Cuba, la carta final

A large Cuban flag is unfurled on the occasion of the celebration of the Day of National Rebellion, organized by the Cuban community and attended by Italian associations supporting the Cuban Revolution, representatives of communist parties and movements in front of the Cuban Embassy in Rome.
Algunos regímenes políticos parecen eternos hasta que, de un momento a otro, se derrumban. Bien víctimas de una guerra, de un ataque a su líder o un conflicto interno. Otros, sin embargo, se extinguen lentamente, como ese edificio que aún sigue en pie de manera sorprendente mientras sus cimientos se van agrietando sin que nadie adentro quiera ver la realidad. Cuba es eso.
Durante más de seis décadas, el régimen nacido de la revolución de 1959 ha logrado sobrevivir milagrosamente mientras el mundo que lo vio nacer desaparecía hace tanto que, incluso dos generaciones, apenas lo recuerdan. La URSS dejó de existir, y a continuación se desintegró el bloque socialista europeo… pero Cuba siguió en pie, o mejor dicho, de rodillas. Por esos años, buena parte de los movimientos revolucionarios de Hispanoamérica terminaron evolucionando hacia democracias, imperfectas sí, pero más o menos democracias funcionales.
La isla, sin embargo ha continuado aferrada a un modelo dictatorial que parece inmune al paso del tiempo, como si la historia le hubiera concedido una prórroga sin fecha de caducidad. Durante muchos años esa milagrosa supervivencia tuvo explicaciones claras: la figura y el liderazgo personalísimo de Fidel Castro, el apoyo económico de Moscú, el aparato de control político extraordinariamente represor y eficaz, el buen clima con el que Dios premió a sus habitantes, o el hecho de que construyeron una sociedad de personas sumisas, con poca ambición...
Todo eso ha permitido al régimen consolidarse sin oposición real interna. Cuba es una rareza geopolítica: un sistema comunista que ha logrado travestirse como un camaleón.
Pero como todo sistema o imperio, Cuba también tiene su ciclo. Y su modelo, aunque conserva los instrumentos fundamentales que lo atornillan al poder, parece acercarse, esta vez sí, a su límite de supervivencia. No porque vaya a producirse una revolución interna inmediata, que esa película fallida la hemos visto muchas veces, ni porque el Estado haya perdido el control del país, que tampoco. Lo que ha cambiado es el contexto internacional.
Economía cubana
La economía cubana está atrapada en su propia contradicción: necesitaría abrirse para sobrevivir, pero los tiranos que la dirigen temen que esa apertura genere dinámicas sociales que el partido único no pueda controlar. Lo pudo haber hecho en los 90’s, como hizo China, pero se equivocaron intentando agarrarse a un modelo que por esos años podía funcionar, ya no. Aquel dilema de la Cuba pasada atrapa a la Cuba actual, un estado fallido e insostenible desde cualquier punto de vista sin la ayuda exterior.
Durante décadas, los Castro contuvieron las tensiones internas gracias a los elementos externos, que funcionaban como soporte económico: Rusia, Venezuela, Irán y China. Hoy ninguno de esos cuatro países tiene en su radar como prioridad sostener al postcastrismo. Rusia ya tiene bastante con su eterna guerra en Ucrania. Irán y Venezuela, con sobrevivir a los Delta Force de Trump; mientras China está centrada en varios retos internos y en seguir manejando el complejo equilibrio de no perder su hegemonía como la fábrica del mundo. Cada cual con sus miserias.
Lo que ha puesto patas arriba el tablero, aún sin un final claro, es el nuevo escenario provocado por el giro de la política exterior de Estados Unidos. Trump ha recuperado un tono que durante años pareció diluirse en la diplomacia multilateral. Su decidida apuesta por querer volver a ser el ‘sheriff’ del mundo para frenar a la emergente China lo ha cambiado todo.
El petróleo venezolano les permitió mantener una economía subsidiada que suavizaba las debilidades estructurales del trasnochado modelo socialista. Pero ese equilibrio geopolítico se acabó el 3 de enero. La caída de Maduro les ha traído un fundido a negro.
A la fuerza, Venezuela dejó de ser un aliado y Cuba se ha encontrado, de repente, enfrentando una crisis de suministro que recuerda a los momentos más complejos de los 90’s. Con una diferencia, hoy el mundo necesita un 400% más de energía que entonces para seguir funcionando. Y no la tienen, ni capacidad de producirla.
Dependen de las migajas que otros les den. Y ya no se la están dando, lo que ha provocado en estos dos últimos meses cortes de energía permanentes en todo el país. Insostenible. Cualquier país democrático, ante esta situación hubiera ya tumbado a su presidente. Cuba aún es diferente.
Después de Venezuela le ha llegado el turno a Irán. Y en ese mismo mapa de alianzas aparece inevitablemente que la siguiente sea Cuba. No es solo por ideología, es más bien la lógica del poder: no basta con ser la potencia dominante, además, hay que evidenciarlo. Ante los aliados, y sobre todo, ante los enemigos.
Los países amigos de Washington observan con atención cómo Estados Unidos vuelve a proyectar su fuerza en escenarios que considera estratégicos.
Y los adversarios hacen el mismo cálculo, aunque desde el temor. ¿Acaso Miguel Díaz-Canel no debe preguntarse qué día aparecerá un mar de helicópteros Chinook sobre su palacio de cristal? Y si eso sucede nadie lo va a defender, como nadie defendió a Maduro ni a Jameini. Rusia y China no van a entrar en guerra contra la OTAN por Cuba. Hace unos años quizás hubiera pasado. En este mundo actual no. Y Trump lo sabe, y por eso juega esta carta.
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Patricia Rodríguez Corchado
En esta ecuación plagada de X sin despejar emerge la figura política de Marco Rubio, que en Washington entiende como nadie la cuestión cubana. Rubio, hijo de exiliados cubanos y profundo conocedor del peso simbólico que la isla tiene dentro de la comunidad hispana estadounidense, lleva defendiendo muchos años la necesidad de un cambio político en La Habana.
Su posición dentro del gobierno Trump ha ganado peso sobre el vicepresidente Vance, y ha convertido una posible intervención en algo más que palabrería. No tiene por qué ser una invasión militar clásica, ni siquiera una extracción quirúrgica como la de Maduro.
En el caso de Cuba están valorando más bien mostrarle la puerta de salida a Miguel Díaz-Canel y a todos sus adláteres. Buscarles un cómodo exilio y poner un títere al frente (al estilo Delcy) antes de que vean como les caen varios misiles sobre sus cabezas. Las negociaciones entre ambos gobiernos ya son públicas y, realmente, viendo cómo está la geopolítica, apuesto a que acaban en un anuncio positivo.
Díaz-Canel está frente a la espada y la pared. La economía de la isla, que siempre ha sido mala, irá a peor. Los apagones se multiplican y el margen de maniobra del Estado se reduce cada día que pasa. Lo peor, esta vez están solos. Por primera vez desde que Fidel asaltó el poder, no tienen a nadie. Y ese vértigo lo están sintiendo.
El final del ciclo político iniciado por Fidel Castro no llegará solo por desgaste interno, aunque ese desgaste sea evidente tras seis décadas de hambre. Llegará por la presión de la fuerza, un aliento con olor a bourbon de Kentucky que ya sienten en sus nucas.
En política internacional hay una máxima que la historia repite obstinadamente. Los regímenes pueden resistirlo casi todo, Cuba es un ejemplo. Lo que ninguno puede hacer es resistir la soledad, el no tener aliados. Trump lo sabe, igualmente sabe que no puede tumbar a China, pero sí a sus países satélites. Y eso le vale para mostrarse como ganador de una partida, aunque el juego de la geopolítica no tenga fin.