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China sin maquillaje

El presidente de China, Xi Jinping, durante una reunión oficial en Pekín.

El presidente de China, Xi Jinping, durante una reunión oficial en Pekín.Europa Press

Miguel Cornejo
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15% de paro juvenil. Quiebras masivas en el sector inmobiliario. Problemas en la industria. Falsificación de los datos de crecimiento. No es lo que se suele citar la situación económica china. Tampoco se comenta demasiado que el académico que se atrevió a cuestionar los datos de crecimiento (afirmando que se habían exagerado en un 3% anual en los últimos años) ha muerto repentinamente estos días.

Para entender mejor porqué la UE está a punto de entrar en guerra comercial con China hay que dar varios pasos atrás. Y empezar por recordar que hablamos de una dictadura totalitaria pilotada por un partido comunista.

El milagro chino se remonta a haber creado una serie de zonas especiales donde no rigen las normas del resto; de hecho, apenas regía alguna. Era el capitalismo más caníbal. Se podría fabricar, falsificar, y vender cualquier cosa, con menos normas que en la Inglaterra victoriana. Y los extranjeros podían invertir, y vender su producto en el masivo (aunque entonces bastante pobre) mercado chino. Siempre, por supuesto, que montaran empresas locales con socios locales aprobados por el Partido.

Desde el principio, el gobierno chino propició que esas empresas mixtas se convirtieran en coladeros de propiedad intelectual; China tardó en comprometerse a protegerla y nunca lo ha hecho cuando es ajena. Pero a cambio proporcionaba una mano de obra masiva, explotable y progresivamente más educada. Antes de ser realmente un mercado, antes de ser un competidor, China se convirtió en la forma en que muchas empresas occidentales redujeron costes. Desde ropa a electrónica, China atraía la producción con sus costes bajos y su desregulación. Baste recordar los escándalos por los suicidios entre los trabajadores de Foxconn, o la proverbial falta de calidad de los productos chinos durante décadas, aunque esto daría para todo un libro.

La producción barata china acabó por generar lo que quería: competidores locales cualificados, cada vez más sofisticados, capaces de dejar de ser proveedores y pelear por el márgen con sus antiguos clientes... y una clase media creciente en la propia china. El proceso dejó víctimas, especialmente los sectores manufactureros occidentales, creando con el tiempo una reacción que incluye cosas como Trump.

Pero lo grave viene ahora. Hasta este punto, China estaba compitiendo deslealmente, pero no exportando sus problemas. Con la llegada del actual presidente chino, las cosas han cambiado. Ya no hay tanta libertad. El mercado vuelve a ser algo que hay que vigilar y controlar. Xi Jimping, a diferencia de sus antecesores directos, es un autócrata que intenta consolidar todo el poder y controlarlo todo. Incluyendo los ciclos de mercado.

A diferencia de otros países, la China de Xi interviene en la economía no sólo con el gasto público y los tipos de interés, sino dirigiendo masivos chorros de crédito público allí donde cree necesario. Cuando quiso desarrollar el mercado inmobiliario para reforzar el flaqueante crecimiento, puso a las administraciones locales a promover vivienda y a los bancos estatales a financiarla. Cuando aquello desembocó en una burbuja brutal, cambió el foco a la industria. Los pisos han caído a los precios de hace 10 años (algo que parece muy bien a los que no han gastado años de sus ahorros en vivienda) pero se ha evitado una crisis sistémica porque la industria ha aumentado producción a golpe de crédito y subvención directa. Es el caso de los paneles solares, donde se han hecho con la mayoría del mercado mundial con prácticas que hacen que sus competidores se tiren de los pelos. Es el caso de los coches eléctricos.

El problema es que la crisis inmobiliaria sí ha afectado a China. Quien ha perdido la mayor parte de sus ahorros porque su casa vale lo que hace diez años, gasta menos. Y así el consumo chino ha dejado de crecer, y mucho menos a la velocidad necesaria para absorber lo que Xi ha hecho que se produzca. De modo que la solución ha sido exportar, en unas condiciones que los extranjeros (que han elegido jugar en un mercado sin grandes subvenciones ni ayudas) no pueden igualar.

Esto era malo, pero las tarifas de Biden (anteriores a las payasadas de Trump) cerraron uno de sus grandes mercados. Lo que los lleva a intentar descargar en la UE (y Japón y Corea) su exceso de producción, aunque sea a pérdida, porque la otra alternativa es cerrar líneas de producción. Como ya pasó con las empresas constructoras, que tenían la desventaja de no poder exportar sus pisos. Lo que en Occidente llevaría a un periodo de consolidación y reordenación del sector, en China está llevando a querer arrasar la industria europea para crear una dependencia completa, un mercado cautivo.

Todo esto suena surrealista, pero la industria europea lleva años avisando y la Comisión generando informes, sin que los países quieran hacer caso. Y ahora, estamos viendo las consecuencias de no hacer caso, a medida que cientos de las mejores referencias de la industria cierran sus puertas por no poder competir.

Conviene volver a recordar que China no es un país aliado con mayor eficiencia. Es una dictadura con prácticas parasitarias, que en su patio trasero (el Pacífico) se comporta con agresividad e ignora la legalidad internacional. Que además controla muchos elementos necesarios de la cadena de suministro. Y a tantos generadores de opinión como los rusos, por lo menos.

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