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Pablo Iglesias se apunta ahora al convoy a Cuba junto a Corbyn en una nueva oda al castrismo

El exvicepresidente reaparece en una operación impulsada por la izquierda internacional que se presenta como ayuda humanitaria, pero que vuelve a servir de escaparate político a quienes llevan años blanqueando al régimen cubano.

Pablo Iglesias y su Canal Red están en pruebas en Movistar+

Pablo Iglesias y su Canal Red están en pruebas en Movistar+Canal Red

Luis Sordo
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Pablo Iglesias vuelve a hacer de Pablo Iglesias. Cuando parecía ya cómodamente instalado en el comentario, la trinchera mediática y la agitación desde la barrera, el exvicepresidente del Gobierno ha decidido sumarse al convoy con destino a Cuba promovido por la Internacional Progresista, una iniciativa que zarpará el próximo 21 de marzo y que cuenta también con el apoyo de Jeremy Corbyn y de la exministra colombiana Clara López.

La operación se vende como una misión de ayuda humanitaria para paliar la asfixia que sufre la isla por el embargo de Estados Unidos. Pero, tratándose de Iglesias y de la constelación ideológica que le acompaña, cuesta no ver algo más que solidaridad. Porque cada gesto hacia Cuba por parte de esta izquierda militante suele llegar envuelto en un guion previsible: denuncia de Washington, romanticismo revolucionario y silencio clamoroso sobre la naturaleza dictatorial del régimen castrista.

Ayuda sí, propaganda también

Bajo el nombre de “Nuestra América, Convoy a Cuba”, los organizadores aseguran que trasladarán más de 20 toneladas de productos de higiene, medicamentos y alimentos mediante barcos por el Caribe y vuelos de carga procedentes de varios países. Sobre el papel, la imagen pretende ser irreprochable: una movilización internacional de apoyo al pueblo cubano en medio de una situación crítica.

El problema no está en la ayuda, sino en el uso político de esa ayuda. Porque el convoy no solo lleva suministros: también transporta un relato. Y ese relato vuelve a presentar a Cuba poco menos que como una víctima pasiva de Estados Unidos, sin mencionar apenas que buena parte de la ruina de la isla responde a décadas de ineficacia económica, represión política, ausencia de libertades y control absoluto del poder por parte de la dictadura.

Ahí es donde la presencia de Iglesias deja de ser anecdótica y pasa a ser coherente con toda su trayectoria. Nunca ha tenido demasiado problema en exhibir dureza máxima frente a las democracias liberales y una indulgencia llamativa con los regímenes autoritarios de izquierdas. Cuba, en ese sentido, sigue siendo uno de los grandes santuarios sentimentales de su espacio político.

El refugio ideológico de siempre

Junto al fundador de Podemos aparecen otros nombres habituales del circuito internacional de la izquierda radical y populista: Gerardo Pisarello, el sindicalista estadounidense Chris Smalls, el comentarista Hasan Piker o incluso el grupo irlandés Kneecap. Más que una caravana humanitaria al uso, la lista de apoyos parece el cartel de una internacional activista montada para convertir otra vez la crisis cubana en una causa estética, ideológica y mediática.

Iglesias encuentra en este tipo de citas un terreno conocido. Ya fuera del poder, pero necesitado de seguir ocupando espacio simbólico, vuelve a colocarse en una fotografía de alto contenido ideológico y bajo coste personal. Cuba le ofrece exactamente eso: una causa con fuerte carga emocional para su electorado más fiel, una coartada humanitaria impecable en apariencia y, de paso, otro motivo para reactivar su discurso antiestadounidense.

Silencios muy elocuentes

La Internacional Progresista denuncia que la Administración de Donald Trump ha endurecido el cerco a la isla, afectando al suministro de combustible, vuelos y bienes esenciales. Es un argumento que Iglesias y los suyos repiten con entusiasmo. Lo que rara vez añaden es que el sistema cubano lleva décadas sobreviviendo entre la propaganda, la cartilla, la vigilancia política y la falta de derechos elementales.

Ese es el gran agujero moral del discurso. La pobreza cubana les conmueve; la ausencia de libertades, bastante menos. La escasez sirve como bandera internacional; la represión interna, en cambio, suele despacharse con evasivas, relativismos o directamente con silencio. Y esa doble vara de medir acompaña a Iglesias desde hace años: exigencia feroz para unos, comprensión infinita para otros.

Un convoy cargado de suministros... y de simbología

El convoy llegará a La Habana con toneladas de ayuda, pero también con una escenografía política perfectamente calculada. Todos los participantes confluirán en el Malecón en un acto de solidaridad que, más allá de su envoltorio humanitario, servirá para volver a proyectar una imagen de legitimación internacional en torno al régimen cubano.

Pablo Iglesias, que hizo de la superioridad moral uno de los grandes ejes de su carrera, vuelve así a situarse donde más cómodo parece sentirse: en una causa internacional donde puede posar de conciencia crítica de Occidente mientras evita mirar de frente a una dictadura amiga. Cambian los formatos, cambian las plataformas, pero no cambia el fondo. Cada vez que Cuba aparece en el horizonte, Iglesias vuelve a retratarse.

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