la inversa, hace tiempo que entendió Pedro Sánchez.
La gestión de una crisis, si se tiene el viento a favor, debe ser convenientemente difundida. Lo del hantaravirus, que parece que se le empieza a complicar al Gobierno por la rebelión canaria y la anarquía vírica, tiene los ingredientes perfectos para entenderlo. La llamada “operación Hondius” no fue solo un operativo sanitario: fue una producción televisiva diseñada al milímetro por el Gobierno con la lógica académica de gente formada en el Instituto de RTVE. Mientras el país asistía con incertidumbre a una crisis logística y sanitaria que tiene cierta complejidad, pero que no es el desembarco de Normandía, Moncloa activó su maquinaria de realización política con una precisión casi cinematográfica. Nada quedó al azar, a mayor gloria de lo que parece, en las últimas horas, una ocultación.
Planos cortos de autoridades transmitiendo serenidad, comparecencias sincronizadas y fondos visuales cuidadosamente controlados construyeron una narrativa de liderazgo impecable, aunque la realidad operativa fuese mucho más discutible y la indumentaria de coronel Tapioca que también sufrimos durante la dana nos parezca, en ocasiones, ridícula.
La puesta en escena respondió a una lógica clara de agenda setting: ocupar el espacio mediático antes de que lo hicieran las preguntas incómodas. La realización multicámara, el lenguaje visual de emergencia, incluso con drones, y la sobreexposición de sanitarios, policías y convoyes oficiales sirvieron para dramatizar el momento y reforzar una sensación de control absoluto. Era televisión política en directo, no transparencia institucional.
El Ejecutivo entendió que, en la era audiovisual, gobernar también consiste en dirigir el encuadre. Y lo hizo utilizando recursos propios de una retransmisión de crisis: iluminación fría, mensajes emocionales breves y portavoces seleccionados para generar autoridad visual más que información detallada. El problema aparece cuando la escenografía sustituye a la gestión y la comunicación acaba pesando más que los resultados reales.
Estamos precisamente en los minutos del balance, la hora de la verdad. En este conflicto del virus, como en la huelga, dar por sentadas demasiadas cosas puede llevar a la catástrofe. Aplicar presunciones pasadas o ideas tópicas es el primer peldaño hacia el fracaso, en el virus… y en la huelga. No hay nada como ser empático y ponerse en el lugar del adversario, del enemigo, del problema. Porque, aunque hasta el momento muchos desconocían o no querían saberlo, las ratas nadan.