O se está o no se está

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en el Complejo de la Moncloa.
Trump te puede gustar más o menos… o nada. Pero una cosa es que no te guste el señor del flequillo indomable y otra muy distinta es decidir que, como no te cae simpático, te vas a poner a hacer política exterior como quien cambia de mesa en una boda porque el invitado que te ha tocado al lado te resulta insoportable.
La pregunta no es si Trump es un tipo encantador. La pregunta es si es inteligente ponerse a danzar en solitario para que llueva sobre mojado. Queramos o no, España forma parte de la OTAN, y la principal premisa de todo club que se precie es ponerse de parte del socio que maneja el cotarro. Francia, Gran Bretaña y Alemania lo tienen claro, al contrario que nuestro gobierno, que sigue pensando que la OTAN es un grupo de WhatsApp donde puedes silenciar a quien te apetece cuando te incomoda.
Aquí da la sensación de que, para Pedro Sánchez, el enemigo no está en Teherán, ni en Moscú, ni en ningún tablero geopolítico. Está en las próximas elecciones y en la alianza con partidos que se ponen histéricos porque hay opciones que quieren dar la patada a la Ley del “Sí es Sí”, pero que, al mismo tiempo, defienden un régimen que ha asesinado a 241 mujeres en los últimos 15 años.
Uno puede discrepar de Estados Unidos, puede criticar decisiones, pero lo que no se puede hacer es anteponer las miras domésticas a la estrategia que más beneficia al conjunto del país. La geopolítica, por desgracia, tiene mucho de egoísmo, y seamos claros: lo que menos interesa en estos momentos, y por muchos motivos, es desafinar.
Fuera les trae al pairo quién le debe qué a quién en la última sesión parlamentaria. Solo ven si un socio parece alineado o parece dudar. La política exterior madura exige pensar más allá del ciclo electoral y asumir costes a corto plazo para evitar riesgos mayores a largo plazo. Exige distinguir entre el adversario ideológico interno y el adversario estratégico real, no vaya a ser que llegue el día en que necesitemos que alguien nos defienda y lo único con lo que podamos contar sea Irene Montero armada con una pancarta.