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El otro estrecho

El conflicto escala más allá de Ormuz y pone en jaque las rutas críticas que conectan Asia, Oriente Medio y Europa

La aldea de Ramcha, en la isla de Qeshm, y la isla de Lark, ambas pertenecientes al condado iraní de Qeshm, señalizadas en un mapa de esta parte del estrecho de Ormuz.

La aldea de Ramcha, en la isla de Qeshm, y la isla de Lark, ambas pertenecientes al condado iraní de Qeshm, señalizadas en un mapa de esta parte del estrecho de Ormuz.EUROPA PRESS

Miguel Cornejo
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Cuando la operación de dos semanas que Trump y Netanyahu desataron contra la iniciativa nuclear de Irán (y su régimen en general) rebasa el mes y se ha convertido ya en una guerra regional, hay consecuencias más allá de las imágenes del telediario. En Europa estamos notando un ligero aumento de precios, pero en los países cuyo abastecimiento depende directamente de los países del Golfo, las consecuencias son diferentes.

Australia ya tiene racionamiento de gasolina en varios estados, y las previsiones (ahora que la operación no tiene fin conocido) son aún peores. La situación en China no se conoce porque la situación de sus reservas no es pública, pero el 90% de su petróleo venía de refinerías hoy cerradas o sujetas a bombardeo. Si bien recientemente había empezado a limitar su compra directa de petróleo iraní, la ruta indirecta (India) seguía abierta.

Para poner esto en contexto hay que diferenciar entre tres ámbitos. Por un lado, tenemos el interior del Golfo Pérsico, delimitado por el estrecho de Ormuz. Aquí, los ataques iraníes a petroleros de potencias agresoras (o asociables) no ha sorprendido a nadie. Su ataque a puertos y refinerías de las monarquías del Golfo, en cambio, sí parece haber tomado por sorpresa, y sin preparación defensiva, tanto a las monarquías como a EE. UU. y sus aliados. Estos ataques se están complementando ya con el despliegue de minas. Los bombardeos norteamericanos e israelíes parecen haber sido completamente incapaces de acabar con la capacidad de operación iraní en este terreno, pese a haber destruido buena parte de su flota. Se sabe que Irán ha establecido una “garita” en Ormuz por la que ya han transitado (hacia el Índico) 26 petroleros de banderas que el régimen no asocia a sus atacantes. Esta garita les pone a salvo de minas y drones, pero supone un coste adicional. Lloyds ya ha puesto el estrecho fuera de su cobertura.

El segundo es la costa arábiga, ya pasado el estrecho de Ormuz, donde existen tanto puertos como refinerías que en otros conflictos han parecido más seguros. En este caso, los misiles iraníes ya han alcanzado y dañado las principales instalaciones, extendiendo la zona de peligro cerrada de facto al tráfico.

El tercero es el Mar Rojo, delimitado (a efectos de tráfico) por el canal de Suez y el estrecho de Bab el Mandeb. Este segundo estrecho no sólo ve pasar crudo y gas natural licuado: es el canal principal de acceso a Europa para las manufacturas orientales (y viceversa, para lo que pueda valer). Es un punto crítico del comercio global. La presencia de asociados iraníes (los hutíes) en Yemen ya ha causado, en crisis anteriores, un desvío de este tráfico hacia la ruta que bordea todo el continente africano, aumentando proporcionalmente los costes de transporte. En esta ocasión, tanto los hutíes como el régimen iraní han amenazado con cerrar al tráfico Bad el Mandeb. Y funcionalmente, pueden hacerlo.

El cuarto serían los oleoductos. El “Este-Oeste” o Petroline une la costa norte de la península arábiga con el sur, permitiendo al crudo alcanzar el Mar Rojo sin bordear la península y esquivando Ormuz. Se construyó durante la guerra entre Irán e Iraq, pero sigue funcionando. No está a salvo (desde 2019 ha sido atacado varias veces por los hutíes con drones mucho menos potentes que los actuales) y las terminales no tienen capacidad para tratar la cantidad de crudo que transportaría a pleno rendimiento. Al otro lado del Mar Rojo, el oleoducto Sumed permite a los petroleros (y al crudo proveniente de Petroline) esquivar Suez e integrarse directamente en los oleoductos que abastecen el Mediterráneo.

En una situación como ésta, la “operación” de Trump y Netanyahu parece una versión a escala reducida de la “operación” de Putin. Después de un despliegue militar inmenso, ni el régimen ha caído, ni se ha rendido. Aunque el objetivo inmediato de acabar con la capacidad nuclear se hubiera conseguido, la consecuencia no es un Irán liberado y colaborador sino un ataque sostenido contra la yugular del abastecimiento energético de Asia y un encarecimiento general tanto del petróleo como de todo lo que se mueve por mar entre los continentes. Un encarecimiento al que no se ve aún salida, y que (como vimos en el caso de las gasolineras australianas) no se puede tomar a broma.

China no es Australia. Si los EE. UU. no son capaces de forzar una reapertura con sus amenazas de bombardear la infraestructura civil iraní (un crimen de guerra al que han puesto ya varias veces fecha), tendrá que asegurar su propio suministro.

La experiencia de Venezuela (donde un cambio de presidente ha dejado el país igual, pero pagando peaje por su exportación de crudo) indica que Trump estaría dispuesto a declarar victoria e irse a casa sin más cambios en el régimen iraní. Lo que no parece claro es que Irán esté dispuesto a dejar que Trump se vaya sin consecuencias, y sin garantías de seguridad para ellos y sus aliados (incluyendo a Hezbolá, actualmente siendo atacado por Israel en el Líbano). Tienen al mundo cogido por donde duele, y el mundo no está en condiciones de soltarse por la fuerza sin una invasión a gran escala que ni EE. UU. ni sus aliados contemplan.

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