El socialismo en busca del relato perdido

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ly a vicepresidenta primeraMaría Jesús Montero
El filósofo italiano Antonio Gramsci fue el primer teórico marxista que se dio cuenta de la importancia de la batalla cultural que habrían de librar a lo largo del tiempo el comunismo y el liberalismo. Por ello, defendiendo en todo momento la hegemonía del proletariado en la lucha contra la burguesía, Gramsci dio especial importancia a la participación de los intelectuales a la hora de promocionar un relato que fuera capaz de conseguir la adhesión a la causa comunista de capas cada vez más amplias de la sociedad.
El esfuerzo de Gramsci no fue baldío, ya que a lo largo del siglo XX fueron muchos los intelectuales que, contra toda lógica, apoyaron a los regímenes de ideología marxista que fueron apareciendo sobre la faz de la tierra. Sin embargo, dada la tozudez de los hechos, más pronto que tarde el mundo se dio cuenta de que el báculo del comunismo conducía directamente al totalitarismo y a la pobreza. Sin embargo, muy por el contrario, en el seno de las democracias liberales florecieron, como el trigo en primavera, la libertad y la prosperidad, proporcionando a la sociedad en su conjunto una progresiva mejora de su calidad de vida.
En consecuencia, en los países occidentales el marxismo fue perdiendo adeptos de manera directamente proporcional a los que ganaba el liberalismo democrático, de tal forma que el comunismo tan solo sobrevivió en aquellos países, como la URSS, China o Cuba, en los que, por su carácter dictatorial, la población no estaba habilitada para elegir bajo que régimen político quería desarrollar su existencia.
La pérdida de popularidad del comunismo llegó a tal punto que, en el Congreso celebrado en 1959 en la localidad de Bad Godesberg, el Partido Socialista de Alemania (SPD) cambió su orientación ideológica, de tal forma que pasó a defender la economía social de mercado en lugar de los postulados marxistas, sentando así las bases de la socialdemocracia. No obstante, sus inclinaciones paternalistas llevaron a la socialdemocracia, en aras de una supuesta redistribución de la riqueza, a conceder al Estado un peso excesivo en la economía de todos aquellos países donde triunfó, de tal forma que, al mismo tiempo que aumentaba la burocracia, la hiperregulación y los impuestos, se lastró sobremanera la creación de riqueza y empleo, poniendo todo ello de manifiesto la ineficiencia de sus planteamientos socioeconómicos.
Finalmente todo el andamiaje teórico del socialcomunismo se vino abajo tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y la descomposición de la Unión Soviética en 1991. Así, dado que Marx ya no era dios ni Lenin, Mao o Fidel Castro sus profetas, socialistas y comunistas se quedaron sin sus referentes intelectuales por excelencia, por más que determinados filósofos, como Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty o Herbert Marcuse, se empeñaran, de forma un tanto obscena, en negar las evidencias que señalaban de forma fehaciente que bajo el manto socialcomunista tan solo crecía la mala hierba al lado de la miseria.
Sin embargo, impulsada principalmente por Jean-François Lyotard, Michel Foucault y Jacques Derrida, una nueva corriente filosófica, el postmodernismo, apareció en el firmamento, para negar la existencia de grandes narrativas capaces de explicar la realidad, dejando así al ser humano flotando en el relativismo moral y el vacío conceptual. A rebufo de este planteamiento surgió el “pensamiento woke”, básicamente consistente en la exacerbación de la problemática en torno a las llamadas minorías identitarias y la cancelación social de todos aquellos que se opusieran a sus planteamientos. Evidentemente, las élites socialistas, huérfanas de ideas, se agarraron a ambas corrientes de pensamiento, como un náufrago a una tabla en mitad del océano, procediendo, en consonancia con ello, a sustituir la periclitada lucha de clases por la incipiente lucha de identidades -tal y como preconizaban Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o Kimberlé Crenshaw- para así fragmentar a la sociedad y crear un clima de confrontación en el seno de las democracias occidentales que posibilitara el que una alicaída izquierda pudiera resurgir de sus cenizas
En esta línea de pensamiento se movía Pedro Sánchez al llegar al poder, si bien su progresiva pérdida de credibilidad, derivada de sus continuas falacias e incompetencia gestora, parece haberle provocado una mutación con implicaciones teleológicas que le ha llevado a despojarse de cualquier connotación ideológica y límite moral, para crear una nueva corriente política, como es el sanchismo, basado en la demagogia, la impostura y el sectarismo. De esta forma, P. Sánchez, desatendiendo la acción de gobierno, ha terminado por centrarse en la búsqueda de un relato, esencialmente maniqueo, que le permita mantenerse en el poder para disfrutar de sus prebendas y privilegios.
El relato sanchista tiene numerosas aristas y detrás de cada una de ellas hay una farsa con la que se pretende embaucar a la sociedad. Así, tras la acusación a los jueces que instruyen la causa contra su esposa y su hermano de practicar la guerra sucia contra el PSOE lo que realmente late es el espurio intento de desviar el foco de atención y ocultar el lodazal de corrupción en el que está inmerso nuestro lamentable presidente y su familia. Cuando el PSOE criminaliza a la derecha tildándola de fascista resulta notorio el intento de criminalizar tanto al PP como a Vox para impedir la alternancia en el poder, adulterando así el correcto funcionamiento del juego democrático. Tras su manida defensa del feminismo solo hay cinismo en estado puro, como demuestra el que el Gobierno socialcomunista impulsara a finales de 2022 la promulgación de la ley del “solo sí es sí”, sabiendo que su aplicación traería consigo la disminución de condenas o directamente la excarcelación de miles de agresores sexuales, como efectivamente ha ocurrido.
Por último, para no extendernos ad nauseam, cuando lo socialistas presumen de honestidad lo hacen desde la hipocresía, ya que, como ha puesto de manifiesto la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO), en la propia sede de Ferraz se entregaban a José Luis Ábalos y probablemente a Santos Cerdán -antaño secretarios de Organización del PSOE y hogaño presuntos delincuentes- sobres llenos de dinero no reflejado en la contabilidad oficial del partido ni en el análisis patrimonial de los implicados, todo lo cual, como se han encargado de señalar los investigadores, apunta indefectiblemente a la financiación ilegal del PSOE y, en consecuencia, a su reconversión en una organización criminal.
En definitiva, un PSOE desnortado, debido principalmente a su fagocitación por un narcisista patológico como P. Sánchez, anda en busca del relato perdido, sabiendo que su supervivencia como gran referente de la izquierda en gran medida depende de encontrar una narrativa capaz de ilusionar a la ciudadanía y atraer el voto de buena parte del electorado. Sin embargo, en lugar de ponerse manos a la obra dentro de los límites de la moralidad y el respeto a la verdad, el PSOE ha optado por desarrollar un relato cuya principal seña de identidad es la falsificación interesada de la realidad.