Venezuela no debe dolarizarse: debe aprender de Perú
El debate venezolano sobre la dolarización se ha vuelto extraordinariamente superficial acerca de una posible dolarización.

Imagen generada por Inteligencia Artificial
La gran tragedia venezolana es el nivel de desinstitucionalización que el chavismo ha dejado y que el rodrigato no es capaz de resolver. Una desinstitucionalización que pulverizó la confianza que se debía tener en la moneda nacional. Lo que afectó la capacidad de la economía de apoyarse en ella para competir.
Al bolívar perder la capacidad de ser reserva de valor, el problema ya no es decidir si confiamos más en el dólar que en él. El verdadero desafío es construir una moneda nacional en la que algún día podamos volver a confiar sin obligar a nadie a abandonar el dólar.
En Venezuela se está discutiendo la dolarización con una frivolidad sorprendente. La pregunta suele reducirse a algo casi emocional: después de que el chavismo destruyera el bolívar, ¿quién estaría dispuesto a volver a confiar en una moneda venezolana? Muy pocos.
Pero esa no es la pregunta que debería hacerse un país que necesita reconstruir su economía. La pregunta correcta es mucho más incómoda: ¿cómo vamos a financiar la Venezuela que queremos reconstruir?
Porque una economía no funciona únicamente con una moneda en la que la gente quiera ahorrar. Necesita crédito. Necesita que una empresa pueda financiar inventarios antes de venderlos, que una fábrica pueda comprar maquinaria antes de producir, que una constructora consiga financiación a veinte años y que una pyme pueda descontar una factura sin pagar una tasa prohibitiva. Nadie está fijándose en el precio del dinero. Y allí está probablemente la discusión económica más importante de todas.
El dólar no elimina el riesgo
Los partidarios de una dolarización plena presentan una ventaja verdadera: un Gobierno venezolano ya no podría imprimir dólares. Después de nuestra historia monetaria reciente, no es un argumento menor. La dolarización eliminaría buena parte del riesgo de emisión irresponsable y colocaría una camisa de fuerza considerable sobre futuros gobiernos. Hasta allí estoy de acuerdo. Solamente hasta allí.
El problema comienza cuando de esa afirmación correcta se deriva otra que no lo es: que utilizar el dólar resolvería el problema financiero venezolano. Eso no va a pasar. Simplemente estaríamos intercambiando riesgos.
El tipo de interés de una empresa venezolana no sería automáticamente el de Estados Unidos. Sería el coste internacional del dólar más el riesgo Venezuela, más el riesgo bancario, más el riesgo fiscal, más el coste de fondeo y más la escasez de liquidez interna. Y hay algo todavía más importante: Venezuela dejaría de producir la moneda sobre la cual funciona toda su economía.
En una dolarización plena, los dólares tienen que entrar. Entran por petróleo, exportaciones privadas, inversión extranjera, remesas, turismo, endeudamiento o depósitos provenientes del exterior. Cuando entran muchos, existe liquidez. Cuando dejan de entrar, el ajuste se produce sobre el crédito, el consumo, las importaciones, el empleo y los salarios. El Banco Central no puede fabricar los dólares que faltan.
Para Ecuador o Panamá esa arquitectura puede sostenerse bajo determinadas condiciones. Para Venezuela supone una apuesta bastante más delicada. Venezuela es una economía que ha dependido del petróleo, precisamente una materia prima sometida a enormes fluctuaciones de precio y cuya relevancia mundial afrontará transformaciones profundas durante las próximas décadas. Dolarizar completamente una economía así significa aceptar que cada caída importante de los ingresos externos puede trasladarse mucho más rápidamente al sistema financiero interno.
El problema que nadie quiere discutir
Imaginemos una Venezuela dolarizada y estable. Ya no hay hiperinflación. Los precios se expresan en dólares. Los ciudadanos pueden ahorrar sin temer que una devaluación destruya sus salarios en pocas semanas. Magnífico. Ahora imaginemos que una empresa venezolana quiere construir una nueva fábrica. ¿Quién le presta? ¿A qué plazo? ¿A qué tasa? ¿Quién financia una hipoteca durante veinte años? ¿De dónde sale el capital de trabajo de cien mil pequeñas empresas? ¿Quién aporta liquidez al sistema bancario durante una crisis?
Este es el debate que no estamos teniendo. Porque pocos están hablando de que se puede ser estable y seguir siendo una economía diminuta. Puede tener dólares y no tener crédito. Puede tener precios estables y salarios miserables. Puede proteger el ahorro y seguir siendo incapaz de financiar inversión.
Y si solamente pueden crecer las empresas que ya tienen dólares, exportan o poseen acceso al sistema financiero internacional, terminaremos construyendo una economía extraordinariamente desigual: los que tienen capital podrán producir; los que no lo tienen quedarán condenados a operar al tamaño de su caja. Eso no es reconstruir Venezuela. Es estabilizar su pobreza.
Perú entendió algo que nosotros estamos ignorando
Por eso considero mucho más inteligente estudiar el modelo peruano. Dejó competir al dólar y al sol. A comienzos de este siglo, la economía peruana estaba profundamente dolarizada. En 2002, alrededor del 67% de los depósitos y el 77% de los créditos estaban denominados en dólares. La gente no confiaba en la moneda local luego de años de conflictos políticos y políticas económicas desastrosas.
Perú no respondió confiscando dólares, prohibiendo cuentas bancarias en moneda extranjera ni obligando a los ciudadanos a utilizar soles. Reconstruyó la credibilidad de su moneda. El Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) adoptó un régimen explícito de metas de inflación. Se comprometió con la estabilidad monetaria. Construyó reputación. Desarrolló instrumentos financieros en soles y utilizó regulación prudencial para reducir progresivamente los riesgos derivados del endeudamiento en dólares.
El resultado fue extraordinario. La dolarización del crédito, que había superado el 80% a finales de los noventa, cayó hasta aproximadamente el 29% en 2016. No ocurrió porque un Gobierno decretara que el sol era una buena moneda. Ocurrió porque el sol terminó convirtiéndose en una buena moneda. Ésa es exactamente la diferencia.
Que los venezolanos decidan
Venezuela debería reconocer desde el primer día de una transición algo evidente: nadie tiene autoridad moral para obligar a un ciudadano que sobrevivió a la destrucción del bolívar a entregar sus dólares y volver a confiar inmediatamente en una moneda nacional.
Por eso defendería un régimen bimonetario. Dólares y moneda venezolana deberían coexistir. Las cuentas podrían mantenerse en ambas monedas. Los contratos podrían pactarse en ambas. Los ciudadanos decidirían en cuál ahorrar. Las empresas escogerían cómo cobrar. Pero el Estado tendría una obligación mucho más difícil que simplemente decretar la dolarización: hacer que la moneda venezolana vuelva a merecer confianza. Eso exige un Banco Central independiente, inflación baja, disciplina fiscal, regulación bancaria creíble y años de consistencia.
Dos monedas para dos necesidades diferentes
Además, el bimonetarismo permite solucionar uno de los problemas que la dolarización plena ignora. No todos deberían endeudarse en la misma moneda. Una petrolera, una empresa exportadora o una compañía que factura regularmente en dólares puede pedir prestado en dólares sin asumir un riesgo cambiario extraordinario. Una panadería cuyos clientes pagan en moneda local no debería hacerlo, porque su dinámica depende de variables de consumo internas. Una familia que cobra su salario en moneda nacional tampoco debería asumir una hipoteca en dólares.
La regla debería ser elemental: la moneda de la deuda debe parecerse a la moneda del ingreso. Perú aprendió precisamente esa lección. Parte de su política de desdolarización consistió en reducir el riesgo generado por prestatarios que obtenían ingresos en soles mientras acumulaban deudas denominadas en dólares. La Venezuela futura debería hacer exactamente lo mismo.
El dólar puede convertirse en reserva de valor, moneda contractual y vehículo natural para quienes generan divisas. La moneda nacional debería recuperar progresivamente los pagos internos, los salarios, los impuestos, las hipotecas, el crédito comercial y buena parte del mercado de capitales. Y entre ambas debe existir una regulación que impida que hogares, empresas y bancos acumulen descalces capaces de convertirse en una nueva crisis.
No hay que salvar al bolívar
Aquí aparece probablemente el mayor error conceptual de esta discusión. No se trata de salvar al bolívar. El bolívar ya fue destruido. Tampoco se trata de devolverle al próximo Gobierno venezolano la capacidad de financiar sus excesos imprimiendo dinero.
Se trata de conservar una herramienta económica que puede ser extraordinariamente valiosa si finalmente conseguimos construir instituciones capaces de utilizarla correctamente. La solución frente a un Banco Central irresponsable no debería ser necesariamente eliminar para siempre la política monetaria.
Podría ser construir, por primera vez en mucho tiempo, un Banco Central al que el Gobierno no pueda ordenar imprimir. Eso es institucionalmente mucho más difícil que dolarizar. Precisamente por eso es también mucho más ambicioso.
La verdadera elección
Venezuela no tiene que escoger entre el dólar y el bolívar. Esa es una falsa disyuntiva, sino debe escoger entre renunciar definitivamente a tener política monetaria propia o construir las instituciones necesarias para volver a merecerla. Yo escogería lo segundo.
Mantendría el dólar y que los venezolanos lo utilicen libremente, protegería jurídicamente los depósitos y contratos denominados en dólares; pero construiría simultáneamente una nueva arquitectura monetaria nacional, sometida a una disciplina institucional feroz. Y después haría exactamente lo que hizo Perú: dejaría que fuese el ciudadano quien decidiera.
Si después de diez años de inflación baja, estabilidad fiscal y un Banco Central creíble los venezolanos continúan prefiriendo ahorrar exclusivamente en dólares, tendremos nuestra respuesta. Pero si las empresas empiezan a financiarse en moneda local, las familias contratan hipotecas en ella y los ciudadanos vuelven voluntariamente a utilizarla para ahorrar, habremos conseguido algo mucho más poderoso que una dolarización. Habremos recuperado una moneda.
Y, sobre todo, habremos recuperado el instrumento financiero necesario para reconstruir una economía grande, productiva y capaz de pagar salarios altos. Porque éste es el punto que debería ordenar todo el debate: dolarizar puede estabilizar el dinero. Lo que Venezuela necesita es reconstruir el crédito.