'Si vis pacem, para bellum'

Manifestación contra la represión en Irán, a 17 de enero de 2026, en Madrid (España).
Si actuando como cocteleros ideológicos combinamos el planteamiento geopolítica de Samuel P. Huntington, el testimonio personal de Ayaan Hirsi Ali y la teoría científica de Polly Matzinger es posible encontrar la linterna mágica que aporte al menos un halo de luz al conflicto que desde hace cientos de años enfrenta a la Civilización Occidental con el mundo musulmán.
En su obra “¿Choque de civilizaciones?” S. P. Huntington señala que la principal fuente de conflictos entre civilizaciones en el siglo XXI no va a ser política ni económica, sino que va a ser religiosa. En este sentido, para el politólogo estadounidense una civilización es un identidad cultural que viene definida por elementos objetivos comunes, como son la historia, la tradición y, sobre todo, la religión. En consecuencia los pueblos que pertenecen a diferentes civilizaciones difieren en sus puntos de vista respecto a las relaciones entre Dios y el ser humano, entre el Estado y los ciudadanos, entre el grupo y el individuo, entre marido y mujer y entre padres e hijos.
A su vez, estas diferentes visiones determinan la existencia de diferentes fuentes de autoridad, diferentes estructuras sociales y diferentes derechos y libertades individuales, todo lo cual, por ser fruto de siglos de evolución, no puede difuminarse y desaparecer instantáneamente. En consecuencia, el mundo occidental y el mundo musulmán están condenados a no entenderse y, por ello, a mantener una relación de permanente confrontación.
Por su parte, la activista de origen somalí Ayaan Hirsi Ali en su obra “Reformemos el Islam” narra cómo tras recibir una educación radicalmente musulmana, que incluyó la ablación de clítoris en su infancia, se vio obligada a huir a Holanda con apenas 22 años para escapar de un matrimonio concertado por su padre. Ya asentada en Europa estudió Ciencias Políticas y finalmente acabó convirtiéndose en una tenaz detractora del islamismo. Así, a lo largo de sus libros y conferencias Ayaan Hirsi Ali ha expuesto como el islamismo, siguiendo literalmente los preceptos contenidos en el Corán, no solo consiste en cumplir determinadas normas de conducta meramente religiosas, sino que también defiende la yihad o guerra santa contra los infieles y la sumisión de la mujer al hombre, manteniéndose incólume este constructo ideológico desde el siglo VII hasta nuestros días.
A este respecto cabe destacar que Ayaan Hirsi Ali establece la existencia de musulmanes fundamentalistas -es decir, aquellos que apoyan la guerra santa- y musulmanes moderados -esto es, aquellos otros que tan solo siguen las normas de conducta propias del Islam-, lo cual, evidentemente condiciona diferentes maneras de actuar. Sin embargo, la activista somalí también señala que cuando los musulmanes, con independencia de su forma de entender el Islam, se trasladan a un país occidental todos ellos muestran un estado de disociación cognitiva, derivado de un rechazo a la modernidad ilustrada, que los lleva a rehuir integrarse en el país de acogida por ser incapaces de adaptarse al estilo de vida occidental.
En otro orden de cosas, tras el final de la Guerra Fría la científica Polly Matzinger provocó con sus investigaciones un cambio de paradigma en el campo de la inmunología. Dicho brevemente, su tesis consistía en que el sistema inmunitario, al contrario de lo que se pensaba, no distingue entre lo propio y lo ajeno, sino entre lo amistoso y lo peligroso. En consecuencia, el objeto del rechazo no es la alteridad en cuanto tal, sino que aquello que se rechaza son los agentes externos que actúan de forma destructiva contra lo propio. Por lo tanto, bajo este nuevo prisma puede decirse que el sistema inmunitario no es xenófobo per se, sino hospitalario con los extraños amistosos y ofensivo con aquellos que son dañinos para el organismo, todo lo cual puede extrapolarse al fenómeno migratorio.
En base a todo lo expuesto y haciendo un poco de historia podemos comprobar el hecho de que cuando la inmigración era un fenómeno poco relevante y escasamente distorsionador la sociedad occidental acogía de buena gana a todas aquellas personas que llegaban desde otras latitudes para trabajar y colaborar con su esfuerzo a la consolidación del Estado del Bienestar.
Sin embargo, pasado el tiempo, debido a la explosión demográfica y la precariedad laboral, fundamentalmente en los países del Magreb y del norte de África, la inmigración se torno masiva, provocando una serie de problemas en el seno de las sociedades de acogida, como el aumento de la inseguridad ciudadana, el crecimiento de la economía sumergida, la masificación de los servicios sanitarios y finalmente la implantación de un multiculturalismo que no contribuía a la cohesión social, siendo por ello una fuente de conflictos interculturales.
Para solucionar el problema las sociedades occidentales no hallaron una respuesta adecuada, debido a la paradójica conjunción de intereses entre las élites globalistas y la izquierda identitaria. Así, unos y otros no solo aceptaron la inmigración ilegal, sino que la estimularon mediante la implantación hegemónica en el seno de las sociedades occidentales del llamado pensamiento woke, el cual, esencialmente, consiste en la destrucción sistemática de los pilares sobre los que se asienta la civilización occidental, es decir, la fe cristiana, el amor a la patria, los lazos familiares y la igualdad ante la ley de todas las personas.
Obviamente, si bien el mecanismo subyacente es el mismo, esto es, la imposición del “pensamiento políticamente correcto”, los objetivos de las élites globalistas difieren sustancialmente de los sostenidos por la izquierda identitaria. Así, los plutócratas lo que buscan es mano de obra barata y con escasas expectativas vitales para seguir disfrutando de sus privilegios, siendo la inmigración una fuente ingente de obreros poco cualificados y mal pagados, mientras que la izquierda lo que pretende es la confrontación social y el reemplazo progresivo de buena parte de la población autóctona por población migrante, en una obscena búsqueda de votos que les permita acceder al poder.
La problemática resulta particularmente grave en el caso de la inmigración musulmana, ya que los musulmanes, en su gran mayoría, no solo no se integran en la sociedad occidental, sino que pretenden suplantarla e imponer su credo. De hecho, durante las últimas décadas las naciones occidentales han visto llegar a sus costas a millones de inmigrantes africanos, sin que los diferentes gobiernos, sumidos en una nefata confusión derivada del creciente desapego a la propia escala de valores, hayan sido capaces de poner en marcha las medidas necesarias para frenar tan descomunal invasión.
A su vez, si tenemos en cuenta que hay en el mundo unos 1.600 millones de musulmanes, de los cuales al menos el 3% son fundamentalistas, resulta que nos encontramos ante 48 millones de yihadistas dispuestos a acabar con la civilización cristiana, estando muchos de ellos viviendo en países occidentales, como lo demuestra el hecho de que las principales ciudades europeas y norteamericanas hayan sufrido brutales atentados en nombre de Alá.
Ante este siniestro escenario parece que la Unión Europea, siguiendo la senda marcada por Giorgia Meloni, y los Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump, han comenzado dimensionar correctamente el problema y, en consecuencias, han empezado a implementar una serie de medidas para solucionar el deterioro social y económico provocado por la inmigración masiva y descontrolada.
No parece ocurrir lo mismo en la España sanchista, como bien explica el hecho de que ante una proposición de ley presentada por Vox en el Congreso de los Diputados para prohibir el burka y el niqab en los espacios públicos, por considerar que dichas prendas atentan contra la dignidad de la mujer al simbolizar su sometimiento al hombre. Como era de esperar, la propuesta no fue admitida a trámite al contar con 170 votos a favor procedentes de Vox, PP y UPN, y 177 votos en contra que vinieron del PSOE, Sumar, Podemos, ERC, Junts, PNV, EH Bildu, Compromís y BNG. Para justificar su voto en contra las fuerzas socialistas, comunistas e independentistas alegaron que ello contravenía la libertad de expresión, demostrando así una absoluta hipocresía ya que, presumiendo de feministas, no hicieron otra cosa que condenar a las mujeres musulmanas a vivir encerradas en una cárcel de tela para regocijo de sus misóginos maridos.
España
Patxi López y Yolanda Díaz abrazan el burka como "libertad religiosa" y ponen en evidencia su feminismo
Enrique Martínez Olmos
Hace unos pocos días un islamista de pro, micrófono en mano, arengaba en Times Square a un enjambre musulmán, señalando sin disimulo alguno que “Esta es la religión correcta. Esta es la religión de la que toda la humanidad debe ser parte. El Islam. Y no nos detendremos hasta que entre en cada hogar del mundo”. Pocos días después, concretamente el 28 de febrero, comenzó una ofensiva aérea conjunta de Estados Unidos e Israel contra objetivos militares y estratégicos de Irán, que ha concluido con el desbaratamiento del programa nuclear y el debilitamiento militar iraní, así como con la muerte de Ali Jamenei, líder supremo de la tiránica teocracia iraní y principal financiador del terrorismo islámico.
Evidentemente a nadie se le puede escapar que la caída del régimen de los ayatolás supone un punto de inflexión en el conflicto que enfrenta a Occidente con el mundo musulmán, ya que viene a establecer el nacimiento de un nuevo orden mundial en el que la civilización occidental parece decidida a afrontar con determinación la amenaza islamista. Si vis pacem, para bellum.