Nadia, otra menor inocente asesinada
(Foto de ARCHIVO) La madre adoptiva y la madre biológica de la menor, consoladas por el alcalde José Ballesta EUROPA PRESS 02/4/2025
De nuevo, una menor de cinco años es objeto de violencia y muerte. El supuesto homicida no dejaba de acosar a su expareja, Ramona. Para hacerle daño, y repitiendo el patrón de conducta de otros psicópatas asesinos, acaba con lo que más quiere una madre: su hija. Una menor que se hallaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Es terriblemente injusto, y surge la pregunta: ¿cómo iba una niña sola con un acosador, por mucho que en el pasado se hubiera relacionado con ella?
Era la hija adoptiva —o de acogida— de Ramona, quien se hizo cargo de ella porque su madre biológica no podía. Partiendo de la base de que el presunto autor del crimen tenía dos denuncias por violencia de género interpuestas por exparejas, y que incluso había cumplido condena en prisión, es evidente que un maltratador es un asesino en potencia, y que su comportamiento es repetitivo. Pasará de una víctima a otra ejerciendo su violencia.
Es claro que la víctima puede ser tanto la pareja como un menor, con o sin vínculo biológico, sea hijo de una relación anterior o, como en este caso, una niña adoptada sin relación sanguínea alguna. Es un rasgo común en los maltratadores la celotipia, esa idea enfermiza de posesión sobre la pareja. Esta celotipia se extiende a todo aquello que recuerde una relación previa. No toleran la frustración ni el abandono. Entonces surge la venganza. Y no hay nada que hiera más a una madre que arrebatarle el amor de su hija.
Llevó a Nadia en su coche, y se cree que le dio pastillas o ansiolíticos, posiblemente pertenecientes a su madre. Posteriormente llamó a Ramona para decirle que la niña “ya está en el cielo”. No era una broma. Era una fatal realidad.
El maltratador es un ser acomplejado que solo logra aumentar su autoestima humillando y ejerciendo poder sobre su víctima. El problema es que esta sensación de dominio dura un instante, por eso es repetitiva y continua. Estos individuos, con trastornos de personalidad o rasgos psicopáticos y nula empatía, acentúan su agresividad con el consumo habitual de alcohol y drogas, según asegura su entorno. Aunque el origen del problema sea una personalidad determinada, este factor añadido amplifica sus comportamientos agresivos, lo que incrementa el peligro para su entorno más cercano —e incluso el más lejano— si se cruza en su camino.
Cosifican a las personas, les quitan todo rasgo humano y las convierten en obstáculos a derribar. Son medios para un fin: ejercer el mal y la venganza. El maltratador, al igual que los depredadores sexuales, es reincidente y no reinsertable. En este caso, además, ha arrebatado la vida a una menor. Por tanto, es un crimen susceptible de prisión permanente revisable.
Ningún niño debe morir. Hoy hago mías las palabras de Ali, un médico eminente —personaje de una serie— que, a pesar de convivir con el autismo, salva vidas cada día. Él representa la lucha por la superación y la visibilización de realidades dolorosas.
NINGÚN NIÑO DEBE MORIR. Alto y claro. Protección al menor.