El chatarrero se ha llevado el Peugeot 407 de Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro SánchezEuropa Press

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Santos Cerdán ha sido el último en caer. Su amigo. Su sombra. Su fontanero. El hombre que manejaba los hilos en Ferraz mientras Sánchez fingía que no veía nada.

Pero los indicios son tan demoledores que ni él ha podido protegerle. Lo ha sacrificado. Como a Ábalos. Como a Koldo. Sus compañeros del Peugeot 407 hecho chatarra. Como a todos los que antes le sirvieron. El problema es que el agujero ya no se tapa.

Cada cabeza que rueda no amortigua la crisis. La agranda. Porque lo de Cerdán no es un caso aislado. Es el epicentro de la podredumbre que está devorando al PSOE desde dentro.

Los alcaldes y presidentes autonómicos ya lo dicen por lo bajo: si Sánchez sigue, nos arrastra a todos. Nadie quiere ir a las urnas con esta mochila de corrupción, mentiras y descomposición.

Sánchez intentó ser invulnerable. Pero está sitiado por sus propias decisiones. Su esposa. Su hermano. Su fiscal general. Sus colaboradores de mayor confianza. Las cloacas. Las grabaciones. Los whatsapps. Los audios de putas que revientan móviles en Ferraz.

Mientras tanto, el PSOE es un campo de batalla. Filtraciones. Lamentos. Navajazos. Venganzas. Un aparato en descomposición. Y Sánchez, cada vez más solo. Más rodeado. Más débil.

Le queda un único recurso: el victimismo. La ultraderecha. Las cloacas. Los jueces de Feijóo. El lawfare. El viejo disco rayado. No se lo cree nadie ya. Ni los suyos lo compran. 

A.M. BEAUMONT