Marco Rubio o la última oportunidad de Occidente


Marco Rubio

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“Formamos parte de una misma civilización: la civilización occidental. Estamos unidos por los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, forjados por siglos de historia común, fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común que hemos heredado.” (Marco Rubio, febrero de 2026).

Marco Rubio, Secretario de Estado norteamericano, ha pronunciado en la Conferencia de Seguridad de Múnich 2026 un discurso histórico y de gran altura. En él, el líder republicano reivindicó los lazos culturales, económicos y religiosos que unen a Europa con EEUU, dejando atrás comentarios rupturistas de otros personajes como J.D. Vance.

Rubio, de origen hispano, reivindicó su propia historia y recordó el papel que juntos ambos continentes tuvieron frente a los totalitarismos del pasado siglo XX, a saber, el nacional socialismo y el comunismo. Y dio en la diana cuando sostuvo que Europa, que ha traicionado el espíritu del Tratado de Roma, hace tiempo que ha abandonado esos principios tradicionales por teorías colectivistas como por ejemplo el decrecimiento económico, aquí propugnadas por Podemos o Más Madrid. 

Unas teorías que han buscado destruir Occidente. El “tienes que ser más pobre para ser más feliz” no es más que la búsqueda de mantener la sovietización de Europa y los bancos de la ira, que señalara Peter Sloterdijk. “La desindustrialización no era inevitable. Fue una elección política consciente, una iniciativa económica que duró décadas y que despojó a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia”, condensó Rubio. 

Las naciones, prosiguió, no pueden disolverse en organismos supranacionales como la ONU que no resuelven ningún problema y anteponen sus intereses a los de los ciudadanos, cediendo su soberanía nacional, De ahí su propuesta de reformarlas. No extraña. Desde Gadafi a la infame activista Francesca Albanese. Frente a propuestas de cerrar la ONU por lo evidente, la propuesta reformista de Rubio es moderada. Y necesaria.

Puso también Rubio el dedo en la llaga en cuanto al polémico asunto de la inmigración, que debe de ser legal y ordenada. Hacerlo no es xenofobia, es inteligencia y defensa de la soberanía nacional. Lo que aquí hace Pedro Sánchez es pernicioso para toda Europa.

No fue el de Rubio un discurso contra la globalización, buena siempre que no se pierdan los principios, como han querido entender algunos, sino contra el totalitarismo que aún hoy subyuga a países como Cuba. O Venezuela. Criticó a Fukuyama por sostener que tras la caída del Muro habíamos entrado en el fin de la Historia. Algo refutado por pensadores como Dalmacio Negro, quien consideró que nos encontramos, siguiendo a Jaspers, en un cambio tiempo-eje en "El fin de la normalidad". ¿Un nuevo tiempo-eje?” (Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, 2014).

Cargó Rubio contra la bioideología medioambiental, esa microutopía que ha lastrado la competitividad económica y la prosperidad en Europa, mientras países como China siguen creciendo. Hoy, la razón, la tradición y la ciencia han sido sustituidas por las emociones y el cientificismo. Winston Churchill, primero, y Oriana Fallaci, después, habían anunciado que el fascismo regresaría travestido de antifascismo. Y así está siendo.

En España en su máxima expresión por parte de las izquierdas. Y con tintes preocupantes en algunos sectores antiliberales de la derecha. Las hoy triunfantes bioideologías, que actúan como verdaderas religiones sustitutivas, hunden sus raíces en el biologicismo propio del nacional socialismo alemán, como señalara, desolada, Ayn Rand. No es extraño. Al fin y al cabo, el nacional socialismo no fue más que una herejía de la religión marxista.

No es de extrañar que las izquierdas se hayan enojado con una denuncia tan clara de su intento de destrucción de Occidente. Pues Marco Rubio ha dado de lleno en la diana del colectivismo.