LA MIRILLA
Koldo habla… y es Sánchez quien queda retratado

Recreación del viaje en el coche del PSOE con Koldo, Cerdán y Sánchez a visitar a Otegi
Koldo, el chófer convertido en comisionista, ha soltado la frase que ningún presidente serio querría escuchar de boca de alguien así: la reunión de Sánchez y Otegi en un caserío vasco se produjo.
Gobierno y Otegi lo niegan, claro. Pero el sanchismo ha degradado tanto la política española que el ciudadano ya no sabe a quién creer: ¿al corrupto chófer o al presidente que convive con la corrupción?
Ese es el verdadero problema. Que España se ha visto obligada a elegir entre versiones incompatibles… pero igual de inverosímiles.
La credibilidad del poder y la de sus comisionistas están hoy en el mismo nivel.
Ese es el retrato final de un ciclo político que se derrumba a jirones.
Porque esta historia no va de un coche, un caserío, ex terroristas o un chófer.
Va de algo mucho más grave: la moción de censura que dio a Sánchez la presidencia nació en un ecosistema donde convivían delincuentes, corruptos, fontaneras, cobradores del 2% y operadores clandestinos.
Lo que ahora vemos —Koldo, Cerdán, Ábalos, la fontanera Leire Díaz con vídeos sexuales de fiscales, la Paqui gastando tarjetas que pagaban las mordidas— no es un accidente: es el ADN del sanchismo.
Y mientras estalla esta revelación, Sánchez sigue actuando como si nada. Se indigna, señala a la oposición, insulta a los jueces, alimenta el frentismo y pretende que la opinión pública mire hacia otro lado.
Pero la pregunta ya no es si se reunió con Otegi. La pregunta es por qué España está, otra vez, en una situación donde un presidente y un comisionista ofrecen dos versiones… y las dos parecen posibles.
Cuando el poder pierde la autoridad moral, hasta el chófer puede tumbar el relato oficial.
Porque si algo demuestra este episodio es que la moción de censura se urdió entre sombras, favores y lealtades turbias, y que quienes hoy mandan en España llegaron allí gracias a un ecosistema que no sobreviviría a un día de luz.
El sanchismo no se cae ya por ideología. Se derrumba por la suciedad acumulada.
Por la mentira. Por las compañías.
Y cuando llega el momento en que un país duda entre creer a un corrupto o a su presidente, lo que está condenado no es el chófer. Es el propio presidente.
A.M. BEAUMONT