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La Conquista de América es la mayor proeza llevada a cabo por la humanidad

Llegada de Cristóbal Colón a América

Llegada de Cristóbal Colón a América

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De un tiempo a esta parte distintos líderes políticos de la izquierda latinoamericana, con el corrupto expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador a la cabeza, andan enarbolando un discurso radicalmente antiespañol, en el que directamente se acusa a la nación española de genocida, exigiendo por ello a sus actuales mandatarios que pidan perdón de forma retroactiva. Básicamente, dicho relato parte de una manipulación sistemática y sectaria de los hechos acontecidos durante lo que se ha dado en llamar la Conquista de América, recurriendo a un fanático ejercicio de magnificación de sus sombras y ocultación de sus luces, con la evidente finalidad de estigmatizar al Imperio español.

Como no podía ser de otra forma, debido a la demencial hispanofobia de buena parte de la izquierda, el rojerío patrio se ha apresurado a arrodillarse ante los líderes latinoamericanos del agonizante socialismo del siglo XXI, secundando en tan servil posición el resentimiento, derivado de un complejo de inferioridad, de los herederos de un proceso de mestizaje fruto del cruce entre españoles y nativos americanos. Más sorprendente resulta que el rey Felipe VI, dando pábulo al pregonero, se haya abonado a tan delirante planteamiento al manifestar públicamente que durante la Conquista de América hubo “mucho abuso” y “muchas controversias morales y éticas”, viniendo con ello a hincarse de hinojos ante los enemigos de España de manera absolutamente bochornosa, ya que sus palabras no suponen otra cosa que otorgar carta de naturaleza a uno de los principales pilares de la “leyenda negra española”.

Así, como señala Mª Elvira Roca Barea en su obra Imperiofobia y Leyenda Negra, “Inquisición y leyenda negra americana han servido de repertorio ideológico, con versiones distintas y actualizadas ad hoc, al protestantismo, a la Ilustración dieciochesca, al liberalismo decimonónico, al expansionismo estadounidense, al criollismo independentista, a la izquierda revolucionaria o de salón y, últimamente, al multiculturalismo indígena”. De hecho, apoyando el planteamiento de la filóloga española, existen pruebas irrefutables que demuestran la falsedad de buena parte de las críticas vertidas interesadamente contra el Imperio español, empezando por la absurda exaltación de la peculiar idiosincrasia de los pueblos aborígenes americanos y continuando con la injustificada negación del enorme proceso civilizador que la nación española llevó a cabo a lo largo y ancho del continente americano.

Centrándonos por su particular relevancia en el Imperio azteca, vemos como a principios del siglo XVI gran parte de Mesoamérica estaba bajo el poder de los mexicas, un pueblo eminentemente guerrero, ubicado en un vago lugar del norte de México, conocido con el nombre de Aztlán, que dedicaba gran parte de sus esfuerzos a extender su manto de dominación por orden de Huitzilopochtli, su principal divinidad. Así, guiados por su dios, los mexicas llegaron hasta una isla en medio del lago Texcoco, donde, en 1325, fundaron la que habría de ser su capital, esto es, Tenochtitlán. La estructura política del Imperio azteca presentaba un carácter absolutamente jerárquico, con el señor de Tenochtitlán ocupando la cúspide de la pirámide imperial, desde donde ejercía su poder sobre los pueblos conquistados por medio de los señores locales, obligados por la fuerza a rendirle una total pleitesía. De hecho, dadas sus tendencias expansionistas y su escasa benevolencia con los vencidos, los mexicas sometieron a los primitivos pobladores de la región central mesoamericana, apropiándose de sus tierras, explotándoles laboralmente y exigiéndoles un tributo que incluía productos agrícolas y manufacturados, así como jóvenes guerreros que eran obligados a participar en sus continuas campañas de expansión territorial.

A su vez, la religión azteca tampoco era particularmente misericordiosa y fraternal, de tal forma que, después de cada campaña guerrera, eran numerosos los cautivos llevados a Tenochtitlán, con la finalidad de participar en rituales religiosos, donde los sacerdotes arrancaban el corazón todavía palpitante de las víctimas, para ofrecérselo a los dioses como homenaje y a un selecto grupo de comensales como alimento. En este punto es necesario señalar que los sacrificios humanos constituyen un rasgo distintivo de todas las culturas mesoamericanas, si bien los aztecas llevaron este ritual religioso a su máxima expresión. En definitiva, cuando los españoles llegaron a América no se encontraron con unos pueblos angelicales, donde los indígenas se hallaban inmersos en una suerte de espiritualismo místico y en perfecta armonía con la naturaleza, sino que, por el contrario, se toparon con una sociedad, la mexica, esencialmente totalitaria, sumamente belicista y particularmente desalmada. Buena prueba de ello es el hartazgo de los pueblos mesoamericanos enfrentados al poder de los mexicas, como los totonacas y los tlaxcaltecas, los cuales no dudaron en unirse a los recién llegados, formándose así un ejército de coalición entre españoles e indígenas, que bajo el mando de Hernán Cortés, y a pesar de su enorme desventaja numérica, fue capaz de derrotar en 1521 a Moctezuma II, en ese momento señor de Tenochtitlan.

En cualquier caso, siguiendo la clasificación establecida por el filósofo Gustavo Bueno, al contrario que el “imperio depredador” establecido por ingleses y franceses, el español fue un “imperio generador”, en el sentido, como señala Mª Elvira Roca Barea, de “avanzar replicándose a sí mismo e integrando territorios y población”, creando a su paso unas sociedades abiertas, en las que todas las personas gozaban de libertad y plenos derechos. De esta forma, España no estableció en América un sistema colonial donde los aborígenes se veían sometidos al poder omnímodo de los conquistadores, sino que fundó un sistema de virreinatos que poseían idéntico rango jurídico que los reinos de Castilla y Aragón. En consonancia con este planteamiento, Isabel la Católica dictó en 1500 una Real Provisión que abolía la esclavitud, adelantándose en más de tres siglos a Abraham Lincoln en Estados Unidos, asimismo legalizó los matrimonios mixtos, fomentando el mestizaje y, por último, dejó escrito en su testamento que “No consientan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, más manden que sean bien y justamente tratados”.

Buena prueba del proceder justiciero de la monarquía española en sus posesiones de ultramar fue la destitución de Cristóbal Colón, en 1499, como virrey y gobernador de las Indias, debido a su mala administración y permanente abuso de poder, siendo sustituido por Francisco de Bobadilla. En esta línea de preocupación por la defensa de los derechos de los indígenas americanos, en 1511, la Corona española creó el Real y Supremo Consejo de Indias, constituido por un presidente y 12 consejeros, todos ellos versados en cuestiones legislativas y administrativas, cuya misión era garantizar el correcto funcionamiento de los diferentes virreinatos americanos.

A su vez, la monarquía española llevó a cabo un impresionante proceso de desarrollo urbano, caracterizado por la creación de numerosos asentamientos donde las tierras se repartían equitativamente entre indígenas y españoles. Asimismo, para posibilitar el florecimiento de las nuevas ciudades, se acometió la construcción de una extensa red de caminos para unir comercialmente a todas ellas. Paralelamente, para garantizar la provisión de servicios sociales a la comunidad, por un lado, se crearon cientos de hospitales, de tal forma que en pleno periodo imperial se logró habilitar una cama por cada 100 habitantes, algo inusitado en aquella época, mientras que, por otro lado, se construyeron numerosos colegios y se fundaron más de 20 universidades, superando a las abiertas conjuntamente por Inglaterra, Francia, Portugal, Países Bajos, Alemania e Italia durante su etapa de expansión colonial.

Si bien es cierto que fueron muchos los indígenas que murieron tras la llegada de los españoles al continente americano, no es menos cierto que la principal causa de mortalidad fueron las enfermedades infecciosas provocadas por virus -como el de la gripe, el sarampión y la viruela- portados por los conquistadores, tal y como señalan fuentes historiográficas de toda solvencia. Dicha circunstancia viene a desmontar uno de los argumentos esenciales que han dado cuerpo a la leyenda negra, ya que pone de manifiesto de manera incontestable que el supuesto deseo genocida de los españoles allende los mares es tan solo una falacia más difundida de generación en generación por los enemigos seculares de la nación española.

A la luz de todo lo expuesto, solo cabe concluir que, con los Reyes Católicos a la cabeza, España inició una cruzada de carácter eminentemente civilizador y evangelizador que culminó con indudable éxito, ya que no solo se logró cohesionar al continente americano a través de una cultura, una religión y una lengua, sino que, al mismo tiempo, se sentaron las bases para el desarrollo económico y social de sus pobladores, viniendo todo ello a poner de manifiesto la enorme proeza que supuso tan imperial tarea.

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