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La foto que lo explica todo

La imagen institucional del lugar del accidente de Adamuz

La imagen institucional del lugar del accidente de AdamuzX,com

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Hay imágenes que no necesitan pie de foto, no porque sean bellas, sino porque son obscenas. Esta es una de ellas.

Al fondo, los restos de un tren volcado, destrozado, todavía casi humeante por la tragedia. Delante, una fila perfectamente ordenada de cargos públicos, manos cruzadas, gesto grave y mirada al frente. Como si posaran para un cartel institucional, como si aquello no fuera con ellos, como si fuera un recuerdo de su excursión a Auschwitz.

España resumida en una instantánea. Berlanga sin guion, Valle-Inclán sin exagerar.

La primera reacción de muchos, comenzando por mí, fue pensar que era una imagen generada por inteligencia artificial, porque cuesta creer que alguien, con un mínimo de humanidad, decida posar así mientras todavía había víctimas sin localizar, familias esperando respuestas y un país entero preguntándose qué demonios había pasado. Pero no. La foto es real, tan real como la decadencia que refleja. Y me da igual si fue un posado o si fue una foto que “alguien” sacó mientras las “cargas públicas” merodeaban por el lugar del delito (sí, del delito), como urracas buscando cosas que brillan. Que “alguien” haya utilizado esa imagen para “adornar” la crónica de la visita institucional me produce una profunda sensación de asco.

Cuarenta y cinco muertos y nadie ha dimitido.

Ese dato, seco y brutal, debería bastar para provocar un terremoto político en cualquier democracia medio normal. Pregúntense por qué en España no. Aquí se pasa página, se cambia el foco, se culpa a “factores técnicos”, se promete una investigación que llegará tarde y mal, o no llegará… y a otra cosa; como si la responsabilidad fuera una reliquia de un tiempo pasado más civilizado.

Lo verdaderamente insoportable no es solo el accidente, es todo lo que hay detrás. Lo más insoportable es intentar contener la rabia escuchando a esa pobre abuela con ganas de maldecir a todos los ancestros de los culpables de la tragedia, los políticos corruptos, mientras intenta mantener un hilo de voz para decir que a su nieta de seis años no le va a faltar de nada mientras ella esté viva, una niña que se ha quedado sin padres y sin hermano.

Eso no es mala suerte, no es un error puntual. Es la consecuencia mortal y directa de años de abandono, de advertencias ignoradas, de informes enterrados en cajones y de una gestión pública colonizada por el enchufismo y la ideología.

Porque invertir en mantenimiento no da votos, no sale en Instagram, no permite colgar carteles con consignas emotivas ni cortar cintas rojas con tijeras doradas delante de las cámaras. El dinero se va a donde estamos ya acostumbrados: a estructuras políticas redundantes, a chiringuitos, a propaganda y a mantener tranquilitos a socios parlamentarios mafiosos, cuya única aportación al país es su capacidad de extorsión y sus ganas de romperlo. ¡Ah! Y a putas y farlopa, porque son sus costumbres...

Si tú te mueres mañana en una vía o en medio de un barrizal, después de ser arrastrado por la gota fría, no les importa. No les importa nada.

Si mañana un volcán sepulta tu casa y te quedas con una mano delante y otra detrás, les da igual. Exactamente igual.

Y mientras estas cosas pasan, las entidades públicas como ADIF se convierten en cortijos. Directivos colocados por afinidad política, decisiones técnicas supeditadas al relato y una cultura interna donde levantar la voz no es premiado, sino castigado. Igualito que en los partidos políticos, qué casualidad...

El resultado era previsible, pero, como siempre, nadie quiso verlo hasta que ocurrió.

Entonces llegó la foto del horror convertida en escenario institucional, entre comunicados impersonales de “no es momento de buscar culpables”. Curiosa frase esa, siempre aparece cuando los culpables están sentados en la primera fila de la izquierda.

Porque si esto hubiera ocurrido bajo un gobierno de derechas, Madrid en este momento sería Sarajevo. Pero ahora no, ahora toca cerrar filas y proteger al Gobierno.

La doble vara de medir ya no escandaliza, sino que cansa. Y ver a recauchutadas “todólogas”, colocadas, estratégicamente, por el Gobierno en la televisión pública; dando lecciones de ética y de moral, produce nauseas a cualquier persona con estómago.

Con todo, lo más hiriente no es la incompetencia, sino el desprecio hacia las víctimas, tratadas como daño colateral y hacia sus familias, obligadas a escuchar discursos vacíos, mientras ven a los responsables posar para la cámara, los mismos responsables que les ocultan información.

Porque sí, se ocultó información. Informes técnicos que advertían del deterioro de la infraestructura y evaluaciones internas que señalaban riesgos concretos. Todo eso fue ignorado por conveniencia política, que es una forma de corrupción como otra cualquiera.

Y esa corrupción ha matado a cuarenta y cinco personas.

España no necesita relatos ni fotos, necesita dimisiones y responsabilidades políticas y penales primero y gestión después.

La imagen de esas “cargas públicas” ante el tren destrozado no es solo una torpeza. Es el símbolo de una clase dirigente desconectada de la realidad, carente de empatía e incapaz de sentir vergüenza, instalada en la autocomplacencia y protegida por un sistema que ya no castiga el fracaso.

Y pasará a la historia por lo que revela, un país en el que el Estado mata y luego se da un paseo y se hace la foto.

La foto que lo explica todo.

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