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la mirilla

Miguel Ángel Moncholi

Miguel Ángel Moncholi

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Hoy el mundo es un poco más ruidoso. Porque ya no está Miguel Ángel Moncholi.

No escribo esto solo como periodista. Lo escribo como amigo. Y también como director que tuvo el privilegio de leerle.

Miguel Ángel no ocupaba espacio, lo ordenaba. No alzaba la voz: la bajaba. No necesitaba brillar: iluminaba sin darse cuenta.

Fue un periodista de los que ya casi no existen. De los que saben más de lo que dicen. De los que prefieren entender antes que sentenciar. De los que no usan el oficio para hacerse grandes, sino para hacer grande lo que cuentan.

Durante años escribió en ESdiario con una elegancia que no se aprende. Nunca buscó el golpe fácil. Nunca confundió opinión con estridencia.Nunca sacrificó el respeto por un aplauso rápido.

Le bastaba el rigor. Y una cosa aún más escasa: la decencia.

Con Miguel Ángel, el periodismo era conversación. No combate.

Era explicación. No consigna.

Y en lo personal…

era todavía mejor que en lo profesional.

Tenía esa forma suya de escuchar sin mirar el reloj, de hablar sin imponerse, de acompañar sin hacer ruido. Con él, uno no se sentía pequeño: se sentía en casa.

Nunca le oí una palabra fuera de sitio. Jamás le vi usar el oficio como escudo.

Ni le noté prisa por ser más que nadie.

Y, sin embargo, lo era.

A mí me regaló algo que no se compra: respeto sin condiciones, amistad sin ruido, lealtad sin exhibición.

No necesito recordarlo por lo que hizo. Lo recuerdo por cómo me hizo sentir.

Eso no se va. Se queda dentro para siempre. Y duele.

Pero también acompaña. 

A.M. BEAUMONT

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