50 años de la transición
El Rey y Suárez pilotando la transición y Oreja con Rupérez explicándola al mundo
La mítica frase —“Españoles, Franco ha muerto”— volvió a resonar esta semana en EsDiario Televisión, pero no como un eco del pasado, sino como la puerta de entrada al segundo capítulo de La Transición, la serie que revisita, medio siglo después, las entrañas políticas, diplomáticas y humanas del proceso que llevó a España de la dictadura a la democracia.
Y lo hizo con un invitado que no necesita presentación entre los estudiosos de aquella época: Javier Rupérez, diplomático de carrera, antiguo embajador en Washington y ante la OTAN, jefe de gabinete de Marcelino Oreja y una figura clave —aunque a menudo silenciosa— del engranaje que unió la España que agonizaba con la España que nacía.
Juan Carlos I: el rey que decidió tener menos poder del que heredó
Rupérez, que vivió la Transición desde dentro de los despachos donde realmente se decidía el futuro, fue claro desde el inicio: el papel de Juan Carlos I fue “central, determinante y valiente”.
Heredó —recordó— todos los poderes absolutos de Franco. Pudo seguir la senda continuista, pudo mantener el aparato político del régimen maquillado para sobrevivir otros veinte años. Pero eligió otra cosa: renunciar al poder para abrir la puerta a la democracia.
No fue un salto al vacío. Fue un salto medido, estratégico y, sobre todo, acompañado.
Arias Navarro y Suárez: dos maneras de entender el futuro
El programa repasó la primera gran decisión del rey: mantener a Carlos Arias Navarro, último presidente de Franco y reacio a entender que el tiempo del régimen se había acabado.
Ese inmovilismo obligó a Juan Carlos a mover ficha, y el movimiento se llamó Adolfo Suárez.
Suárez, como recuerda Rupérez, tampoco venía de la oposición clandestina ni de los círculos liberales europeos. Venía del franquismo. Pero tenía algo que nadie más tenía: la audacia política para desmantelar el sistema desde dentro, convencer a las viejas estructuras y negociar con las nuevas.
Ese tándem —Rey y Suárez— fue la locomotora del cambio.
La UCD: un partido hecho a contrarreloj y necesario para la reconciliación
Rupérez recordó cómo se gestó la Unión de Centro Democrático, un proyecto que unió a democristianos, liberales, reformistas del tardofranquismo y técnicos sin adscripción ideológica.
Un partido ideado para una misión histórica concreta: garantizar una transición pactada, legal y reconocida internacionalmente.
España venía de cuarenta años sin partidos, sin Parlamento democrático y sin cultura de pacto. La UCD, por tanto, no fue solo el partido de Suárez: fue el puente político que permitió que la Constitución de 1978 naciera de un consenso casi irrepetible.
ETA: el enemigo que no quería democracia
Pero aquella España que avanzaba hacia Europa tenía un enemigo peligrosamente activo: ETA.
La banda terrorista intensificó sus atentados, consciente de que la democracia debilitaba sus argumentos.
Rupérez lo sabe mejor que nadie: él mismo fue secuestrado por ETA, igual que su compañero Gabriel Cisneros, redactor de la Constitución.
“ETA quería destruir España y destruir la Transición”, recordó. Y durante muchos años lo intentó. Tres cuartas partes de sus asesinatos se cometieron ya con la democracia vigente.
Y aun así, la democracia resistió.
España ante el mundo: de país aislado a ejemplo internacional
Uno de los puntos más interesantes de la conversación fue cómo la nueva España tuvo que “presentarse” ante el mundo.
Hasta 1975, España estaba prácticamente fuera de los grandes foros internacionales. No pertenecía a la Europa comunitaria, ni a la OTAN, ni tenía credenciales democráticas que ofrecer.
Marcelino Oreja, Rupérez, Suárez y el propio Rey formaron un eje diplomático que dio la vuelta a aquella imagen.
España firmó por primera vez los acuerdos internacionales de derechos humanos, inició la negociación para entrar en la Comunidad Económica Europea y trazó la senda que finalmente llevaría a su ingreso en la OTAN, pese a las resistencias de algunos partidos.
El mundo pasó de mirar a España con recelo a mirarla con admiración.
El 23-F: la noche en la que todo pudo romperse
Rupérez, presente en el Congreso durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, recordó con crudeza ese momento:
“Llegamos a pensar que la democracia se había acabado”.
El tiempo pasaba y los golpistas no lograban que la operación triunfara. Pero la clave estuvo fuera: la intervención televisiva del Rey, cerca de la una de la madrugada, fue el punto de inflexión definitivo.
La democracia siguió viva.
La UCD, sin embargo, salió fracturada. Las tensiones internas acabaron con su desaparición electoral en 1982 y dieron paso a la victoria socialista de Felipe González, que consolidó la alternancia y cerró, en términos políticos, la primera etapa del sistema democrático.
¿Sería posible hoy un pacto como el de la Transición?
En la parte final del programa, se lanzó la pregunta que muchos españoles se hacen en 2025:
¿sería posible hoy un acuerdo como el de la Transición?
Rupérez fue rotundo:
“Es indispensable. Volver atrás sería volver a la Guerra Civil”.
La Transición —dijo— no debe mitificarse, pero sí recordarse como uno de los mayores aportes de España al mundo. No fue perfecta, pero fue ejemplar.