Mohamed VI exhibió el poder de su monarquía mientras miles de marroquíes se lanzaron hacia Ceuta con casi 100 muertos
Mientras el rey presidía desfiles militares, juramentos de lealtad y ceremonias solemnes por la Fiesta del Trono, a apenas unos kilómetros miles de jóvenes marroquíes se jugaban la vida para llegar a España. La imagen de dos Marruecos enfrentados vuelve a sacudir la relación con Madrid y deja al descubierto el creciente malestar social en el reino alauí.

El rey Mohamed VI de Marruecos y su heredero, el príncipe Moulay Hasán
La imagen difícilmente podía ofrecer un contraste mayor. Mientras Mohamed VI recibía honores militares, saludaba a las autoridades del Reino y presidía las ceremonias más solemnes de la Fiesta del Trono, a pocos kilómetros de distancia miles de marroquíes protagonizaban una avalancha migratoria hacia Ceuta que terminó convirtiéndose en una tragedia con cerca de un centenar de muertos.
La celebración del 27.º aniversario de la llegada de Mohamed VI al trono transcurrió con toda la pompa habitual. El monarca quiso proyectar una imagen de estabilidad, fortaleza institucional y continuidad dinástica en un momento especialmente delicado para Marruecos.
En la emblemática plaza Mechouar de Tetuán, representantes de las doce regiones del Reino renovaron su fidelidad al soberano durante la tradicional ceremonia de la baya, un ritual centenario que simboliza la unidad del Estado marroquí. El Rey apareció acompañado por el príncipe heredero Moulay El Hassan, el príncipe Moulay Rachid y el príncipe Moulay Ahmed, mientras ministros, gobernadores y altos cargos desfilaban ante él para jurar lealtad.
La ceremonia concluyó con una salva de cinco cañonazos y una cuidada escenografía destinada a reforzar la imagen de una monarquía sólida. Incluso la princesa Lalla Khadija siguió discretamente el acto desde el interior del Palacio Real.
España
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Un día antes, Mohamed VI había presidido otro de los actos centrales de la Fiesta del Trono: el juramento de los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas y de los cuerpos de seguridad del Estado.
Como Comandante Supremo y Jefe del Estado Mayor de las Reales Fuerzas Armadas, el monarca pasó revista a las nuevas promociones acompañado por el príncipe heredero, vestido con uniforme militar, y por el príncipe Moulay Rachid, con el uniforme blanco de la Marina Real.
Durante su discurso bautizó a la nueva promoción con el nombre de "Laâyoune", en referencia a la capital de las provincias del sur, y reivindicó el esfuerzo realizado para modernizar el Ejército marroquí. También exhortó a los nuevos oficiales a mantenerse fieles al lema que resume la esencia del régimen alauí: "Dios, Patria, Rey".
Pero mientras Rabat mostraba músculo institucional, en la frontera con España se desarrollaba una escena completamente distinta.
Miles de ciudadanos marroquíes emprendieron el camino hacia Ceuta convencidos de que aquella podía ser su oportunidad para alcanzar Europa. Lo hicieron por carretera, en tren, en vehículos particulares y también lanzándose al mar para intentar llegar a nado a la ciudad autónoma.
Las imágenes fueron inéditas: estaciones completamente colapsadas, carreteras repletas de jóvenes rumbo al norte del país, largas columnas de personas caminando hacia la frontera y centenares de migrantes tratando de alcanzar la costa española entre fuertes corrientes.
Según las autoridades locales, al menos 94 personas fallecieron durante la travesía.
El contraste con la celebración oficial fue absoluto. Mientras miles de jóvenes se jugaban la vida buscando una salida a su situación, dirigentes políticos, representantes institucionales e invitados internacionales asistían a los actos del Palacio Real. Entre ellos se encontraba el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que elogió la organización conjunta del Mundial de 2030 por Marruecos, España y Portugal.
Pese a la gravedad de la tragedia, ni el Palacio Real ni el Gobierno marroquí alteraron la agenda prevista. Las ceremonias se desarrollaron con absoluta normalidad y no hubo declaraciones públicas sobre lo que estaba ocurriendo en la frontera.

Mohamed VI.
La crisis estalló además en un momento diplomático especialmente sensible. Apenas unos días antes, Pedro Sánchez se había reunido en Argel con el presidente Abdelmadjid Tebboune, un viaje que algunos analistas relacionan con el nuevo equilibrio regional entre España, Marruecos y Argelia. Aunque no existen pruebas que vinculen ambos acontecimientos, la coincidencia temporal ha alimentado numerosas especulaciones.
El Ejecutivo español sostiene que detrás del episodio se encuentran las mafias dedicadas al tráfico de personas. Según explicó Pedro Sánchez, estas organizaciones aprovecharon la rápida difusión en redes sociales de rumores que aseguraban que entrar en Ceuta facilitaría la obtención de permisos de residencia en España, provocando un efecto llamada que se propagó por numerosas ciudades marroquíes.
Sin embargo, numerosos vídeos difundidos durante aquellas horas muestran a miles de personas avanzando hacia la frontera prácticamente sin oposición por parte de las fuerzas de seguridad marroquíes. Las imágenes han reabierto el debate sobre el papel desempeñado por Rabat, aunque algunos medios marroquíes sostienen que el volumen de personas hizo imposible contener la situación.
Paradójicamente, apenas unas horas antes Mohamed VI había defendido en su discurso el progreso económico del país. Destacó el crecimiento del turismo, el impulso de la industria automovilística y aeronáutica y pidió combatir los mensajes de pesimismo y frustración.

Pedro Sánchez (y el rey de Marruecos, Mohamed VI
Los testimonios difundidos por los propios jóvenes marroquíes en redes sociales apuntan a un profundo malestar social. La falta de oportunidades, el desempleo, las desigualdades, la sensación de injusticia y las limitaciones de las libertades aparecen de forma reiterada entre quienes decidieron abandonar todo para intentar llegar a Europa.
Aunque la mayoría de los cerca de 50.000 migrantes que consiguieron entrar en Ceuta regresaron posteriormente a Marruecos, la crisis ha dejado una imagen que difícilmente podrá borrar la solemne escenografía de la Fiesta del Trono: la de un país que exhibe estabilidad desde sus instituciones mientras una parte de su juventud considera que el futuro solo puede encontrarse al otro lado de la frontera.