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LA MIRILLA

El fiscal que borró el móvil y la vergüenza

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal Supremo

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a su salida del Tribunal SupremoDiego Radames

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Álvaro García Ortiz se sentó ante el Supremo con el gesto del que ya sabe que ha perdido el juicio moral, aunque todavía espere salvar el jurídico. Dijo no recordar. Dijo no saber. Dijo que cambió de teléfono justo después de que estallara el caso… y que, casualmente, el anterior acabó triturado.

Lo cierto es que la UCO ha sido clara: fue él quien ordenó difundir datos confidenciales del novio de Isabel Díaz Ayuso. No un subordinado, no un error. Él. La cadena de correos lo demuestra. La filtración salió de arriba, del despacho del fiscal general del Estado, para manchar a una adversaria política obsesión del presidente del Gobierno.

Nunca antes se había llegado tan lejos en la degradación institucional. El fiscal de España, usado como arma de partido. El móvil borrado como metáfora de un poder que destruye pruebas, huellas y hasta la decencia.

Y, mientras tanto, Pedro Sánchez calla. No se atreve ni a apartarlo ni a defenderlo. Sabe que si cae su fiscal, cae él. Porque García Ortiz no actuaba solo: actuaba por clima, por servilismo, por reflejo del poder que lo nombró.

El juicio queda visto para sentencia, pero el veredicto moral ya está dictado. La Fiscalía está en la picota y el Gobierno, desnudo ante el espejo de su propia impunidad.

Un fiscal general que borra el móvil. Un presidente que borra la vergüenza.

Ese es el retrato de un régimen agotado y una Fiscalía arrodillada.

A.M. BEAUMONT

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