CORRUPCIÓN EN LA MONCLOA
Sánchez activa el ‘NO a la guerra’: ¿convicción o cálculo político hacia un superdomingo electoral?
Con Donald Trump como antagonista externo y Vox como antagonista interno, el presidente del Gobierno trataría de convertir el paso por las urnas en un plebiscito moral, más que en una evaluación de su propia gestión. Las dos muletas en las que apoyarse: además del ya mencionado 'NO a la guerra', el debate -manipulado- de democracia frente a ultraderecha.

Pedro Sánchez y Donald Trump, en la cumbre en Egipto
"La posición de este Gobierno se resume en cuatro palabras: 'NO a la guerra'". Con esta frase, Pedro Sánchez, desempolva el famoso lema de la izquierda para volver a ponerlo en el centro del debate político. El objetivo: atraer a los que ya se han ido. Y evitar que la sangría permita que se marchen muchos más.
El jefe del Ejecutivo ha salido a comparecer -sin preguntas de periodistas- este miércoles, para -supuestamente- responder a Donald Trump y sus amenazas de "embargo" a España. El secretario general del Partido Socialista se ha limitado a repetir que la posición de España ante el conflicto en Irán es "clara" y la misma que ya han manifestado sobre Ucrania y sobre Gaza. La que pasa por decir "no a la quiebra del Derecho Internacional", según el discurso que le han escrito sus asesores.
La lectura que hay que hacerse una vez más, y -sobre todo- tras escuchar al presidente del Gobierno, es que la política exterior rara vez es solo exterior. Este nuevo choque buscado por Pedro Sánchez contra Donald Trump esconde más de lo que parece.
Enésima crisis hispanoamericana. Ahora, a cuenta de la escalada en Oriente Próximo y la negativa española a facilitar el uso de la de la Base Naval de Rota y la Base Aérea de Morón para determinadas acciones relacionadas con la ofensiva anti iraní.
Sánchez se prepara para la guerra... electoral
Este pulso permite al ala oeste del Palacio de la Moncloa, recuperar el eje simbólico del “NO a la guerra”. La cuestión es si estamos ante una decisión estratégica en clave internacional, o por el contrario, ante el arranque de una campaña electoral de alto voltaje. Esa es una de las clave. Pedro Sánchez se prepara para la guerra. Pero la de las urnas.
El Gobierno ha optado por marcar distancias con Washington en plena tensión con Irán. La negativa a permitir determinadas operaciones logísticas -como el uso de aviones cisterna estadounidenses vinculados a la escalada militar- no es un gesto menor en el tablero internacional. Tampoco en el doméstico.
Sin embargo, Sánchez ha decidido envolverse de nuevo en un marco político que en la izquierda española tiene un potente anclaje emocional desde 2003. El “NO a la guerra” no es solo una consigna: es una identidad política que moviliza a un electorado antiamericano, progresista y especialmente sensible a estos debates.
Por tanto, este movimiento 'sanchista' tiene dos efectos inmediatos: la búsqueda de internacionalizar el liderazgo de Sánchez como referente europeo -incluso mundial, en su visión más narcisista- que confronta a Trump, a la vez que repolariza el debate interno en torno a la dicotomía entre la paz o el alineamiento con Washington y la administración 'trumpista'.
Y aquí emerge otro elemento determinante: si Trump responde con amenazas comerciales -como el eventual embargo a productos españoles-, el conflicto escala y se convierte en el relato perfecto para el argumentario 'monclovita': un presidente español enfrentado al líder republicano norteamericano como contrapeso simbólico de la izquierda global frente al 'trumpismo'.
Con un ojo puesto en Cataluña
Estos acontecimientos, unidos al calendario político ofrecen una ventana que, hace apenas semanas, parecía improbable. En Cataluña, el gobierno de Salvador Illa depende de que Esquerra Republicana de Cataluña retire su enmienda a la totalidad y facilite la aprobación de los Presupuestos autonómicos antes del 20 de marzo. Las posiciones están alejadas y el propio Illa ha dejado caer que, sin cuentas, habría adelanto electoral.
Si Cataluña vota, el PSOE -a través del PSC- moviliza su principal caladero electoral en un momento de debilidad en el resto del territorio. Coincidir unas generales con las catalanas no sería una anomalía táctica, sino una operación de concentración de voto.
La segunda ficha es Andalucía. Juanma Moreno ya ha deslizado que, si las generales irrumpen en su ventana electoral, podría hacer coincidir ambas convocatorias. El resultado sería un 'superdomingo' con tres grandes tableros simultáneos: Cataluña, Andalucía y Generales.
Los numerosos asesores del Pedro Sánchez son plenamente conscientes de que en política, la simultaneidad no es neutra: diluye los castigos, refuerza los marcos nacionales y también sirve para favorecer la movilización ideológica frente al voto de gestión.
Alertar del peligro PP-Vox
Las encuestas de los últimos meses reflejan una debacle del bloque gubernamental y de sus socios, mientras se consolida el eje PP–Vox. También los resultados en determinados territorios se confirma el cambio de ciclo. En Extremadura, Aragón o incluso Castilla y León, los pactos entre el Partido Popular y Vox han generado -y ya generan, de nuevo- tensiones que Sánchez podría explotar en una nueva campaña nacional.
Con Donald Trump como antagonista externo y Vox como antagonista interno, el presidente del Gobierno trataría de convertir el paso por las urnas en un plebiscito moral, más que en una evaluación de su propia competencia en estos años al frente del Ejecutivo. Las dos muletas en las que apoyarse: además del ya mencionado 'NO a la guerra', el debate -manipulado- de democracia frente a ultraderecha.
Daría igual que desde la oposición le recordaran a Sánchez que Vox no ha matado a nadie, una realidad de la que no pueden decir lo mismo algunos de sus socios de la extrema izquierda más radical. Incluso, más que este PSOE. El altavoz que proporcionan los micrófonos ministeriales y la opinión sincronizada al servicio del relato, confían en Moncloa y en Ferraz, ayudarían a expandir el argumentario.
Peligros que siguen estando presentes
Esta estrategia incendiaria no está exenta de peligros. Un conflicto comercial real con Estados Unidos tendría impacto económico inmediato. El electorado moderado -no el militante o activista- podría percibir la confrontación como temeraria. Además, la sobreexposición internacional reforzaría la imagen de aislamiento. No obstante, todo quedaría supeditado a la misma máxima de Pedro Sánchez: lo que sea con tal de sobrevivir.
¿Estaremos mejor en el verano de 2027? Es la duda que los satélites de este Gobierno de coalición PSOE-Sumar no pueden aclarar, ahora mismo. La salida a esta encrucijada ya hay quien la tiene clara también dentro del seno socialista. Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, es el primero que barrunta una catástrofe territorial, si Sánchez no activa el botón electoral antes de tiempo.
De hecho, nada obliga constitucionalmente a Sánchez a convocar elecciones generales ahora. El caso es que en el panorama político actual resulta más que complicado aventurar que surja otra oportunidad estratégica en los próximos 15 meses.
Si Cataluña termina en las urnas y Andalucía se suma, el contexto internacional servirá de catalizador para un discurso de resistencia frente al 'trumpismo' y frente a la derecha española. En ese escenario, la crisis con Irán y el pulso con Trump dejarían de ser únicamente un episodio diplomático para convertirse en el arranque oficioso de campaña.
Llegados a ese punto, la pregunta dejaría de ser si el líder socialista se enfrenta a Trump por principios. Habría que ir más allá y plantearse lo siguiente: ¿Ha encontrado Sánchez en el choque con los Estados Unidos de América la coartada perfecta para intentar cambiar su suerte?