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El país que (no) queremos

Pedro Sánchez, María Jesús Montero, Yolanda Díaz y Sara Aagesen en el Congreso de los Diputados

Pedro Sánchez, María Jesús Montero, Yolanda Díaz y Sara Aagesen en el Congreso de los DiputadosEduardo Parra / Europa Press

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¿Quieren un mundo mejor? No enseñen a un niño a respetar a un homosexual, a un discapacitado o a un anciano. Enséñenle a respetar a todas las personas, y también a los animales. ¿Quieren vivir en una España mejor? Eduquen a esos mismos niños a tratar bien a las personas, a todas, sin distinción de ideología, religión o raza. Ocúpense en intentar mejorar su entorno más cercano, aquel sobre el que tienen incidencia directa lejos de las manos del gobierno de turno.

Las políticas de Estado para concienciar en el no maltrato a las mujeres no han resultado eficaces. ¿No sería mejor enseñar desde la cuna, simplemente a no maltratar, a respetar? Sin apellidos, sin compartimentos ideológicos, sin jerarquías morales prefabricadas sobre grupos sociales concretos.

La cosa empeora cuando se segmenta el respeto según la ideología o el interés político. Cuando hay víctimas de primera y de segunda categoría. Cuando el sectarismo es selectivo y se justifica según quién lo ejerza o quién lo sufra. Cuando deja de importar el trasfondo de la causa y solo importa el quién la lleva a efecto. O peor aún, cuando esas supuestas deconstrucciones sociales se convierten en el negocio de unos pocos inmorales. Polarización S.A.

En este punto del sucio juego político, el ciudadano de a pie se acaba convirtiendo en el invitado inesperado a la ‘Cena de los idiotas’. Una realidad impulsada, en gran medida, por una izquierda internacional sin norte, rupturista y con poco que aportar a una sociedad capitalista que ni ya la progresía discute.

La vida de todo ser humano debería valer lo mismo, pero no es así. Que se lo pregunten si no a los miles de cristianos asesinados en Nigeria, o a las decenas de miles de muertos en Ucrania, víctimas de un tablero geopolítico que los utiliza como moneda de cambio. En clave local no podemos olvidar a los fallecidos en la tragedia de Adamuz, que el gobierno quiere silenciar dejando pasar el tiempo. 

En Valencia, donde el mismo sanchismo se zafó de su responsabilidad, su comportamiento fue bastante más escandaloso tras la dana. Toda víctima inocente merece el mismo duelo, la misma indignación o la misma atención, pero lamentablemente en España no es así. Hay lutos que no interesan, racismos que no cotizan en el mercado ideológico y tragedias que no encajan en el relato gubernamental. Eso no es compromiso social, es mezquindad, sobre todo cuando detrás hay motivos económicos inconfesables.

Coches amontonados por la dana

Coches amontonados por la danaCarlos Lujan

Cualquier ‘ismo’ totalitario se combate fomentando el pensamiento crítico, y el uso responsable de la libertad y la razón. Justo lo contrario de lo que hoy se promueve desde las instituciones públicas, más ocupadas en amansar al personal. Jóvenes y no tan jóvenes atrapados en burbujas digitales, desconectados de los problemas estructurales del mundo real. 

Chavales educados en la consigna, no en el análisis, que se refugian en el placer efímero de las redes sociales, hasta que la realidad se impone con crudeza. Precariedad laboral, ruptura del tejido familiar, imposibilidad de comprar una casa en un Estado del bienestar bajo sospecha. Un estado de bienestar que sí conocieron sus padres y abuelos, pero que a ellos no les va a proteger por una cuestión matemática de que quebrará antes.

La literatura y el cine del siglo XX ya anticiparon un futuro de sociedades colectivistas, dóciles y vigiladas. Este futuro toma forma en la actualidad a través de una ciudadanía cada vez más sumisa, victimizada e intelectualmente desarmada. Moldeada desde la infancia por algoritmos y consignas de políticas educativas criminales. Sí criminales, porque no hay mayor crimen que privar a un niño de la oportunidad de ser libre.

El 'wokismo' se ha convertido en la última bandera de una izquierda incapaz de ofrecer soluciones reales, pero muy eficaz en señalar culpables abstractos y de generar ruido y polarización.

Los Servicios de Emergencias en el lugar del accidente de Adamuz

Los Servicios de Emergencias en el lugar del accidente de AdamuzEuropa Press

Todo esto no es ajeno al deterioro institucional que vive España. El colapso del sistema ferroviario es un claro ejemplo de la precarización que está sufriendo el país. ADIF y RENFE, pilares estratégicos del Estado, muestran síntomas evidentes de abandono, politización y mala gestión. Averías constantes, fallos en los sistemas de señalización y control, problemas de mantenimiento en las vías… hasta desencadenar en los fatales accidentes que dejaron 46 personas fallecidas. Muertos que se pudieron evitar. No son hechos aislados, son la consecuencia de un modelo que prioriza el relato sobre la gestión, la propaganda sobre la labor de los técnicos.

Mientras se malgastan recursos en campañas ideológicas y en inflar estructuras públicas innecesarias, se descuida lo esencial: mantener en buen estado las infraestructuras críticas o la seguridad. España cada vez funciona peor, el Estado falla en lo básico y los ciudadanos son los que pagan las consecuencias.

¿Quieren de verdad una España mejor? Aléjense del sendero que transita la mayoría aborregada. Afilen el espíritu crítico, desconfíen de la casta política y del ruido de las redes sociales.

Lamentablemente estamos dirigidos por alguien que ha perdido todo anclaje moral y político. No hay nada más imprevisible y peligroso que quien ya no tiene nada que perder. Y Pedro Sánchez lo ha perdido todo. Está solo y acorralado, aunque quiera dar apariencia de lo contrario.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión en el Congreso de los Diputados.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión en el Congreso de los Diputados.EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

Hace muchos años, un viejo profesor de historia en el instituto dijo una frase que se me quedó para siempre: “No hay nada más triste que la soledad del miserable”. Tras el accidente de Adamuz, y al ver las comparecencias públicas de Sánchez, esa frase me volvió con fuerza. El presidente siempre aparece rodeado, escoltado por ministros y cargos en una escenografía perfectamente calculada. No es compañía; es un teatro impostado, como todo en él.

Esos despliegues de imagen no buscan arropar al líder, sino intentar ocultar su aislamiento, su soledad. Los que posan para la foto (incluido el Rey Felipe VI) lo hacen por obligación del cargo, por miedo o por interés. Parte de su entorno está imputado o en prisión, otra parte se despeña elección tras elección en cada Comunidad Autónoma, y su círculo familiar se acerca peligrosamente al banquillo.

Sánchez es un cadáver político. Todos lo sabemos. Solo es cuestión de tiempo que los que hoy le aplauden delante de una cámara, acaben escenificando su puñalada final. Con el yerno de Sabiniano fuera del poder, quizás, y solo quizás, nos acerquemos a la España que sí queremos.

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