Crecimiento y pobreza

La economía española sigue creciendo sobre el papel, pero ese avance no termina de reflejarse en el bolsillo de millones de trabajadores. La pérdida de poder adquisitivo, el aumento de la presión fiscal y el encarecimiento del coste de la vida alimentan una sensación cada vez más extendida de que vivir mejor resulta hoy más difícil que hace unos años.

Supermercado EroskiHumberto Bilbao / Europa Press

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Con la venia, esta semana vamos a dejar de mirar a conflictos exteriores para centrarnos en uno que nos afecta aún más de cerca. Día sí y día también escuchamos que la economía española "crece" mientras verificamos que la economía de los trabajadores españoles no lo hace. En los últimos días han surgido y se han debatido varios indicadores que explican esta disonancia.

Por un lado, ya está más que explicado que el crecimiento de una economía (medida por ejemplo como la suma de los ingresos totales por los factores) se puede lograr simplemente añadiendo más personas que tengan algún tipo de ingreso, sin que cada una de ellas cobre más. Este es uno de los elementos principales del crecimiento estadístico de la economía española en los últimos años.

Otro factor, indudable, es el aumento del empleo. No sólo del empleo total (número de puestos ocupados), porque la proporción de la población en desempleo (o en búsqueda de empleo), aunque menos, ha ido bajando. Es cierto que la cifra está maquillada con medidas para confundir la estabilidad y calidad de ese empleo, y que seguimos teniendo las peores del continente en muchos aspectos, pero ha habido mejora.

Entonces ¿a qué se debe la sensación general de que las cosas van cuesta abajo desde 2019?

Hay dos factores principales: la renta disponible de los trabajadores y el coste de la vida.

No todos los españoles (y españolas) son trabajadores; muchos estudian, están jubilados, dependen de diversas ayudas, o no trabajan ni buscan trabajo por otras razones. De hecho la proporción de "ocupados" de la economía es sorprendentemente baja. Pero el motor del país son esas personas, los impuestos que generan, y las familias que se apoyan en ellas.

Y esas personas tienen cada vez menos renta disponible. Es decir, si descontamos lo que se lleva el Estado (impuestos) de lo que cuesta ese trabajador a la empresa (coste del puesto de trabajo, incluyendo los impuestos cobrados al trabajador o a la empresa y el salario), veremos que la subida de los salarios desde 2019 es mucho menor que la subida de la cuña fiscal. Hacienda y la Seguridad Social (que a día de hoy es otro nombre para Hacienda) se llevan toda la subida de salarios y un gran pellizco más. Hay que tener en cuenta además que la subida salarial no es para tirar cohetes porque la productividad por hora del trabajador sube menos que en el resto de la UE (el coste laboral unitario ha subido un 31% desde 2019, pero la productividad por hora un 3,5%).

El segundo factor es el coste de la vida. Algo que, como los impuestos, no ha dejado de subir desde 2019, y en Junio alcanzó el 4,4%.

Por un lado, el coste de la vivienda (ya sea financiero, o por alquiler) está comiéndose una proporción cada vez más alta del salario. Los bancos, que no son cajas y han aprendido la lección, están intentando no financiar compras que se lleven más de un tercio de la renta total disponible de una familia en cuotas, lo que excluye del mercado a cada vez más familias en un contexto en el que alquilar una habitación (no un piso) ya tiende a comerse más.

Pero el coste de la vivienda no es el único factor, ni el más importante para entender lo que está pasando. Aunque el IPC se ajuste periódicamente, revisando la cesta de la compra, es bastante evidente que se desvía respecto al coste de la vida de la familia media, subestimando el impacto de las subidas de los alimentos. Hace tiempo que nos hemos acostumbrado a que no sólo suban los precios, sino que las unidades de consumo (el tamaño de una pizza de un tipo dado) se reduzcan por el mismo precio.

El resultado de ambas cosas es una pinza en la que está pillada una parte creciente de la población española: no sólo pierden (perdemos) renta disponible, sino que esta renta cada vez nos da acceso a menos.

Por el lado de arriba, esto se traduce en lo que se ha llamado "la desaparición de la clase media". Significa que la proporción de españoles que tiene capacidad de ahorrar está bajando. Significa que en este país se considera "rico" (o "entre el 5% que más cobra") a personas que en EEUU se considerarían mal pagadas. Y que en Francia, o en Holanda, o en UK, no se acercarían a esos puestos de la lista.

Por el lado de abajo, se traduce en un país con la tasa de riesgo de pobreza infantil más alto de Europa, y el quinto de riesgo de pobreza global. Esto es una auténtica barbaridad, y supone (entre otras cosas) que una persona puede estar trabajando, y cobrando el nuevo y superferolítico mínimo legal, y pese a todo seguir bajo el nivel de pobreza. Porque como hemos dicho, una cosa es lo que cuesta contratarle, otra lo que cobra, y otra lo que puede comprar con ello.

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Cuando el trabajo no es una garantía de salir de la pobreza, no hace falta decir que se incentivan otras alternativas. Pero de eso (y del desastroso diseño, efectos indeseados, y falta de control de políticas como el Ingreso Mínimo Vital) hablaremos en otros capítulos. Dejémoslo en que cuanto más generoso es el IMV, menos probable es que alguien decida volver a ese mercado labora tan atractivo que hemos descrito.