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La Cabalgata de Madrid se quedó sin su Gaspar 'buenorro' y se desata el caos

Tras varios años de suspiros colectivos, Beltrán Iraburu deja su papel como Gaspar y muchas espectadoras lamentan la pérdida de ese porte elegante y ese magnetismo que llenaba las calles madrileñas

El Rey Gaspar que soliviantaba féminas, Beltrán Iraburu

El Rey Gaspar que soliviantaba féminas, Beltrán Iraburu

Publicado por
Sandra Sánchez

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Madrid amaneció este 6 de enero con una certeza incómoda: la magia sigue existiendo, pero ya no es tan atractiva. La Cabalgata de Reyes de la capital ha dicho adiós —al menos de momento— a uno de sus grandes fenómenos sociológicos de los últimos años: Gaspar, el Rey Mago buenorro, ese señor elegante, con porte de anuncio de colonia cara, que había logrado lo impensable… robarle protagonismo a los caramelos.

Durante varias ediciones, la figura de Gaspar se convirtió en tema recurrente en redes sociales entre el público femenino, que celebraba su presencia con una naturalidad pasmosa. Eso sí, nada de sexualizar: no, no. Estamos seguros de que lo que gustaba era su ropa, su elegancia, su aura, su manera de mirar al horizonte. Y, por supuesto, que fuera un “tío bueno” y las redes sociales se inundaran de mensajes de féminas mostrando su ferviente admiración por el monarca asiático era una mera coincidencia.

Este 5 de enero, sin embargo, algo cambió. El Gaspar habitual —el actor Beltrán Iraburu, el mismo que acumuló piropos, memes y titulares oficiosos como “el crush navideño de Madrid”— no apareció. En su lugar, un Gaspar correcto, institucional, perfectamente válido… pero sin provocar suspiros colectivos ni colapsos en redes sociales.

La reacción no se hizo esperar. Decenas de mensajes expresaron una mezcla de desconcierto y luto emocional:

  • “¿Dónde está el Gaspar de verdad?”,
  • “Esto con el otro no pasaba”,
  • “Mis hijos felices, yo devastada”.

Y aquí llega la paradoja deliciosa. Durante años se ha acusado a los hombres de cosificar, pero la desaparición del Gaspar buenorro ha demostrado que Madrid entera sabía apreciar —con exquisita educación— un buen abrigo, una barba bien cuidada y un señor con presencia real. Nada más, estamos seguros.

Porque, insistimos, no se le sexualizaba. Se le admiraba. Como se admira una escultura clásica. O un vino caro. O un actor que “casualmente” está muy bien.

La Cabalgata sigue siendo mágica, sí. Pero este año ha quedado claro que la ilusión también tenía una carita linda. Y muchas mujeres de Madrid no estaban preparadas para asumirlo.

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