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Sánchez y el Arte del Espejismo Ético

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa.Gustavo Valiente Herrero

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En su última entrega del "Manual del Buen Demócrata Ofendido”, Pedro Sánchez ha acusado a Feijóo de difamar a “personas honestas” como Santos Cerdán – ese diputado y secretario de organización del PSOE capaz de hablar en pasado de lo que va a hacer al día siguiente y de pasearse con Puigdemont por Bruselas con más misterio que un cura en Las Vegas – para, segundos después, acusar al jefe de la oposición de intentar tapar la corrupción de Isabel Díaz Ayuso, quien —detalle menor— no está imputada por nada. Y todo en la misma parrafada, sin ni siquiera hacer una pausa para tomar un sorbito de agua.

Esto, por supuesto, no es nuevo. Es política, aunque no esa política noble que todos nos prometen en las campañas electorales. Es política al estilo Pedro; una especie de performance donde la coherencia no importa siempre que la indignación parezca auténtica.

Fuera ya de culpabilidades y de dedos acusadores, el presidente ha vuelto demostrar su habilidad para acometer un nuevo ejercicio de flexibilidad ética que haría llorar de emoción a cualquier contorsionista. Y es que acusar al contrario de difamar mientras uno mismo acusa sin pruebas es algo tan chusco como que un ladrón te sermonee por no reciclar. 

Claro que, tal y como está el nivel de la política española, donde la coherencia es opcional y el cinismo cotiza en bolsa, cualquier cosa es posible, aunque muchas de las que estamos viendo y escuchando últimamente solo sirvan para darle la razón a Groucho Marx cuando afirmaba que los políticos son como los pañales: deben cambiarse frecuentemente y por las mismas razones.

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