La generación del esfuerzo frente a la decadencia del poder
España está enviando a sus jóvenes el peor mensaje posible: estudiar, esforzarse y sacrificarse ya no garantiza reconocimiento en un país donde el poder parece premiar antes los privilegios que el mérito.
Estudiantes
Miles de estudiantes españoles afrontan estos días uno de los momentos más importantes de sus vidas. Horas interminables de estudio. Sacrificios familiares. Ansiedad. Presión psicológica. Jóvenes que saben que en un examen se juegan buena parte de su acceso a la universidad, de sus oportunidades laborales y, en definitiva, de su futuro.
Mientras ellos estudian hasta la madrugada para intentar abrirse camino con trabajo, disciplina y talento, el Gobierno de España les devuelve una imagen devastadora de nuestro país: escándalos permanentes, degradación institucional, sospechas de corrupción, descrédito político y una utilización obscena de las instituciones públicas.
La sensación de decadencia ya no puede ocultarse.
España asiste atónita al espectáculo de un expresidente socialista señalado por investigaciones judiciales gravísimas; a un presidente del Gobierno cada vez más debilitado, cercado políticamente y sostenido únicamente por la propaganda y el poder; a una cátedra universitaria convertida en símbolo nacional de opacidad y privilegio; y a un entorno familiar presidencial incapaz de explicar con claridad responsabilidades, funciones o relaciones laborales.
Ese es hoy el espejo institucional que ofrecemos a nuestros jóvenes. Y es profundamente desmoralizador.
Porque mientras miles de estudiantes compiten limpiamente por una plaza universitaria, sacrificándose para conseguir una nota con la que construir su futuro, desde el poder se transmite exactamente el mensaje contrario: que en España los contactos importan más que el esfuerzo, las influencias más que el mérito y la proximidad política más que la excelencia.
Ese es el verdadero daño que se le está haciendo a nuestro país: la demolición moral del principio de mérito.
Y sin mérito no hay prosperidad posible.
Porque esos jóvenes que hoy se presentan a la PAU no son simplemente estudiantes intentando aprobar un examen.
Son el capital humano que sostendrá España dentro de diez o veinte años.
Son los ingenieros que deberán modernizar nuestra economía. Los médicos que sostendrán un sistema sanitario tensionado por el envejecimiento de la población. Los científicos que competirán en un mundo dominado por la inteligencia artificial, la biotecnología y la innovación tecnológica. Son los futuros empresarios, investigadores y emprendedores que deberán generar empleo, productividad y riqueza.
Sin ellos, España no tiene futuro.
La OCDE lleva años advirtiendo de que las economías más fuertes son aquellas capaces de atraer y retener talento joven altamente cualificado. Corea del Sur, Irlanda, Países Bajos o Singapur entendieron hace décadas que invertir en universidad, investigación y excelencia académica no era un lujo ideológico, sino una cuestión de supervivencia económica.
España, mientras tanto, continúa atrapada en una política de corto vuelo donde el ruido, la propaganda y la polarización han sustituido cualquier verdadero proyecto nacional.
Y las consecuencias económicas empiezan a ser dramáticas.
España mantiene una de las tasas de paro juvenil más altas de toda la Unión Europea, situada en torno al 25%, prácticamente el doble de la media comunitaria. Durante la última década, cientos de miles de jóvenes españoles con formación universitaria han tenido que marcharse al extranjero buscando salarios dignos, estabilidad profesional y oportunidades que aquí no encontraban.
Hoy más de 2,9 millones de españoles residen fuera de nuestro país, muchos de ellos jóvenes altamente cualificados que representan una pérdida silenciosa de talento, innovación y competitividad para nuestra economía.
Mientras Europa avanza hacia modelos productivos basados en conocimiento, tecnología e investigación, España continúa creciendo por debajo de las grandes economías europeas en productividad e inversión en I+D.
Y mientras otros países compiten por atraer cerebros, aquí asistimos al deterioro sistemático de las instituciones que deberían precisamente proteger el prestigio del conocimiento, la universidad y el esfuerzo.
Porque la degradación institucional tiene también un enorme coste económico.
Un país donde se banalizan las sospechas de corrupción pierde credibilidad internacional. Un país donde el Gobierno desacredita jueces, investigadores y fuerzas de seguridad deteriora la confianza inversora. Un país donde las universidades quedan salpicadas por la utilización política pierde prestigio académico, competitividad y capacidad de atraer talento.
La confianza es la base de cualquier economía moderna. Y España empieza peligrosamente a perderla.
¿Qué incentivo tiene un joven brillante para quedarse en España cuando contempla cómo el mérito queda sepultado bajo el privilegio político? ¿Qué confianza puede tener un estudiante en las instituciones cuando percibe que quienes gobiernan utilizan incluso la universidad para construir redes de influencia y poder?
Como representante pública, me niego a aceptar que toda una generación termine creyendo que el esfuerzo vale menos que el privilegio político.
La política debería hoy enviar exactamente el mensaje contrario: respeto al esfuerzo, defensa de la excelencia y compromiso absoluto con las nuevas generaciones.
Porque la gran batalla económica de España no se juega en Twitter ni en las ruedas de prensa del Gobierno.
- Se juega en las aulas.
- En las bibliotecas.
- En los laboratorios.
Y en esos miles de jóvenes que estudian hasta la madrugada intentando construir un futuro digno.
Mientras ellos se esfuerzan para salir adelante, demasiados españoles tienen la sensación de que desde el entorno del poder algunos se han dedicado a saquear la confianza pública, deteriorar las instituciones y utilizar el Estado como herramienta de supervivencia política.
Y esa percepción es devastadora para un país.
Cada estudiante que abandona España porque ha perdido la confianza en su futuro es una derrota colectiva. Cada joven que siente que el esfuerzo ya no merece la pena es una fractura silenciosa en nuestro modelo económico y social.
Cada día que el Gobierno dedica a resistir políticamente en lugar de construir un proyecto nacional es tiempo perdido para toda una generación. La juventud española merece referentes, no bochorno institucional.
Merece dirigentes capaces de inspirar confianza, no de erosionar las instituciones. Merece un país limpio, serio y ambicioso que premie el esfuerzo en lugar de banalizar el privilegio.
Porque la decadencia política no solo destruye gobiernos.
Termina destruyendo la confianza de toda una generación.
Y ningún país sobrevive mucho tiempo cuando sus jóvenes dejan de creer en él.