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Aquí no pasa nada o el arte de gobernar sin consecuencias

Pedro Sánchez, María Jesús Montero y Yolanda Díaz

Pedro Sánchez, María Jesús Montero y Yolanda DíazEuropa Press

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¿Saben qué es lo realmente fascinante del sistema político español? Que no tiene frenos. Es como si el coche se lanzara cuesta abajo y el conductor fuera gritando por la ventanilla: “¡Confíen, lo tengo todo bajo control!”

A estas alturas del partido ya hemos visto y comprobado que las ideologías son papel mojado frente a una geometría variable en la que es lícito pactar con quien sea a cambio de lo que sea; que tenemos una Constitución que todos juran cumplir pero que luego usan de salvamanteles; que se puede hacer una peineta al Congreso, no dar explicaciones, sacarse de la manga consultas sin precedentes, hacer del enchufismo un dogma, negar lo que se ha dejado por escrito, y no asumir responsabilidades aunque te acorralen tantos presuntos casos de corrupción que ya no es que sean moscas en la sopa, es que han abierto su propio restaurante.

¿Y porque ocurre todo esto? Porque aquí no pasa nada. No hay un mecanismo automático que diga: “Oye, basta”. No hay un botón rojo que alguien pueda pulsar cuando el Ejecutivo se pasa el juego en modo trampa, y si alguna vez lo hubo ya se ha encargado este gobierno de desactivarlo

Y así seguimos: con un Gobierno que se mantiene a flote no por su credibilidad, sino por su habilidad para intercambiar favores. Con una oposición que grita mucho, pero no puede hacer nada. Y con una ciudadanía que empieza a entender que aquí, si el coche se despeña, nadie salta a frenarlo. Todos van dentro, pero solo unos pocos llevan cinturón. ¿Y lo peor de todo? Que aún habrá quien esté convencido de que esto es una democracia de fuste

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