No hablo de Sarah Santaolalla y Afra Blanco

Sarah SantaolallaTVE

Creado:

Actualizado:

El periodismo ha cambiado. Y no precisamente hacia la templanza.

Hace años, todos teníamos nuestras ideas. Nadie era ingenuo. Pero existía una regla no escrita: la opinión debía sostenerse sobre hechos, no sobre consignas. La neutralidad absoluta no existía, pero sí el esfuerzo por parecerlo.

Hoy esa frontera se ha evaporado. “Dales caña”, dice la gente por la calle al periodista que se ve como un moderno gladiador peleando por sus ideas en el circo romano.

Los platós se han llenado de activistas con micrófono. Militancia explícita. Argumentarios reciclados. Indignación prefabricada. Se habla más para confirmar al propio bando que para convencer a quien duda.

Y eso tiene consecuencias políticas.

Hay partidos que creen que esa hiperpresencia les favorece. Que el ruido moviliza. Que el combate permanente fideliza. Puede que refuerce a los convencidos. Pero estoy seguro ahuyenta a los templados.

El votante medio no quiere un catecismo televisado. Busca criterio. Desea contexto. Añora análisis.

Cuando la televisión se convierte en trinchera desaforada, el espectador cambia de canal. Y cuando el periodismo abdica de su distancia, pierde confianza y, por tanto, autoridad.

El problema no es ideológico. Es profesional.

Un periodista puede tener opinión. Lo que no puede perder es el pudor.

Si la opinión sustituye a la información y el partidismo reemplaza al oficio, la política no gana. Se empobrece.

Y el periodismo, que debería ser contrapoder, acaba siendo correa de transmisión. Ese es el desgaste invisible. No el de las audiencias. El de la credibilidad, esencia del periodismo.

Ojo, no estoy hablando solamente de Sarah Santaolalla y Afra Blanco. Aunque muchos piensen en ellas. Y en el ruido de las tertulias.

A.M. BEAUMONT