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Robos en el coche: el verdadero botín ya no es el portátil, es tu identidad digital

Las bandas especializadas ya no rompen las ventanillas de los coches solo para llevarse un ordenador o un móvil. Buscan algo mucho más valioso: la información personal que almacenamos en ellos. El robo que sufrí acabó convirtiéndose, apenas unas semanas después, en un intento de comprar un vehículo financiado de 70.000 euros utilizando mi identidad.

Robos y suplantación de identidad

Robos y suplantación de identidad

Borja Fadón
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Las imágenes son cada vez más habituales en Madrid y en otras grandes ciudades españolas. Un coche con una ventanilla destrozada, los cristales esparcidos sobre el asfalto y una mochila o un ordenador que han desaparecido en cuestión de segundos. Detrás de muchos de estos robos ya no hay delincuentes oportunistas. 

Según han alertado las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, numerosas bandas organizadas utilizan detectores capaces de localizar baterías de litio en el interior de los vehículos para seleccionar sus objetivos. Saben que un portátil, una tableta o un teléfono móvil pueden esconder un botín infinitamente más valioso que el propio dispositivo.

El verdadero botín ya no es el ordenador. Es la identidad digital de su propietario

Hace apenas una década, quien robaba un portátil se llevaba un equipo informático que podía vender en el mercado negro. Hoy, en cambio, se lleva una parte de nuestra vida. En nuestros dispositivos almacenamos declaraciones de la renta, nóminas, certificados de empresa, informes de vida laboral, copias del DNI y del permiso de conducir, contraseñas, datos bancarios, fotografías de documentos oficiales, conversaciones privadas y buena parte de nuestra actividad profesional. 

En otras palabras, toda la información necesaria para reconstruir quiénes somos y, llegado el caso, intentar convertirse en nosotros. Eso fue exactamente lo que me ocurrió.

Con lo que roban los ladrones son capaces de suplantar tu identidad

Con lo que roban los ladrones son capaces de suplantar tu identidad

Una ventanilla rota y un robo aparentemente rutinario

En septiembre de 2024 dejé el coche aparcado en Aravaca, un barrio de Madrid, para realizar una gestión de apenas unos minutos. Cuando regresé encontré una ventanilla rota y la mochila había desaparecido. Dentro llevaba un iPad, mi cartera con el DNI, el permiso de conducir, tarjetas bancarias y dinero en efectivo.

Hice lo que cualquier víctima haría: denunciar el robo, bloquear las tarjetas y comenzar el largo proceso de renovar toda la documentación. Incluso pude seguir el rastro del iPad gracias a la geolocalización. Dos días después ya estaba en Tánger. Nunca más volvió a aparecer.

Pensé que aquel era el final de la historia. En realidad, solo era el principioTras interponer la denuncia de robo

Menos de un mes después recibí una llamada desde Ejea de los Caballeros, en Zaragoza. Al otro lado del teléfono estaba David, propietario del concesionario Upcars. Su primera pregunta fue tan inesperada como inquietante: "¿Borja tu no has venido esta tarde a recoger un Volkswagen Tiguan verdad?". Evidentemente, respondí que no. Entonces me explicó que alguien había estado a punto de llevarse un vehículo utilizando toda mi documentación.

Cuando la intuición derrotó al algoritmo

La operación no era un intento improvisado. El coche tenía un precio cercano a los 50.000 euros y, con la financiación, el importe ascendía a más de 70.000. Lo verdaderamente sorprendente era el nivel de preparación de quienes estaban detrás del fraude. No se limitaron a presentar un DNI robado.

Habían reconstruido mi perfil económico con un grado de detalle extraordinario. En el expediente figuraban mi vida laboral, mis nóminas y otros documentos suficientes para sostener una solicitud de financiación de ese importe. En ese momento comprendí que el objetivo nunca había sido el valor del iPad. Lo que realmente buscaban era toda la información personal que almacenaba.

La operación siguió avanzando con aparente normalidad. Según pude conocer posteriormente, el falso comprador llegó incluso a completar una videoidentificación dentro del proceso de financiación con Santander Consumer Finance. Todo parecía estar correctamente validado y el expediente continuó su curso hasta el último paso: la entrega del vehículo.

Y fue precisamente entonces cuando ocurrió algo que invita a reflexionar sobre los límites de la tecnología.

Vivimos convencidos de que la inteligencia artificial, la biometría y los sistemas digitales de verificación son capaces de detectar cualquier intento de fraude. Cada vez delegamos más decisiones en algoritmos y damos por hecho que, si una plataforma valida una identidad, el riesgo prácticamente ha desaparecido. Sin embargo, mi experiencia demuestra que ningún sistema automatizado es infalible si detrás no existe alguien dispuesto a ejercer su propio criterio.

Bastó esa comprobación para entender que no eran la misma persona. Canceló inmediatamente la entrega del vehículo.

Aquella decisión evitó que una financiación de cerca de 70.000 euros quedara vinculada a mi nombre y que un coche saliera del concesionario en manos de quienes habían construido una identidad falsa utilizando mi propia documentación. Paradójicamente, la operación no se detuvo por una alerta automática, ni por un algoritmo, ni por un sistema de reconocimiento facial. Se detuvo porque una persona decidió desconfiar cuando todos los procedimientos parecían indicar que todo estaba en orden.

La historia, sin embargo, todavía guardaba un último episodio

Hace apenas unos días tuve que acudir al Juzgado de Pozuelo de Alarcón para declarar por videoconferencia con el Juzgado de Ejea de los Caballeros. Mi sorpresa fue enorme cuando comprobé que figuraba como investigado en unas diligencias relacionadas con la utilización de mi propia identidad. Desde un punto de vista procesal puede entenderse que mi nombre apareciera en toda la documentación utilizada por los estafadores, pero resulta difícil explicar la sensación que produce pasar de ser víctima de un robo a tener que comparecer ante un juez mientras quienes realmente organizaron la operación continúan sin haber sido identificados.

De víctima a investigado

No escribo estas líneas para cuestionar el trabajo de la Justicia ni el de las entidades que participan en este tipo de operaciones financieras. Al contrario, la investigación debe seguir su curso y cada institución tendrá que revisar, en su caso, sus procedimientos. Lo que sí creo que merece una reflexión es cómo han cambiado este tipo de delitos. Romper una ventanilla ya no significa únicamente llevarse un ordenador. Puede ser el primer paso de una cadena de acontecimientos que termine con una identidad suplantada, una financiación fraudulenta, un procedimiento judicial y meses de incertidumbre para la víctima.

Durante estos dos años me he preguntado muchas veces cuál fue el verdadero valor de aquello que me robaron en Aravaca. Desde luego, no era el precio del iPad. Tampoco el dinero que llevaba en la cartera. Lo realmente valioso era toda la información que aquellos dispositivos contenían y que permitió a una organización criminal intentar convertirse en mí durante el tiempo suficiente para llevarse un coche nuevo.

Un Volkswagen Tiguan como el que intentaron robar suplantando mi identidad

Un Volkswagen Tiguan como el que intentaron robar suplantando mi identidad

La inteligencia artificial seguirá evolucionando y los sistemas de verificación serán cada vez más sofisticados. También lo serán quienes se dedican al fraude. Precisamente por eso conviene recordar una lección que mi historia me dejó de forma inesperada: la tecnología puede analizar millones de datos en segundos, pero todavía necesita algo que ningún algoritmo ha conseguido replicar por completo. La capacidad de una persona para detenerse, levantar la vista de la pantalla y preguntarse si aquello que tiene delante realmente tiene sentido.

Porque los ladrones rompieron la ventanilla de mi coche para llevarse un iPad. Lo que realmente intentaron robar fue mi identidad.

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