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Costumbres que matan

Gente andando

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Dicen que uno se acostumbra a todo. Yo antes pensaba que era una frase de taza de desayuno, pero últimamente sospecho que es un diagnóstico clínico, y lo que es peor, certero.

Nos hemos acostumbrado a lo amoral como quien se acostumbra al ruido del tráfico: al principio molesta, luego forma parte del paisaje y, al final, hasta te incomoda el silencio. El Consejo de Seguridad de la ONU es una chufla; los programas electorales, un panfleto; y las promesas, una novela de ficción.

Los precios suben con entusiasmo, la vivienda se ha convertido en una idea abstracta y los impuestos llegan puntuales y al alza. Nuestro dinero se gasta en cosas infumables mientras se nos dice que no llega para lo fundamental, y lo fundamental se nos dice que no es prioritario.

Se utilizan las guerras para conseguir votos y la paz para crear cizaña. Hemos interiorizado que el insulto es una forma de hacer política y que cualquier noticia puede ser un bulo; que el malo tiene ventaja y el bueno acata lo que le manden. Y tragamos con todo: con lo inconstitucional, con las rencillas entre quienes deben velar por nuestros intereses.

Pero lo inquietante no es nada de esto por separado, sino lo bien que lo llevamos. Asumimos como una penitencia impepinable lo irregular, lo absurdo, lo injusto. Y aun así, seguimos.

Supongo que esa es nuestra gran habilidad como especie: adaptarnos. El problema es que, a base de adaptarnos a todo, hemos empezado a no reaccionar a nada. Y eso —mucho más que los precios o la política— es lo verdaderamente preocupante

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