TRIBUNA INVITADA
Y nadie podrá comprar ni vender: el euro digital y el fin del efectivo

El Euro digital
Una reflexión tras el gran apagón: ¿qué pasa cuando el dinero se vuelve intangible y la luz se apaga?
España, 2025. Aún huele a generador diésel en los portales. A velas consumidas sobre las encimeras. A tickets de supermercado con bolígrafo azul apuntando la cuenta final, como en los viejos tiempos. El gran apagón ha terminado, pero ha dejado algo más que calles a oscuras: ha encendido una pregunta incómoda. ¿Qué habríamos hecho si el dinero en efectivo ya no existiera?
Mientras el euro digital avanza, con su aura de modernidad y su promesa de eficiencia, el reciente colapso eléctrico se ha convertido en una demostración empírica de su inutilidad. Para quien no lo conozca, el euro digital es una moneda emitida directamente por el Banco Central Europeo, concebida como complemento del efectivo, pero con trazabilidad absoluta. A diferencia del dinero que llevamos en la cartera o incluso de algunas formas de pago electrónico actuales, no sería anónimo. Cada transacción estaría sujeta al escrutinio del sistema.
Sin luz, no hay bancos. Sin red, no hay transferencias. Sin corriente, no hay QR ni NFC. Sin efectivo, no hay nada.
Y sin embargo, desde Bruselas se insiste: el euro digital será "más seguro", "más trazable", "más controlado". ¡Vaya si lo será! Cada compra, cada café, cada propina quedará registrada. Cada gesto económico pasará a formar parte de la gigantesca base de datos que perfila nuestra conducta. ¿La excusa? La lucha contra el fraude. El precio: la desaparición de la intimidad. Incluso regalar unos euros a un hijo, pagar a una persona mayor que cuida a nuestros padres, dejar una propina en una caja: todo pasará por el filtro digital del sistema.
"Y nadie podrá comprar ni vender si no lleva la marca en la mano o en la frente", escribió San Juan en el Apocalipsis. No sabía de blockchain ni de billeteras digitales, pero supo intuir lo esencial: el control absoluto comienza con la moneda. El euro digital no es una forma de pago, es una llave. Y quien no la tenga, quien no la acepte, podrá ser excluido del sistema. En tiempos de obediencia forzada, eso es una condena silenciosa.
Durante el apagón, la gente buscaba monedas en los cajones, billetes escondidos en libros. En un pequeño comercio de barrio, una mujer pagó con un billete de cinco euros y recibió una bolsa de pan, huevos y una linterna. En otro, un joven ofrecía cambiar botellas de agua por tabaco. Los pocos que tenían efectivo eran reyes por un día. Los demás, esclavos de la tecnología muerta. Un simple fallo en la red demostró que lo digital es frágil, y lo físico, esencial.
El euro digital, dicen, es el futuro. Tal vez. Pero si lo es, es un futuro en el que el ciudadano es rastreado, evaluado y, llegado el caso, desconectado. El apagón fue una advertencia. San Juan ya la había escrito hace siglos. El problema es que nadie escucha a los profetas cuando hay WiFi.
Mientras tanto, que no nos quiten el efectivo. Porque sin luz, sin red y sin libertad, la única revolución posible empieza con un billete de veinte en el bolsillo.