Venezuela necesita dos monedas y una banca que vuelva a prestar
El país ya utiliza dólares y bolívares, pero eso no significa que tenga un verdadero sistema bimonetario
Banca Venezolana
Venezuela lleva años funcionando con dos monedas.
La experiencia peruana demuestra que es posible convivir con ambas monedas sin renunciar al crédito, siempre que existan reglas, un banco central creíble y una banca capaz de administrar el riesgo.
Los comercios cobran en dólares, buena parte de los precios se piensa en dólares y muchas familias los utilizan para proteger sus ahorros. Al mismo tiempo, el Estado continúa cobrando impuestos, pagando buena parte de sus obligaciones y realizando numerosas operaciones en bolívares.
Hemos construido, por necesidad, una suerte de bimonetarismo improvisado.
El problema es que pagar con dos monedas no equivale a tener una economía bimonetaria.
Una economía puede sobrevivir durante mucho tiempo con semejante desorden. Lo que difícilmente puede hacer es crecer con fuerza, porque para crecer necesita algo bastante más sofisticado que aceptar dólares en una tienda: necesita bancos capaces de captar ahorro, transformarlo en crédito y financiar empresas sin convertir cada préstamo en una apuesta sobre el tipo de cambio.
Ahí está la discusión que Venezuela prácticamente no está teniendo.
Una cosa es pagar y otra financiar
Un comercio puede recibir cien dólares hoy y completar una venta. Pero mañana necesitará comprar inventario, financiar a sus proveedores, renovar una máquina o ampliar el negocio.
Entonces aparece el verdadero problema, porque no hay crédito bancario y debe usar su caja para reponer el inventario. Luego surgió la necesidad de hacerse de dólares. Los proveedores de pagos reciben pagos en dólares pero los liquidan en bolívares a una tasa oficial, que viene siendo una distorsión absoluta que repercute en el sistema de precios.
Pues bien, bajo el escenario de restitución del crédito comercial surge la duda de quién le prestará al comercio, en qué moneda y por cuánto tiempo. Y, por supuesto, a qué tasa de interés.
En este punto, debemos parar. La clave de un sistema crediticio sano es que todo crédito comercial debe partir de una regla, se presta en la moneda que usualmente recibe el deudor.
El crédito no es una simple operación de liquidez. Es una operación de riesgo.
Por eso una banca bimonetaria bien organizada no consiste en permitir que cualquiera se endeude en cualquier moneda. Consiste precisamente en hacer lo contrario: administrar cuidadosamente qué riesgo puede asumir cada cliente y qué riesgo puede soportar cada banco.
Repito, la regla básica debería ser bastante sencilla: la moneda de la deuda tiene que parecerse, en lo posible, a la moneda del ingreso.
Una exportadora que factura regularmente en dólares puede endeudarse en dólares con relativa naturalidad. Una empresa que vende exclusivamente en el mercado interno y genera sus ingresos en moneda local debería pensarlo mucho más. Y una familia cuyo salario se paga en bolívares no debería cargar alegremente con una hipoteca denominada en dólares.
Mientras todo marcha bien, estos descalces parecen inofensivos.
La crisis comienza cuando cambia el tipo de cambio.
Perú entendió el problema
Aquí Venezuela tiene bastante que aprender de Perú. En ese país no se combatió la dolarización prohibiendo el dólar. Tampoco se obligó a los ciudadanos a confiar en su moneda nacional por decreto.
Allí se hizo algo mucho más inteligente: se ordenó la convivencia entre ambas monedas y, poco a poco, consiguió que el sol volviera a competir con el dólar.
El sistema financiero peruano mantiene depósitos y créditos tanto en moneda nacional como extranjera. Pero el Banco Central de Reserva utilizó instrumentos prudenciales para reducir los riesgos derivados de una economía excesivamente dolarizada posterior a su época hiperinflacionaria.
Entre ellos estuvieron coeficientes de caja (encaje legal) para determinadas obligaciones en dólares y, posteriormente, medidas específicas para desincentivar el crecimiento excesivo del crédito en moneda extranjera.
La lógica era impecable.
No se trataba de declarar al dólar enemigo de la economía peruana. Se trataba de conseguir que un banco tuviera razones para pensarlo dos veces antes de prestar dólares a una persona cuyos ingresos estaban denominados en soles.
Con estabilidad monetaria, regulación prudencial y credibilidad institucional, el resultado fue una desdolarización progresiva del sistema financiero.
No por obligación. Por confianza.
Ésa es precisamente la lección que Venezuela debería estudiar.
El error venezolano
Nosotros hemos hecho casi lo contrario.
La hiperinflación convirtió al dólar en refugio, unidad de cuenta y medio de pago. Pero las autoridades permitieron esa dolarización de facto mientras impedían desarrollar plenamente la intermediación financiera en divisas.
Al mismo tiempo, utilizaron coeficientes de caja (encaje legal) extraordinariamente elevados (de hasta el 100%) para estrangular la creación de crédito en bolívares.
El resultado era previsible.
El venezolano podía tener dólares, podía pagar con ellos y podía ahorrar una parte de su patrimonio en esa moneda. Lo que la economía no podía hacer con normalidad era convertir esos ahorros en préstamos productivos.
Ese es el gran agujero del peculiar modelo monetario venezolano bajo Maduro y que en agosto de 2026 continúa de la misma manera.
En Venezuela se tienen dólares circulando, pero una banca extraordinariamente pequeña.
Y una economía sin crédito difícilmente se puede reindustrializar.
Una empresa necesita financiar capital de trabajo. Necesita descontar facturas. Necesita arrendamiento para comprar equipos. Necesita líneas para inventarios, proveedores y nómina. Necesita instrumentos de cobertura y, cuando crece, necesita un mercado de capitales que le permita financiarse sin depender permanentemente de su propia caja.
Nada de eso aparece mágicamente porque los precios están expresados en dólares.
Dolarizar tampoco soluciona el problema
Aquí aparece la respuesta habitual de los defensores de la dolarización plena: si todo estuviera denominado en dólares, desaparecería el riesgo cambiario interno y buena parte de esta discusión sería innecesaria.
Y yo respondo ante ello, que es cierto pero sólo parcialmente.
La dolarización elimina un problema, pero crea una restricción muy importante.
Si toda la economía funciona en dólares, el sistema financiero solamente puede prestar un coeficiente de los dólares que consigue captar o traer del exterior.
El Banco Central venezolano no puede fabricarlos.
Por tanto, la cantidad de crédito termina dependiendo de los depósitos, las exportaciones, las remesas, la inversión internacional, el endeudamiento externo y, sobre todo, de la confianza.
Cuando abundan los dólares, el sistema puede expandirse.
Cuando escasean, la economía debe ajustarse.
Panamá demuestra que un sistema semejante puede funcionar extraordinariamente bien. Pero Panamá dispone de una estructura financiera, comercial y logística construida durante décadas alrededor de esa realidad monetaria. Y el tamaño y especialización de su economía lo facilita.
Venezuela parte desde un lugar completamente diferente. Es una economía petrolera profundamente dañada, con una industria reducida, un sistema bancario diminuto, riesgo soberano elevado y una enorme necesidad de financiar nuevas empresas. Con una demografía de 28 millones, sin contar los millones que se regresarán en los próximos años.
En esas condiciones, entregar toda la creación de crédito al volumen de dólares disponible puede generar estabilidad monetaria y, al mismo tiempo, condenar el país a ser una economía demasiado pequeña por generaciones. Estable, pero pobre.
Éste es el riesgo que los dolarizadores suelen pasar por alto. No están viendo las demás aristas de lo que proponen.
El bimonetarismo que Venezuela necesita
La alternativa no consiste en regresar compulsivamente al bolívar.
Después de lo ocurrido durante las últimas décadas, sería absurdo exigir a los venezolanos que abandonen el dólar simplemente porque un Gobierno decida recuperar la soberanía monetaria.
El dólar debe quedarse.
Las personas deberían poder mantener cuentas en dólares y en moneda nacional. Las empresas deberían poder cobrar, ahorrar, transferir y realizar operaciones legítimas en ambas monedas.
Y los bancos deberían poder intermediar en las dos.
Pero con reglas.
Un préstamo en dólares a un cliente cuyos ingresos también están denominados en dólares no presenta el mismo riesgo que un préstamo idéntico concedido a quien cobra exclusivamente en moneda local. La regulación bancaria debe reconocer esa diferencia.
Los requerimientos de liquidez, las provisiones y eventualmente los coeficientes de caja (encaje legal) pueden utilizarse para reflejarla.
Al mismo tiempo, Venezuela necesita reconstruir el crédito en moneda nacional.
No mediante préstamos artificialmente baratos dictados desde un ministerio ni regresando a los controles de cartera que tanto daño hicieron, sino recuperando las condiciones que hacen posible prestar: baja inflación, disciplina fiscal, seguridad jurídica y un Banco Central capaz de producir confianza.
Ese sería el verdadero bimonetarismo.
El dólar como instrumento de ahorro, cobertura, comercio internacional y financiación para quienes generan divisas.
La moneda nacional como instrumento progresivamente competitivo para pagos domésticos, crédito interno, nóminas, hipotecas y mercado de capitales.
Y la banca en medio, transformando ahorro en inversión.
Primero hay que reconstruir la banca
Hay que ordenar definitivamente la coexistencia de cuentas en ambas monedas.
Después debe permitirse una verdadera intermediación en dólares, sometida a reglas prudenciales que protejan al sistema frente a los descalces cambiarios.
Al mismo tiempo deben desmontarse progresivamente los coeficientes de caja extremos que han convertido a la banca venezolana en una institución incapaz de cumplir adecuadamente su función más elemental: prestar.
Con una inflación bajo control, podrá recuperarse el crédito en moneda local.
Después vendrán el descuento de facturas, el leasing, los pagarés, los bonos corporativos, las hipotecas y un mercado doméstico de capitales capaz de financiar inversiones de largo plazo.
Eso es mucho más difícil que anunciar una dolarización.
También es mucho más útil.
No hay reconstrucción sin crédito
Venezuela lleva demasiado tiempo discutiendo su problema monetario preguntándose únicamente qué moneda debe circular.
La pregunta realmente importante es otra:
¿Qué sistema financiero permitirá transformar el ahorro venezolano en inversión venezolana?
Podemos dolarizar completamente la economía y seguir teniendo empresas sin crédito.
Podemos conservar el bolívar y asfixiar a los bancos con controles hasta hacer imposible la intermediación.
Ambos extremos conducen al mismo lugar: una economía pequeña financiada fundamentalmente con recursos propios.
La experiencia peruana ofrece una salida más inteligente.
No expulsar al dólar. No idolatrar la moneda nacional. Hacer competir a ambas dentro de un sistema financiero disciplinado y construir instituciones suficientemente creíbles para que, con el tiempo, empresas y ciudadanos elijan voluntariamente utilizar cada vez más la moneda local.
Venezuela no necesita una banca amputada por la dolarización plena ni otra vez una banca estrangulada por controles.
Necesita dos monedas, reglas claras y bancos que vuelvan a prestar.
Porque una economía puede aprender a pagar en dólares en cuestión de meses.
Reconstruir el crédito lleva años.
Sin crédito no habrá reconstrucción venezolana.
Y concluyo, si dolarizan, la economía se quedará diminuta y la movilidad social se estancará, lo que mantendrá latente el problema político por tanta gente insatisfecha que se radicalizará con posiciones políticas extremas y eso lo reflejará el mercado.