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juicio al fiscal

VISTO PARA SENTENCIA: Pedro Sánchez, García Ortiz y compadreo institucional

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, sentado en el banquillo del Tribunal Supremo.

El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, sentado en el banquillo del Tribunal Supremo.TRIBUNAL SUPREMO

Jesús Villegas
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Jesús Villegas
Vicepresidente de la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial

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“El Fiscal General del Estado es inocente”.

Ni corto ni perezoso, así se pronunció el Presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, sobre el futuro de Álvaro García Ortiz, Fiscal General del Estado, como sabemos, acusado ante el Tribunal Supremo por un delito de revelación de secretos. Escándalo mayúsculo en nuestra historia judicial, pues, jamás hasta ahora sobre la máxima autoridad encargada de la lucha contra el crimen habían recaído indicios de criminalidad.

“¿Por qué no te callas?”

Seguro que más de uno tuvo que morderse la lengua para no cerrar el pico del señor Presidente con tan regia formula. En efecto, ganas entran de hacerlo, pues esas palabras, en boca de tal encumbrado personaje, suenan a injerencia indebida, por no decir amenaza. O tal vez a ponerse la venda antes de la herida e ir allanando el terreno para el indulto. Quién sabe, pero algunos están mas guapos calladitos.

¿No será que vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio?

Y es que España entera ha estado rellenando quinielas sobre el futuro de don Álvaro. Al fin y al cabo, el señor Sánchez no ha hecho otra cosa que no haya hecho el resto de los españoles. Quien más o quien menos ha lanzado sus apuestas sobre la suerte de tan ilustre reo. Eso sí, mientras más a la derecha está el comentarista, más convencido está de su culpabilidad. Y a la inversa, cuanto más a la izquierda, más por la inocencia, algo así como el famoso “corrimiento al rojo”, o dicho de manera más fina, el efecto Doppler.

Don Álvaro o la fuerza del sino.

Triste destino el del Fiscal General del Estado, que se habría visto atrapado en una lucha política sin comerlo ni beberlo, jaleado por la izquierda, abucheado por la derecha. ¿O no? A diferencia del personaje del Duque de Rivas, diríase que él mismo se ha buscado su desgracia, al alistarse con entusiasmo en las filas de un color político determinado. Eso es lo que tiene afanarse por ganar un relato, acaso el de otros más poderosos que él y que le impiden dimitir. Vergüenza ajena da pensar que nadie dude que el máximo jefe de todos los fiscales es uno de los hombres del Presidente, no un fontanero, pero sí quizá un jefe de obra, aparejador de su política criminal. Por eso las declaraciones de don Pedro sobre la inocencia de su conmilitón han sentado tan mal, pues, muy al contrario de las de cualquier españolito de a pie, suenan a impúdico compadreo incompatible con la separación de poderes.

“Ni uno ni otro”.

Eso es lo que significa la palabra neutral. Es la imagen de la justicia, el equilibrio de una balanza que no se inclina de antemano ni a uno ni a otro lados. Esa es la grandeza de los magistrados que han de decidir, impermeables a las convulsiones intestinales de la opinión pública o al manoseo del poder político. Culpable o inocente, lo ignoramos, esa es tarea de sus señorías, dejémoslos hacer su trabajo . Lo malo es que, sea cual fuere el resultado, la institución de la Fiscalía ha quedado polucionada. Años tardará la limpieza de una toga manchada de tan sucios polvos. Ahora sería el momento de partir desde cero y reinventar el Ministerio Público para dotarlo de verdadera independencia y que no dependa de quien todos sabemos. En otro caso, ¿no sería mejor que Fiscal General del Estado y Presidente del Gobierno fuesen la misma persona? Así nos ahorramos hipocresías.

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