La insólita historia de amor entre Pedro Sánchez y Arnaldo Otegi

El coordinador general de la coalición, Arnaldo Otegi, durante una manifestación por el Aberri Eguna.
La organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna (ETA) nació en el seno del Partido Nacionalista Vasco (PNV), esto es, un partido que, a imagen y semejanza de su fundador, Sabino Arana, era burgués, nacionalista, racista y misógino. Su tenebrosa historia comenzó, allá por 1959, cuando un grupo de jóvenes, convenientemente adoctrinados por sus padres en el odio a España, decidieron escindirse del PNV para crear un grupo revolucionario de tendencia independentista y antifranquista al que denominaron ETA. Durante 10 años estos protoetarras se dedicaron a actividades clandestinas dirigidas a consolidar la idea de la existencia de un ADN puramente vasco, a propagar el euskera con escasa fortuna y a promover el rechazo visceral a todo lo español.
Ya entrada la década de los 60 del siglo XX, ETA, inspirada por las guerrillas marxistas latinoamericanas y el movimiento de descolonización argelino, decidió que para conseguir sus objetivos no bastaba la vía política, de tal forma que abrazaron la lucha armada, emprendiendo así su criminal cruzada contra España. Este proceso de radicalización ideológica dio lugar a actos de sabotaje ferroviario y ataques a infraestructuras, desembocando todo ello, en junio de 1968, en el asesinato del Guardia Civil José Antonio Pardines, seguido meses después por el asesinato del jefe policial de Irún, Melitón Manzanas. De esta siniestra manera comenzó la actividad terrorista de ETA, consumándose a lo largo de la época franquista el asesinato a sangre fría de 43 personas.
Sin embargo, tras la muerte de Franco y el comienzo de la Transición en 1975 y la reinstauración de la democracia en 1978, la actividad terrorista de ETA no solo no decreció, sino que fue en aumento, debido a que -temerosos de perder el poder alcanzado en el seno de la sociedad vasca, empeñados en la obscena reivindicación de su sanguinaria forma de proceder e inmersos en una imparable espiral de violencia- los etarras reorientaron su causa, de tal forma que del terrorismo independentista con tintes antifranquistas pasaron sin solución de continuidad al terrorismo puro y duro contra el Estado español, por más que el País Vasco gozará de un grado de autogobierno que superaba con creces las expectativas más optimistas del nacionalismo vasco.
En definitiva, ETA siguió matando y no solo a policías y militares, sino que también incluyó entre sus víctimas a jueces y civiles sin ningún tipo de participación política, con la exclusiva finalidad de sembrar el pánico en el seno de la sociedad española. Para llevar a buen puerto sus macabros propósitos ETA, además de seguir recurriendo al tiro en la nuca y a las bombas lapa, añadió a su modus operandi la realización de salvajes atentados con coches-bomba. Como fatal consecuencia de todo ello, el balance final de la actividad terrorista etarra contempla alrededor de 3.500 atentados, 6.389 personas heridas y 853 víctimas mortales, sin que tan despreciable demostración de maldad haya provocado la menor muestra arrepentimiento por parte del entramado abertzale.

MADRID - 25 DE OCTUBRE DE 1978: Firma de Pactos de la Moncloa
La derrota de ETA fue un proceso largo y tortuoso marcado por la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero. Así, durante los Gobiernos de Adolfo Suarez y Leopoldo Calvo-Sotelo, a pesar de la ejemplar lucha antiterrorista llevada a cabo por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, lo cierto es que los atentados de ETA aumentaron en número e intensidad, denominándose por ello a este periodo los “años del plomo”. A dicha situación contribuyeron, por un lado, el temeroso silencio cómplice de buena parte de la sociedad vasca y, por otro lado, el que Francia constituyera un santuario a donde huían los terroristas vascos después de cometer sus atentados ante la pasividad de la policía francesa.
Con la llegada de Felipe González al poder la situación cambió, ya que a la lucha policial antiterrorista se unió en 1983 la actividad de los llamados Grupos Antiterroristas de Liberación, los cuales no eran otra cosa que fuerzas parapoliciales creadas por el Ministerio del Interior con la intención de socavar el régimen de impunidad en el que vivían los etarras en el País Vasco francés. La situación cambió a partir de 1984 ya que, debido a la presión diplomática impulsada por Felipe González, el Gobierno francés se avino a colaborar con el Gobierno español en la detención de los miembros de ETA que se hallaban en Francia, culminando dicho proceso en 1987 con la inclusión de ETA dentro de las organizaciones terroristas.
Con el ascenso a la Presidencia del Gobierno de José María Aznar, allá por 1990, la lucha antiterrorista se intensificó sobremanera, llegando a su culmen tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. A su vez, el Gobierno de Aznar también llevó la lucha antiterrorista al ámbito de la política, provocando en 2002 la ilegalización de Batasuna, es decir, del brazo político de ETA. De esta forma, se puede decir que el Gobierno de Aznar acabó moral, social, política y operativamente con ETA, llegándose al punto de que la organización terrorista vasca se vio incapaz de proseguir con su infernal actividad. En consecuencia, la sensación de la sociedad española en aquel venturoso momento era que la democracia había triunfado, el terrorismo había perdido y la tan ansiada paz había llegado.

El expresidente del Gobierno, Felipe Gonzalez saluda al Rey Felipe VI, junto al expresidente del Gobierno, José María Aznar
Sin embargo, en 2004, -fruto del brutal atentado islamista de Atocha y la manipulación del mismo por parte de la izquierda al hacer prácticamente culpable de lo sucedido a la derecha- llegó al Palacio de la Moncloa un sujeto como José Luis Rodríguez Zapatero que, ocultando su indudable malignidad bajo fariseas vestiduras del falso progresismo, habría de ponerse inmediatamente manos a la obra para revitalizar a ETA, destruyendo así, de un plumazo, el resultado del esfuerzo colectivo llevado a cabo por la sociedad española durante décadas de lucha antiterrorista. Así, Zapatero, a finales de 2004, inició lo que pomposamente denominó “Proceso de Paz con ETA”, el cual consistía en traicionar a los muertos para blanquear a la organización terrorista y permitir a sus miembros participar en la vida política del país.
España
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De esta forma, en marzo de 2006 ETA declaró el alto el fuego, si bien tan solo tardó 10 meses en romperlo al poner una bomba en la T4 del Aeropuerto de Barajas que provocó la muerte de dos personas. Sin embargo, Zapatero, con la vileza que le caracteriza, continuó con las negociaciones, de tal manera que en 2007 alcanzó un nuevo acuerdo con la banda terrorista, en virtud el cual ETA abandonaba la lucha armada, algo que por falta de apoyo social y capacidad funcional estaba obligado a hacer, consiguiendo a cambio de ello la legalización de EH-Bildu, es decir, de las nuevas siglas de su brazo político. De esta execrable manera, Zapatero culminó su traición al pueblo español, con la finalidad de asegurarse el apoyo no solo de una izquierda nuevamente infectada por el virus del enfrentamiento, sino también de las fuerzas nacionalistas que desgraciadamente pueblan la geografía española.
Sin embargo, llegó la crisis financiera de 20008 y, demostrando su ineptitud gestora, a Zapatero se lo llevó la corriente, viéndose obligado a dimitir y convocar elecciones generales. Pero para EH-Bildu a estas alturas le resultaba intrascendente, ya que había aprovechado el tiempo para ir asentándose poco a poco en el escenario político y social del País Vasco.
Así, EH-Bildu, liderado por un terrorista convicto y confeso como Arnaldo Otegi, se dedicó, en primer lugar, a introducirse en las escuelas y las universidades para adoctrinar a las futuras generaciones vascas, en segundo lugar, a ocupar los centros de ocio para aumentar su influencia social y, finalmente, en organizar homenajes populares en las calles para, subvirtiendo la historia, elevar a la categoría de héroes a los asesinos de ETA, consiguiendo con todo ello ir creciendo progresivamente, hasta el punto de amenazar actualmente la hegemonía del PNV en el País Vasco.

Albert Botran, Arnaldo Otegi, y Arkaitz Rodríguez (Sortu) en la manifestación por los derechos de los presos de ETA en Bilbao a 11 de enero de 2020.
En este estado de cosas Pedro Sánchez llegó al poder en 2018 tras una moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy, la cual fue apoyada por EH-Bildu, demostrando así que estaba dispuesta a colaborar con el PSOE si se avenía a apoyar el plan que el entramado abertzale llevaba años implementando y que no consistía en otra cosa que la absorción de Navarra y la progresiva desconexión del País Vasco con España. Parece ser que en ese momento fue cuando empezó a fraguarse la insólita historia de amor entre un psicópata como P. Sánchez y un asesino como A. Otegi.
Así, P. Sánchez aceptó las condiciones impuestas por el nuevo dueño de su sombrío corazón, de tal forma que en 2021 procedió a traspasar al País Vasco las competencias en materia penitenciaria, para acto seguido comenzar el acercamiento masivo de presos etarras a las cárceles vascas. Gracias a ello actualmente 111 asesinos de ETA, entre los que se encuentran seres tan perturbados y despreciables como Txapote y Txeroki, gozan de un régimen de semilibertad a pesar de no haber pedido perdón por sus crímenes ni haber cumplido ni la vigésima parte de su condena.
Ante tan deplorable historial de los últimos gobiernos socialistas no cabe extrañarse de que en cada elección, ya sea autonómica o regional, el PSOE pierda apoyos entre la ciudadanía, ya que, de hecho, lo que resulta sorprendente es que todavía haya gente capaz de votar a un partido asolado por las lacras de la degeneración moral, la carencia de convicciones democráticas y la corrupción más absoluta.
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